La corrida de José Escolar en Las Ventas dejó una de las tardes más intensas y auténticas de la Feria de San Isidro 2026. Damián Castaño firmó una faena de enorme verdad y emoción ante el quinto, premiada con una merecida vuelta al ruedo, mientras Gómez del Pilar mostró una dimensión técnica y torera de gran nivel frente al sexto, en una labor de alta exigencia condicionada por el viento y el fallo con los aceros. Más allá de los trofeos, la tarde confirmó que el toreo de mérito sigue encontrando espacio en Madrid cuando se impone el valor seco y la inteligencia lidiadora.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Madrid – España. La corrida de José Escolar en Las Ventas no fue una tarde para la estadística ni para el triunfalismo fácil. Fue, más bien, una de esas funciones que recuerdan por qué Madrid continúa siendo el examen definitivo del toreo. Allí donde el adorno sobra y donde la verdad aparece desnuda, dos nombres emergieron entre la dureza del encierro: Damián Castaño y Gómez del Pilar.
La vuelta al ruedo de Damián Castaño no debe interpretarse únicamente como un reconocimiento a una faena estimable; fue la recompensa moral a un concepto del toreo basado en la honestidad absoluta. Su actuación frente a “Minutero”, un toro áspero, incierto y de enorme complejidad emocional, tuvo el sello de las faenas que conectan con Madrid desde el riesgo verdadero y no desde la estética complaciente.
El toro de José Escolar nunca regaló un pase. Embestía con violencia contenida, desarrollando sentido y exigiendo colocación quirúrgica. En ese contexto, Castaño entendió que la única posibilidad era cruzar la línea del compromiso total, tragando en cada embroque y dejando siempre la sensación de que cualquier error podía desembocar en tragedia. Ahí apareció el torero de raza. Sin alivios, sin ventajas y sin un solo gesto impostado.
La faena creció precisamente por su crudeza. No hubo ligazón abundante ni series interminables, porque el toro jamás permitió comodidad. Todo ocurrió en distancias cortas, en terrenos comprometidos y bajo una tensión constante que convirtió cada muletazo en una conquista. Madrid percibió esa sinceridad desde el primer instante. La plaza no asistía a una obra decorativa; estaba presenciando un combate.
Especialmente importantes resultaron las tandas sobre el pitón derecho, donde Damián Castaño consiguió someter parcialmente la embestida y darle estructura a un animal que parecía vivir permanentemente al borde de la derrota y de la violencia. El mérito no residió solo en lograrlo, sino en insistir cuando el toro pedía huida. Allí apareció el torero curtido en plazas duras, el lidiador capaz de aceptar que el lucimiento, en ciertos contextos, consiste simplemente en mantenerse firme y mandar sobre el miedo.
La emoción alcanzó niveles dramáticos cuando el toro hizo hilo tras un pinchazo y el quite providencial de “Toñete” evitó consecuencias mayores. Aquella escena terminó de encender una plaza que ya estaba entregada al esfuerzo del salmantino. La posterior estocada, aunque desprendida, cerró una obra imperfecta en las formas, pero gigantesca en autenticidad.
Por eso la vuelta al ruedo tuvo tanto peso simbólico. Madrid no premió únicamente una faena; premió un comportamiento torero. En tiempos donde abundan los discursos vacíos sobre la pureza, Damián Castaño demostró con hechos lo que significa jugarse la vida delante de un toro que no permite mentira alguna.
Pero la tarde no se sostuvo únicamente sobre la emoción de Castaño. También dejó la consolidación de un torero poderoso y técnicamente muy preparado como Gómez del Pilar, quien firmó la labor más compleja y cerebral del festejo frente al sexto, “Buenacara”.
Ese toro, probablemente el de mayor calidad relativa del encierro, escondía una trampa enorme: humillaba, sí, pero lo hacía desde la falta de poder, siempre amenazando con pararse y exigiendo llevar muy toreada la embestida. Además, el viento convirtió cada muletazo en una operación de altísimo riesgo técnico.
Ahí apareció la dimensión más madura de Gómez del Pilar. El madrileño entendió rápidamente que el toro necesitaba muleta adelantada, temple largo y una conducción muy baja para evitar que se quedara a mitad del viaje. Su faena tuvo profundidad porque jamás cayó en el efectismo. Cada toque tenía intención; cada colocación respondía a un análisis previo del comportamiento del animal.
Especialmente valiosa resultó su capacidad para buscar constantemente el pitón contrario, recurso imprescindible para mantener la continuidad de una embestida que amenazaba con descomponerse en cualquier instante. Torear así, en Madrid y con viento, exige no solo valor, sino una comprensión muy avanzada de la lidia.
Hubo naturales de enorme mérito, particularmente una tanda sobre la diestra que alcanzó gran altura por mando, profundidad y gobierno de la embestida. Sin embargo, la faena quedó herida por una administración equivocada de los tiempos finales. El torero quiso prolongar la obra buscando un cierre rotundo por el pitón derecho cuando la dimensión artística ya estaba conseguida. Madrid, plaza implacable con las medidas, percibió ese exceso.
Después llegaron los fallos con la espada y el descabello, diluyendo estadísticamente una actuación que, en términos taurinos, tuvo una importancia enorme. Porque más allá de los avisos, Gómez del Pilar dejó la sensación de haber estado por encima de un toro muy exigente y de haber firmado una de las actuaciones técnicamente más serias del ciclo.
La corrida de Escolar confirmó, además, una realidad que muchas veces el gran público ignora: el mérito no siempre se mide en orejas. Existen tardes cuyo valor reside en la capacidad de imponerse a contextos adversos, de descifrar embestidas imposibles y de sostener la dignidad del toreo en terrenos donde la épica sustituye al espectáculo fácil.
En una feria marcada muchas veces por el triunfalismo superficial, la tarde de Damián Castaño y Gómez del Pilar devolvió a Las Ventas el aroma del toreo áspero, serio y profundamente auténtico. El de las plazas que exigen más carácter que estética. El de los toreros que no negocian con el miedo. El de las faenas que quizá no llenan de trofeos las estadísticas, pero sí permanecen durante años en la memoria del aficionado verdadero.






















