Arnedo: Cuvillo Abre el Norte con Nobleza

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La Feria de San José en Arnedo arrancó con una corrida de Núñez del Cuvillo marcada por la nobleza, la clase y el buen juego, sobresaliendo un extraordinario quinto toro premiado con la vuelta al ruedo. Urdiales, Manzanares y Roca Rey firmaron una tarde de alto nivel técnico y artístico, en una plaza entregada que celebró un inicio de temporada brillante en el norte.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. Arnedo alzó el telón de la temporada taurina del norte con una corrida que reivindicó la esencia del toreo bueno: la nobleza encastada, la clase en la embestida y la emoción que brota cuando toro y torero se entienden en los terrenos de la verdad. El encierro de Núñez del Cuvillo, sin ser uniforme en hechuras, sí mantuvo una línea de comportamiento marcada por la bondad, la prontitud y un fondo que permitió el lucimiento, destacando de manera sobresaliente el quinto ejemplar, un toro de nota alta que fue justamente premiado con la vuelta al ruedo.

Desde chiqueros se adivinaba un encierro con posibilidades. Hubo movilidad, transmisión en varios de los astados y, sobre todo, esa entrega humillada que permite construir faenas de trazo largo y templado. En conjunto, una corrida que exigía mando, cabeza y capacidad de acople, condiciones que la terna supo interpretar desde sus respectivos conceptos.

Diego Urdiales, torero de poso clásico y expresión contenida, volvió a demostrar que el toreo es, ante todo, una cuestión de pureza. Su primero, con inercia y recorrido, fue sometido con una muleta asentada sobre la mano izquierda, donde el riojano dibujó naturales de gran largura y temple, engarzando tandas de exquisito gusto. Hubo cadencia, ajuste y un dominio silencioso que caló en los tendidos. La estocada, ejecutada con verdad, rubricó una obra de alto contenido técnico y estético, premiada con las dos orejas.

Pero fue en el cuarto donde Urdiales alcanzó cotas de refinamiento. Ante un toro noble y con ritmo, el torero ralentizó el tiempo, llevando la embestida cosida al engaño en una faena de enorme precisión. Sin tirones, con suavidad y mando, cada muletazo tuvo intención y remate. La falta de contundencia con la espada restó trofeos, pero no borró la huella de una labor de gran categoría, reconocida con una vuelta al ruedo que supo a poco.

José María Manzanares, fiel a su concepto de armonía y verticalidad, encontró en su lote material propicio para desplegar su toreo de líneas limpias. En su primero, un toro manejable pero falto de celo, impuso temple y ritmo, construyendo una faena ligada y de buena factura, donde cada pase fue cosido con suavidad. El acero, certero, puso en sus manos el primer trofeo.

Sin embargo, la cumbre llegó con el quinto, un toro de Cuvillo que conjugó clase, fondo y transmisión. Un ejemplar que embistió con ritmo y entrega, permitiendo al alicantino estructurar una faena de altos vuelos. Sobre la diestra, Manzanares tejió tandas largas, muy encajadas, con la muleta arrastrando y la figura erguida, logrando una ligazón de gran mérito. El epílogo, de máxima inspiración, elevó la temperatura de la plaza. La estocada recibiendo, ejecutada con pureza, puso el broche a una obra rotunda. Dos orejas para el torero y vuelta al ruedo para un toro que dignificó el espectáculo.

Andrés Roca Rey, por su parte, volvió a evidenciar su capacidad de imponerse a las condiciones de cada toro. En su primero, un astado con fondo, estructuró una faena basada en el dominio y la firmeza, ligando muletazos por ambos pitones con temple y continuidad. Su lectura de la embestida fue clara, encontrando siempre el sitio y llevando al toro sometido en la tela. La estocada efectiva le valió las dos orejas.

Cerró plaza con un toro de mayor exigencia en la movilidad, al que el peruano plantó cara con determinación. Acortó distancias, se metió en los terrenos comprometidos y, desde el mando, logró arrancar una faena de peso, donde la ligazón y el trazo se impusieron al ímpetu del animal. La entrega final encendió a los tendidos, que reconocieron su esfuerzo con una oreja tras un conjunto eficaz con los aceros.

El público de Arnedo, que llenó el coso, respondió con entusiasmo a una tarde en la que se conjugó el buen juego del ganado con la disposición y el concepto de tres toreros que no renunciaron a su identidad. La salida en hombros de la terna fue el reflejo de una tarde redonda, en la que el toro, noble, bravo y con clase, fue el verdadero protagonista.

Así, la temporada en el norte arranca con un mensaje claro: cuando la casta se templa en nobleza y el torero interpreta con verdad, el toreo alcanza su dimensión más pura. Núñez del Cuvillo dejó en Arnedo un encierro que, por su bondad y calidad, invita al optimismo y reafirma que aún es posible emocionar desde la esencia.

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