La decimotercera corrida de San Isidro 2026 dejó un encierro de Ganadería Victoriano del Río falto de raza, fuerza y fondo, salvado únicamente por el extraordinario cuarto toro, “Cantaor”, que permitió a Sebastián Castella firmar una actuación cumbre en Plaza de Toros de Las Ventas. También destacaron la entrega de Emilio de Justo y la firmeza de Tomás Rufo, condicionados por la escasa duración de sus lotes.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La tarde número trece de la Feria de San Isidro 2026 en Plaza de Toros de Las Ventas terminó dejando una conclusión demoledora para el análisis ganadero contemporáneo: la imponente presencia y el volumen de un encierro no garantizan ni la emoción ni la bravura. El lote presentado por la ganadería Victoriano del Río apareció en los corrales venteños con hechuras serias, romana aparatosa y el trapío propio de una plaza de máxima exigencia, pero en el ruedo afloraron demasiadas carencias estructurales: escasez de fondo, falta de transmisión, debilidad motriz, embestidas descompuestas y un preocupante déficit de raza en cinco de los seis ejemplares lidiados.
Madrid asistió así a una corrida marcada por la discontinuidad emocional. Hubo apariencia de toro grande, pero escaseó el toro íntegro en comportamiento. La sensación dominante fue la de un encierro que amagaba más de lo que realmente desarrollaba. Animales que parecían romper en los primeros tercios y que terminaban desplomándose física o anímicamente cuando la lidia requería duración, pujanza y capacidad de repetición. La bravura, esa mezcla irrepetible de entrega, clase, emoción y codicia, apareció únicamente en el cuarto de la tarde, “Cantaor”, un toro que elevó por sí solo la dimensión de un festejo que caminaba peligrosamente hacia la grisura.
El primero, “Víbora”, ya encendió las alarmas. Toro alto, despegado del suelo, de arquitectura incómoda y con dificultades evidentes para humillar. Derribó en varas, sí, pero aquello fue más una expresión de violencia estructural que de bravura encastada. Nunca terminó de romper hacia adelante. En la muleta evidenció un comportamiento rajado, sin entrega ni celo continuado, desplazándose a arreones y siempre con el viaje frenado. Sebastián Castella entendió pronto que el lucimiento resultaba imposible y optó por una lidia práctica, intentando sostener un animal que jamás quiso emplearse con limpieza. Fue una labor de paciencia más que de inspiración.
Sin embargo, aquella gris apertura acabaría funcionando como el prólogo inesperado de la gran explosión artística de la tarde.
El segundo, lidiado por Emilio de Justo, confirmó otra de las constantes del encierro: la insuficiencia de poder. “Duplicado” tuvo cierta intención inicial y hasta mostró prontitud en algunos arrancamientos, pero el toro estaba permanentemente condicionado por su escasa fortaleza. Emilio intentó administrar la embestida con inteligencia, perdiendo pasos estratégicamente para darle aire y continuidad al animal. Hubo muletazos meritorios, especialmente sobre la diestra, donde el extremeño consiguió extraer cierta curva y temple de una embestida que ya venía deteriorándose. Pero el toro acabó apagándose lentamente, saliendo desentendido y con la cara arriba. La faena nunca alcanzó eco porque el material simplemente no tenía duración suficiente.
Aun así, la actitud de Emilio fue irreprochable. Su disposición durante toda la tarde resultó conmovedora. Se le vio decidido, generoso, empeñado en construir donde apenas había cimientos. Toreó siempre con intención de mandar, de someter, de dar sentido a embestidas rotas. Y eso, en Madrid, también tiene mérito.
El tercero mostró otra variante del problema ganadero: el toro sin clase. “Impuesto”, el primero del lote de Tomás Rufo, embestía recto, áspero y deslucido, sin humillación ni recorrido franco. Un animal incómodo, de esos que descomponen cualquier estructura técnica porque nunca terminan de pasar con limpieza. Rufo, sin embargo, insistió con admirable firmeza. Quiso ligar, dar continuidad y encontrar armonía allí donde el toro rompía los muletazos. Parte del público llegó a recriminarle esa insistencia, pero precisamente ahí estuvo la lectura profunda de la faena: el torero no renunció jamás a construir toreo pese a la condición ingrata del animal.
Especialmente valiosa fue su capacidad para detectar que el pitón izquierdo ofrecía algo más de entrega. Cuando corrigió distancias y encontró el ritmo paralelo a tablas, logró los momentos más limpios de su actuación. No fueron tandas rotundas desde lo artístico, pero sí enormemente valiosas desde el punto de vista técnico. Rufo dejó patente una evolución importante como lidiador: serenidad, cabeza fría y capacidad de insistencia sin perder compostura.
Y entonces apareció “Cantaor”.
El cuarto toro cambió completamente la temperatura emocional de Las Ventas. Desde el capote ya transmitió una sensación distinta. Había humillación, embroque y una movilidad vibrante que no se había visto hasta ese momento. Empujó con bravura en el caballo, metiendo la cara abajo, y llegó al último tercio con una codicia excepcional. No era únicamente un toro bueno: era un toro completo. Humillador, repetidor, con ritmo, transmisión y capacidad para embestir por dentro. Un ejemplar de enorme categoría que devolvió durante minutos la esperanza de la bravura total.
Y frente a él emergió el mejor Sebastián Castella de los últimos años en Madrid.
Lo de Castella tuvo dimensión de acontecimiento. No fue únicamente una gran faena; fue una demostración de autoridad técnica y madurez artística. Desde el inicio de muleta en los medios, cambiándose el viaje por la espalda, el francés entendió perfectamente la condición del toro: había que llevarlo sometido, embarcado y siempre por abajo. Y eso hizo. Ligó las series con mando, temple y una quietud impresionante. El trazo apareció mucho más reposado que en otras temporadas. Hubo gusto, ajuste y una profundidad inhabitual incluso para un torero de su trayectoria.
Especialmente memorable resultó el toreo al natural. Allí alcanzó la obra su verdadera dimensión. Castella logró ralentizar la embestida de un toro bravo sin romperle el ritmo, llevándolo cosido a la muleta con una autoridad extraordinaria. Madrid respondió puesta en pie porque percibió algo muy difícil de encontrar en la tauromaquia moderna: la conjunción perfecta entre bravura auténtica y dominio absoluto del torero.
La faena tuvo emoción, estructura y verdad. Y tuvo también épica en el desenlace. Las bernadinas finales, ejecutadas en un palmo de terreno, elevaron aún más la temperatura de una plaza completamente entregada. Pero la espada y, sobre todo, el descabello, dejaron escapar una Puerta Grande que parecía inevitable. El francés quedó roto en los medios mientras sonaban los avisos y el toro era premiado justamente con la vuelta al ruedo. Aun sin trofeos, la dimensión de su actuación quedó por encima de cualquier estadística.
Aquello fue la confirmación de que Castella atraviesa uno de esos momentos excepcionales en los que un torero logra sintetizar experiencia, madurez y ambición artística. Madrid volvió a descubrir a un Castella profundo, poderoso y rotundo. Un torero capaz de imponerse emocionalmente a la plaza más exigente del mundo.
Después de semejante cima, el festejo volvió a descender. El quinto acusó nuevamente la falta de fuerza estructural que condicionó toda la corrida. Emilio de Justo intentó sostenerlo a media altura, tratando de proteger una embestida que tenía intención, pero carecía de soporte físico. El toro quería más de lo que podía ejecutar. Emilio volvió a dejar una imagen de honestidad absoluta, exponiendo mucho y peleando cada muletazo. Terminó incluso atascado con el descabello, pero la sensación que quedó fue la de un torero que jamás se dejó ganar la batalla anímica por un lote desagradecido.
El sexto ofreció algunos matices de calidad, aunque terminó también viniéndose abajo. Tomás Rufo comenzó con inteligencia, sin exigir de inicio, intentando fijar un toro de querencias cambiantes. Hubo una serie al natural de enorme interés, quizá la más limpia de toda su tarde, pero un desarme rompió la estructura de la faena y el animal terminó apagándose. Otra vez apareció el problema central del encierro: la falta de fondo. El toro tenía intención, sí, pero no continuidad suficiente para construir una obra de verdadera dimensión.
Y ahí radica precisamente la lectura global de la corrida. La decepción no vino desde la presentación, sino desde la incapacidad de la mayoría de los toros para sostener una lidia completa con emoción creciente. Faltó raza. Faltó duración. Faltó transmisión sostenida. El cuarto fue la excepción gloriosa que confirmó la regla.
San Isidro 2026 vivió así una tarde paradójica: un encierro limitado que, sin embargo, alumbró una obra cumbre. Una corrida marcada por la frustración ganadera, pero también por la aparición gigantesca de un Castella en estado de plenitud y por la dignísima actitud de Emilio de Justo y Tomás Rufo, dos toreros que se negaron a dejarse arrastrar por la falta de posibilidades del material lidiado.
Las Ventas salió hablando de un toro y de un torero. De “Cantaor” y de Castella. Y eso, en una feria tan ferozmente competitiva como San Isidro, ya es entrar en la memoria.





















