San Isidro: Toreo Eterno de Urdiales Para Abrir la Puerta Grande

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La corrida número dieciocho de San Isidro quedó marcada por el gran triunfo de Diego Urdiales, quien abrió la Puerta Grande tras dos faenas de enorme calidad y toreo clásico. Andrés Roca Rey también destacó al cortar una oreja, mientras que los toros de Juan Pedro Domecq ofrecieron resultados desiguales en una tarde con lleno total y presencia del Rey Felipe VI.

Redacción: Víctor Diusabá Rojas – https://www.agronegocios.co – Web Aliada

Madrid – España. Una oda de Diego Urdiales escrita en dos piezas. Más sentida la primera que la segunda. Todo para hacer de la decimo octava tarde de San Isidro el hecho más importante en lo que va corrido de la Feria. Sus dos faenas fueron premiadas cada una con oreja, pero, sin duda, la segunda obra del riojano perdurará por mucho tiempo como cuadro caro y precioso. El peruano Andrés Roca Rey también cortó una oreja en el quinto turno. Los toros de Juan Pedro Domecq tuvieron comportamiento desigual. La plaza se volvió a llenar, contando además con la presencia del Rey Felipe VI en esta corrida en homenaje a la prensa en su edición número 126.

Y precisamente la primera ovación de la tarde fue para el Rey, puesto en barrera y no en el palco real.

Y silencio, más reservas, a las primeras acciones del que abrió la tarde, incierto y flojo. Igual, Bruno Aloi lo ligó en un quite muy ceñido y vistoso a lo mexicano. El nacido en la Capital Federal, que confirmaba alternativa, se puso en los medios para intentar ligar, pero el de Juan Pedro evidenció de nuevo sus flaquezas en las extremidades anteriores, aparte de mal estilo. Pinchazos, silencio.

Las verónicas encajadas y templadas de Diego Urdiales trajeron el toreo de peso a la salida del segundo. El de Arnedo lo ratificó enseguida, ante lo que no tardó respuesta de Roca Rey, también con calidad y entrega en los capotazos de su quite.

Con la muleta, Urdiales hizo del temple el instrumento para mandar a un ejemplar pronto y noble, eso sí, con los pases contados. Espadazo y petición: oreja.

Un quite de Roca Rey al tercero, sirvió de punto de partida a ese turno, frente a un enemigo negro listón con recorrido y cierta punta de violencia. Las series tuvieron emoción, aunque no el ritmo necesario para calar en un público de opiniones divididas. Espada en lo alto, palmas.

Una nueva lección de capa de Urdiales, elevada a una categoría más que superior, retumbó en los tendidos hechos una sola voz para rendir homenaje al riojano. Vino entonces lo sustancial o, lo que es lo mismo, el toreo eterno. Ese de todas las épocas, el que jamás se marchará porque es la esencia de esta hermosa fiesta. Una lidia en toda la extensión del término, una obra de arte de esas que no están en venta. En fin, Urdiales en carne y hueso. Oreja que vale por muchas.

De rodillas, Roca Rey salió a buscar lo suyo en el quinto, gran ejemplar con codicia y calidad en las series posteriores del peruano hechas en corto y sin tachones, en especial sobre la mano izquierda. La faena fue tan extensa como intensa. Pinchazo y entera, oreja.

El sexto no brindó mayores opciones a Aloi, quien puso voluntad sin encontrar eco de un animal puesto a la defensiva. Palmas de cariño.

Ficha de la corrida

Toros de Juan Pedro Domecq. Pesos: 553, 538, 583, 541, 544 y 533 kgrs. Desiguales de presentación. El primero, flojo y sin calidad. El segundo, noble, aunque de poca duración. El tercero, con movilidad y justo de calidad. El cuarto de menos a más, hasta romper, palmas en el arrastre. El quinto, noble. El sexto, descastado. Diego Urdiales (Pavo y oro) Oreja y oreja. Andrés Roca Rey (Burdeos y oro) Palmas, tras aviso, y oreja. Bruno Aloi (Blanco y oro) Silencio, tras aviso, y tibias palmas.

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