El código interior de Juan de Castilla tras una cornada brutal
El torero colombiano relata su proceso físico y mental tras el percance sufrido en Manizales y su forma de entender el toreo
Redacción: DAVID JARAMILLO
Algo muy parecido debe habitar en la conciencia más profunda de los toreros para dedicar su vida —con todas las letras y sus implicaciones— al arte de torear. Exponerse cada tarde no es un accidente del oficio, sino una elección sostenida en el tiempo. Una forma de entender la existencia. En el caso de Juan de Castilla, esa forma está especialmente acentuada.
El torero colombiano se ha ido labrando una carrera admirable, sin atajos ni concesiones, a sangre y fuego, en plazas donde el error no se perdona y la oportunidad rara vez se repite. Él mismo encuentra un paralelismo natural entre ambos mundos. «Me siento muy identificado con ellos, con su comportamiento, con su filosofía. Guardando las proporciones y las diferencias de años y culturas, veo muy fácil que un samurái pudiera dar un torero o un torero un samurái. El amor por la vida y, a su vez, el desapego. El respeto por la muerte, por el contrincante, en mi caso el toro».

No es una reflexión impostada. Viene de lejos. «Antes de querer ser torero me encantaba todo el tema de los ninjas y los samuráis. Me fui decantando por el samurái. Luego me di cuenta de que Corbacho se lo inculcaba a sus toreros y entendí que no estaba tan perdido. Yo venía estudiando a los samuráis desde que era niño en Colombia».
En Juan, el rito íntimo de vestirse de luces adquiere una gravedad especial. El silencio de la habitación pesa, no como un vacío, sino como una preparación. Apenas lo rompen las notas que Hans Zimmer compuso para «El último samurái», la épica cinta de Edward Zwick. Entonces el traje de luces se transforma en un Yoroi, la armadura samurái: una protección simbólica que no detiene el daño físico, pero recuerda un código más fuerte que cualquier instinto básico.






















