¿Realmente los años sesenta cambiaron la fiesta brava? Estas líneas nos invitan a mirar aquella época con perspectiva y a descubrir que, más que una revolución, dejó huellas profundas en aspectos esenciales del toreo, especialmente en la edad, la integridad y la casta del toro. Entre recuerdos, testimonios y reflexiones, el autor reconstruye una etapa en la que la afición comenzó a exigir más y a cuestionar aquello que durante años se había aceptado casi sin discusión. Una lectura para quienes quieren comprender no solo cómo cambió el toro, sino también cómo cambiamos nosotros al mirarlo.
Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes – https://todotoroblog.blogspot.com – Web Aliada
Cali – Colombia. ¿Esos años cambiaron la fiesta? Sí, la cambiaron, como cambiaron toda la cultura. En todo, y aunque no del todo, sí bastante más allá de lo temporal imperceptible que justifica el: nunca entramos al mismo río, ni a la misma corrida.
Hoy, a perspectiva, los sobrevivientes podríamos atestiguar que cambiaron sus significados de: juego, combate, arte, rito, espectáculo, negocio… Pero no lo suficiente cada uno para perdurar como “revolución”. Así lo hayan prometido los alborotos del momento y así hayan dado pie para metáforas hiperbólicas.
No cambiaron tanto el toro, el toreo, el torero, la técnica, la estética, el público, la afición, la crítica, la publicidad, el empresariado, las plazas ni la percepción general de la fiesta. Pero labraron algunas marcas hondas.
Comenzando por el toro, lo esencial. ¿Qué tanto cambió? En las plazas enfiestadas, nuestra generación y la inmensa mayoría de los mayores no lo acusamos en principio. Pero la minoría de la afición curtida y la crítica, que la había, sí. Lo hizo ahondando su exigencia sobre aspectos fundamentales.
La Edad fue lo primero. Que el toro fuese adulto. Si no a los cinco, de la preguerra, sí al menos a los cuatro reglamentados desde la posguerra. Y ya que el examen dental post mortem (no absolutamente fiable), hasta entonces era el único asidero para probar esa madurez mínima. La palabra del ganadero y la subjetiva impresión inicial en el ruedo, que la indicaban por aproximación; el desarrollo morfológico, volumen, peso, armas, pitones, actitud, cuajo, trapío. Eran los únicos argumentos.
Se juzgaba con solo la presunción de buena fe, el golpe de vista, la intuición y el instinto. Condicionados además por la experiencia o inexperiencia del observador, el cartel: “Seis hermosos y bravos toros seis”, las noticias previas, por la publicidad disfrazada de noticia y por el runrún.
Comprábamos la boleta y entrábamos al tendido ayunos en este aspecto y en otros, y salíamos peor. Posiblemente aclamamos y aún recordamos indeleblemente algunos bravos utreros y hasta erales adelantados, lidiados y muertos con clamor por las figuras. Pero con nosotros iban creciendo prevenciones, dudas y evidencias.
Cómo evitarlas, si, poco a poco nos contagiábamos también de que probar la edad reglamentaria era una ruidosa exigencia desde mucho antes. Por ejemplo: “Adolfo Bollaín en su perorata “Hoy se torea peor que nunca” 1945-48 gritaba: “Los becerros que hoy se lidian son poco mayores que los que se torean en los festivales jocosos”. Y Corrochano en 1953 (ABC): “El que no tenga toros, que no lidie corridas de toros. Al que le de miedo de los toros que no sea torero”. ¿Acaso éramos tontos?
Pero lo cierto es que tampoco nunca hubo antes edad certificada. Sin esa constancia se levantó la leyenda general de la fiesta. Y las particulares de; los cincuenta de Ordóñez; los cuarenta de Manolete; los plateados treinta y veinte de todos sus mártires; los dorados diez de Joselito, Belmonte y Gaona, y de ahí para atrás. Nunca se requirió datación pública. Todo quedaba confiado al buen ojo del parroquiano contribuyente.
Y aunque en tal tradición nos bautizamos, a medida que avanzaba la década entrábamos al reclamo. Al final, en 1969, ya éramos mayores y aplaudimos la imposición legal en España y el resto, del “Libro de registro de las ganaderías”, el herraje del guarismo en la paletilla, y el anuncio en las tablillas de la fecha de nacimiento.
Así la primera camada de cuatreños certificados apenas corriera en 1973. Podemos decir ahora que la norma es legado de aquella época y vino a significar un cambio trascendente para el toro de lidia y la dignidad del culto. Otra cosa es que en cada ocasión y sitio se respete. Pues bien dicen desde tiempos ha: hecha la ley hecha la trampa.
La integridad. Desde la grada, excepto en casos descarados de desmoche, la adulteración de las astas no era ni es fácil de ser afirmada por el aficionado curtido, y menos por el joven, incipiente y emotivo. La técnica es tan redomada que pasa las aprobaciones previas, y solo el examen veterinario microscópico, a posteriori en las autopsias puede asegurarlo.
Como en el caso de la edad, a lo más la mirada lejana, en movimiento, podría si acaso presumirlo. Mas, para la mayoría, nunca tanto como para renunciar a una faena pinturera, infamar al ídolo, ni malgastar el precio de la entrada incordiando la tarde. El “aquí vinimos a divertirnos”, primaba.
Pero el afeitado y otras corrupciones que atacan la integridad del toro y pervierten la fiesta, que venían siendo execrados desde antes por la crítica. Y fueron denunciados públicamente en la radio, por una figura del toreo como Antonio Bienvenida, en 1952. Primera vez. Causó gran revuelo, desatando acciones judiciales y coincidiendo cronológicamente (cronológicamente digo) con el retiro de toreros punteros como: Luis Miguel, Arruza y Manolo González entre otros.
Pasados diez años y llegados nosotros pelafustanes a la piedra, el escándalo había amainado. Entonces, con el boom de corridas, volvió a recrudecer promediando los sesenta. En las gargantas del siete de Las Ventas, y en filudas plumas como las. de Zabala Portolés, Navalón y Díaz Cañabate.
Denuncias serias, incluso con nombres propios, de apoderados famosos y sus cuernocuristas de planta. Trascendiendo internacionalmente y reactivando la respuesta gubernamental…, a según el país. Que luego las décadas siguientes atenuaran de nuevo la cosa, convirtiéndola en un cambio impreciso, en una ventolera, ya no es culpa de aquellos sesenta.
La casta. El toro preferido por las figuras de la época, el que más iba con su talante fue: Para Paco Camino el del tronco Santa Coloma. Para El Cordobés el Vega-Villar y Carlos Núñez. Para Puerta, el Juan Pedro Domecq y el Murube. Para El Viti, el Atanasio Fernández. Eran por tanto los viejos encastes que más se lidiaban y se han seguido lidiando por los que los pueden escoger.
En la ganadería americana; Colombia, por ejemplo, fue una década de amplio predominio Santa Coloma. Con su bravura, movilidad, fondo, “ir a más”, exigencia, moderado tamaño y proporcionado armamento. México ya había optado desde principios del siglo XX por una de sus raíces distintivas, el Saltillo. Todo lo cual coincidió con el largo pontificado caminista en estos lares.
Mas, como antes, como después, como siempre, los hierros fieros, duros y de prontuario necrológico los lidiaron casi siempre los modestos. E igual que ahora y desde la “revolución belmontina”, que dramatizó y alargó la faena: la mayoría de los ganaderos presionados por el mercado continuaron dedicados a seleccionar “nobleza” (toreabilidad) a costa de caracteres más fieros y propios de la especie. Desnaturalización.
En resumen, el qué, por encima del herraje del guarismo para probar la edad, conseguido en aquellos años; por encima de las cruzadas contra el afeitado y otras perrerías; por encima de la oposición a la cría preferente de la docilidad, que muchas cosas continuaran luego el rumbo que traían, dice que los cambios en el toro no resultaron siendo precisamente una revolución…






















