La histórica vigésima Puerta Grande de Diego Ventura en Plaza de Toros de Las Ventas no fue únicamente una cifra para los archivos taurinos. Fue la confirmación de una época dominada por un torero a caballo que ha llevado el rejoneo a terrenos inéditos, en una tarde donde el toro tuvo importancia decisiva, la terna sostuvo el nivel del espectáculo y Madrid terminó rendida ante una obra de profundidad, riesgo y dimensión histórica.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Lenguazaque – Colombia. La tarde de rejones vivida en Las Ventas no dejó únicamente una estadística para el recuerdo. Dejó una reflexión profunda sobre lo que significa alcanzar la eternidad taurina en una plaza que jamás regala nada. La vigésima Puerta Grande de Diego Ventura no nace del capricho de una moda ni de una concesión sentimental de Madrid; nace de la capacidad de sostener durante más de dos décadas un dominio técnico, artístico y emocional prácticamente imposible de igualar en la historia del toreo a caballo. Veinte veces abrir la puerta más exigente del mundo no es una casualidad: es la construcción de una hegemonía.
Pero sería injusto reducir el acontecimiento únicamente al nombre de Ventura. La verdadera dimensión de la tarde estuvo también en la importancia del toro. El envío de Guiomar Cortés de Moura permitió que el rejoneo se expresara con autenticidad, porque hubo codicia, transmisión, prontitud y movilidad. El segundo y el quinto ofrecieron condiciones de bravura que exigían altura técnica y cabeza fría. Ahí radica el mérito verdadero: cuando el toro sirve, también desnuda. Y fue precisamente frente a esos toros donde Ventura volvió a demostrar que su tauromaquia no vive del artificio, sino de la capacidad de gobernar los terrenos, medir las distancias y desafiar los límites físicos del caballo y del hombre.
El segundo toro marcó uno de esos momentos que quedan suspendidos en la memoria colectiva venteña. Ventura convirtió el ruedo en un laboratorio de imposibles. Los quiebros con “Quitasueño”, citando prácticamente en parado y dejando que el toro viajara rozando la montura, fueron la expresión máxima del temple y del riesgo. No hubo improvisación vacía; hubo conocimiento absoluto del tiempo, la velocidad y la reunión. El público no reaccionó solamente al impacto visual, sino al reconocimiento de estar contemplando algo irrepetible. El fallo con el acero evitó un premio mayor, pero no borró la sensación de obra rotunda.
Y cuando apareció el quinto, Madrid terminó de comprender que asistía a un capítulo histórico. Ventura toreó a caballo con una serenidad insultante. El toreo a dos pistas con “Nómada”, los quiebros sobre terrenos imposibles con “Lío” y la naturalidad insultante con la que ejecutó las banderillas finales terminaron de construir una faena de enorme profundidad. Lo importante no fue únicamente el repertorio, sino la manera de ligar cada suerte con coherencia, emoción y sometimiento del toro. Allí estuvo la clave: no fue una exhibición aislada de recursos, sino una auténtica lección de lidia a caballo.
La dimensión de esta vigésima Puerta Grande también engrandece la historia reciente de Las Ventas. Madrid siempre ha sido territorio de examen, nunca de comodidad. Por eso la cifra adquiere una dimensión casi inalcanzable. Ventura no sólo ha triunfado repetidamente en la primera plaza del mundo; ha cambiado la percepción contemporánea del rejoneo. Ha elevado el listón técnico, ha revolucionado las formas y ha llevado el espectáculo ecuestre a un nivel de exigencia física y artística desconocido para generaciones anteriores. Su carrera ya no compite con sus contemporáneos; dialoga directamente con la historia.
Sin embargo, la corrida tuvo además otro valor fundamental: el esfuerzo colectivo de la terna. Lea Vicens dejó una actuación de enorme compromiso, teniendo que fabricar emoción frente a un lote desigual. Su capacidad para sostener las faenas desde la entrega y la exposición permitió que la tarde nunca perdiera intensidad. Especialmente importante fue su actitud frente al sexto, un toro noble al que exprimió con inteligencia y sensibilidad, quedándose a las puertas de acompañar a Ventura en la salida histórica.
Por su parte, Rui Fernandes ofreció la versión más clásica y madura de su concepto. Sin un lote propicio, construyó faenas de mérito sustentadas en la pureza de las reuniones y en la seriedad de la lidia. La falta de contundencia con los aceros le privó de tocar pelo, pero dejó claro que la corrida tuvo competencia, profesionalismo y verdad. Y eso también explica la dimensión de lo sucedido: la histórica tarde de Ventura no se produjo en medio de un escenario vacío, sino dentro de una corrida donde cada integrante de la terna sostuvo la categoría del acontecimiento.
Al final, la imagen de Madrid entregada a Diego Ventura tuvo algo más profundo que la celebración de una victoria. Fue el reconocimiento de una trayectoria que ha convertido lo extraordinario en costumbre. Veinte Puertas Grandes en Las Ventas son un territorio reservado para las leyendas. Y Ventura, desde hace tiempo, dejó de perseguir la historia para empezar a escribirla.






















