La Feria de Pedro Romero recuperó sus toros después de dos años de silencio, abrió la puerta grande a Armando Rojo, Ventura, Manzanares y Juan Ortega, y devolvió a la Goyesca su condición de gran acontecimiento taurino, aunque también dejó sobre la arena preguntas serias sobre el toro y el verdadero contenido artístico del festejo.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Ronda necesitaba volver a escuchar el clarín. Después de dos años sin festejos taurinos en la Real Maestranza de Caballería, motivados por las obras de consolidación del histórico coso, la Feria de Pedro Romero 2026 no podía ser una edición más. Era, en realidad, una prueba de continuidad: comprobar si aquella plaza que forma parte de la memoria universal de la Tauromaquia podía recuperar su pulso sin vivir exclusivamente de la nostalgia. Y la respuesta llegó durante dos jornadas intensas, con tres festejos que ofrecieron triunfos, contrastes, momentos de gran torería y, también, suficientes argumentos para que la afición examine con rigor qué clase de toro y qué clase de espectáculo quiere para el futuro de Ronda.
La operación de regreso estuvo cargada de simbolismo. La temporada taurina rondeña se articuló alrededor de tres festejos: la novillada sin picadores del 4 de septiembre, la Corrida Rondeña de Rejones del 5 por la mañana y la LXVII Corrida Goyesca esa misma tarde. Además, la edición de 2026 quedó vinculada a la conmemoración del 75.º aniversario de la alternativa de Antonio Ordóñez, una referencia inevitable cuando se habla de Ronda y de su manera de entender el toreo.
Pero el regreso no comenzó con las figuras. Comenzó con los que aspiran a serlo. El 4 de septiembre, Armando Rojo puso nombre propio al primer capítulo taurino de la Feria. La novillada sin picadores de Aguadulce, con Jaime de Pedro, Rojo y el rondeño Héctor Nieto, tuvo un desarrollo desigual, condicionado por la falta de fuerza de algunos ejemplares e incluso por la devolución del tercero, pero permitió descubrir algo especialmente importante: Ronda quiso que su reapertura también fuera una apuesta por la cantera.
Y allí apareció Rojo con la contundencia que necesita todo aspirante cuando se abre una puerta de semejante responsabilidad. Una oreja en su primero y dos en el quinto le dieron tres trofeos y la Puerta Grande, después de una actuación en la que conjugó variedad capotera, temple y capacidad para construir faena cuando el novillo ofreció posibilidades. Jaime de Pedro cortó una oreja y el local Héctor Nieto hizo lo propio, dejando además algunos pasajes de personalidad y demostrando que la responsabilidad de torear en la plaza de su ciudad no le pesó más de lo debido.
El valor de aquella tarde va más allá de las cinco orejas concedidas. Rojo ganó la estadística; Nieto ganó experiencia; De Pedro ganó crédito. Y Ronda ganó algo todavía más importante: comprobó que el regreso de sus festejos no tenía que mirar únicamente hacia las figuras consagradas. Una feria con memoria también necesita futuro.
La mañana del sábado llevó la Tauromaquia a caballo a su máxima expresión. La 42.ª Corrida Rondeña de Rejones, dedicada a Álvaro Domecq Romero, reunió a Rui Fernandes, Diego Ventura, João Ribeiro Telles, Lea Vicens, Sebastián Fernández y Duarte Fernandes frente a toros de David Ribeiro Telles. El festejo incorporó además una exhibición de jinetes de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre y un homenaje a Antonio Domecq, prolongando el vínculo entre Ronda, el caballo y la tradición ecuestre andaluza.
En la arena, Diego Ventura volvió a demostrar por qué ocupa un lugar hegemónico en el rejoneo contemporáneo. Cortó dos orejas y salió a hombros, en una mañana donde Sebastián Fernández alcanzó idéntico premio. Duarte Fernandes obtuvo una oreja con fuerte petición de la segunda; Lea Vicens cortó otro trofeo; João Ribeiro Telles dio la vuelta al ruedo después de una petición y Rui Fernandes recibió una ovación. El resultado fue, por tanto, mucho más rico que una simple estadística: el rejoneo aportó emoción, variedad de suertes, conexión con los tendidos y una intensidad que preparó el ambiente para la Goyesca vespertina.
Y entonces llegó el momento que Ronda llevaba dos años esperando. La LXVII Corrida Goyesca agotó el papel y devolvió a la plaza el ceremonial que ha convertido este festejo en uno de los acontecimientos taurinos más singulares del calendario. La combinación de Diego Ventura, Morante de la Puebla, José María Manzanares y Juan Ortega, con toros de Garcigrande para los diestros y un ejemplar de David Ribeiro Telles para Ventura, tenía todos los ingredientes de una tarde destinada a la historia.
Sin embargo, precisamente porque Ronda es Ronda, conviene separar el brillo del escenario del contenido de la corrida. La Goyesca tuvo más expectación que toro. Y esa es probablemente la conclusión crítica más importante que deja la tarde. El encierro de Garcigrande ofreció animales con problemas de fuerza, escaso celo, falta de ritmo y, en algún caso, una presentación que provocó protestas en los tendidos. El segundo, además, se partió la punta de un pitón en el peto. El conjunto tuvo nobleza en determinados momentos, pero no entregó de forma sostenida la materia prima que necesita una corrida de semejante categoría.
Eso condicionó especialmente a Morante de la Puebla, que llegó a Ronda rodeado de una expectación extraordinaria. Su primer toro prácticamente no le dio opción y el diestro optó por abreviar. Con el cuarto hubo destellos de su extraordinaria sensibilidad capotera y algunos momentos de estética, pero la falta de fondo y la embestida desordenada del animal volvieron a impedir que la tarde del cigarrero alcanzara la dimensión que el cartel prometía. Terminó en silencio y ovación con saludos.
No fue, por tanto, una tarde para medir a Morante por sus resultados estadísticos. Fue una tarde en la que el torero quedó condicionado por la materia prima. Y eso, en Tauromaquia, también forma parte de la verdad de la corrida.
José María Manzanares encontró una situación parecida en su primero, un toro muy justo de presencia y fuerzas. Hubo oficio, compostura y voluntad, pero faltó la profundidad que exige una faena grande. La historia cambió con su segundo, un animal noble y con cierta clase, aunque tendente a tablas. Manzanares entendió que debía administrar la embestida, construyó una faena medida y, después de una estocada recibiendo, obtuvo dos orejas que le permitieron acompañar a Ventura y Ortega en la salida a hombros. Pero si la corrida necesitaba una figura capaz de rescatar el argumento artístico, esa figura terminó siendo Juan Ortega. El sevillano no necesitó convertir la tarde en una batalla contra el toro. Le bastó con torear cuando encontró una embestida susceptible de ser toreada y hacerlo con la naturalidad que distingue su concepto. Su primer toro fue creciendo y Ortega supo limar sus defectos, hilvanando una faena de intensidad y torería que culminó con una buena estocada y una oreja.
Y con el sexto llegó la faena que cambia la lectura de una corrida. Ortega encontró al ejemplar más claro de la tarde, aunque también limitado de gas. Lo recibió con lentitud y posteriormente construyó una faena de verticalidad, naturalidad, hondura y temple, administrando las embestidas sin apresurarlas. La lentitud no fue aquí un recurso ornamental: fue una manera de dominar el tiempo de la faena. Dos orejas premiaron aquella actuación y con ellas llegó la Puerta Grande.
Así, el marcador oficial de la Goyesca quedó en dos orejas para Diego Ventura, silencio y ovación para Morante, silencio y dos orejas para Manzanares, y una oreja más dos orejas para Juan Ortega. Los tres triunfadores, Ventura, Manzanares y Ortega, abandonaron la plaza a hombros, con Ortega como indiscutible protagonista artístico de la tarde.
Pero reducir la Goyesca a esa estadística sería hacerle un flaco favor a Ronda. Porque la gran noticia no son únicamente las puertas grandes. La gran noticia es que la plaza volvió a vivir. Volvió el paseíllo. Volvieron los caballos. Volvieron los trajes goyescos. Volvió el público a ocupar los tendidos. Volvieron las tertulias, los aficionados, los profesionales, los ganaderos, los periodistas y todo ese universo social que convierte a la Goyesca en algo que excede ampliamente la duración de una corrida. La reapertura del coso significó también la recuperación de un espacio de encuentro para una ciudad cuya identidad cultural está profundamente vinculada a la figura de Pedro Romero y a la tradición rondeña.
Incluso la dimensión estética fue tratada como parte esencial del acontecimiento. Juan Ortega apostó por una indumentaria genuinamente goyesca, resultado de un trabajo de investigación histórica, mientras que el cartel de la feria fue concebido por la arquitecta rondeña Pilar Serratosa con el Puente Nuevo y el Tajo como protagonistas. Todo ello demuestra que Ronda entiende que su Tauromaquia no se sostiene únicamente sobre el ruedo: la escenografía, la historia, el caballo, la vestimenta, el arte y la memoria forman parte de un mismo lenguaje cultural.
La feria, además, llegó precedida por una intensa actividad institucional y cultural. El homenaje a Pedro Romero, la inauguración de la portada de feria, el Pregón Taurino de Cayetana Álvarez de Toledo, las actividades de las Damas Goyescas y el amplio programa cultural situaron el regreso de los toros dentro de una celebración mucho mayor. La propia ciudad había construido durante semanas la atmósfera necesaria para que el 4 y el 5 de septiembre no fueran simples fechas del calendario taurino.
Y aquí aparece la verdadera dimensión de la Feria de Pedro Romero 2026. Ronda no necesitaba demostrar que podía organizar una Goyesca; necesitaba demostrar que podía volver a hacer de ella una experiencia taurina completa. En buena medida lo consiguió. Hubo público, hubo ambiente, hubo triunfos, hubo cantera, hubo rejoneo, hubo figuras y hubo una plaza nuevamente convertida en centro de atención.
Pero el regreso también deja una advertencia que la afición no debería pasar por alto: el prestigio histórico de la Goyesca no puede sustituir nunca al toro. El escenario puede ser incomparable, el cartel puede reunir nombres de máxima categoría y la liturgia puede alcanzar una belleza extraordinaria; pero cuando falta fuerza, presencia o transmisión en el animal, el espectáculo pierde una parte sustancial de su verdad. La propia crítica taurina ha señalado esa contradicción en el balance de esta edición.
Por eso, la temporada taurina rondeña de 2026 puede leerse en dos niveles. En el primero está el éxito del regreso: Ronda volvió a abrir sus puertas, llenó su Goyesca, recuperó tres festejos, ofreció triunfos importantes y volvió a colocar su nombre en el centro de la actualidad taurina.
En el segundo, mucho más interesante, está el desafío del futuro: conseguir que la recuperación no sea solamente arquitectónica ni ceremonial, sino también ganadera, artística y taurina. Que el toro vuelva a ser el protagonista esencial. Que las figuras encuentren enemigos capaces de exigirles. Que los jóvenes tengan continuidad. Que el rejoneo mantenga su personalidad. Que la Goyesca conserve su carácter único sin convertirse en un monumento inmóvil.
Y ahí está, precisamente, la mejor noticia que deja esta Feria de Pedro Romero. Ronda ha vuelto. Ahora le corresponde volver a crecer. Porque una plaza con la historia de la Real Maestranza de Caballería no puede conformarse con sobrevivir de sus recuerdos. Tiene que seguir escribiéndolos. Y la primera página de esta nueva etapa ya está escrita: Armando Rojo abrió la Puerta Grande del regreso; Ventura y Sebastián Fernández hicieron lo propio a caballo; Manzanares y Ventura triunfaron en la Goyesca; y Juan Ortega puso la firma artística más profunda de una tarde que, pese a sus sombras ganaderas, devolvió a Ronda su pulso taurino.
El próximo reto será todavía mayor: que cuando vuelva a sonar el clarín en Ronda, no sólo haya historia en los tendidos, sino también un toro a la altura de esa historia en el ruedo.






















