Viñeta: Aquellos Sesenta… (IV)

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La historia avanza impulsada por cambios sociales y culturales que transforman a las sociedades y sus expresiones. En medio de las profundas transformaciones del siglo XX, el toreo también vivió una etapa de renovación y ruptura de tradiciones, simbolizada en la figura de Manuel Benítez ‘El Cordobés’, quien representó el espíritu desafiante de una época.

Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes – https://todotoroblog.blogspot.com – Web Aliada

Cali – Colombia. La historia discurre como los fenómenos cósmicos, impulsada por fuerzas aleatorias, sobrehumanas, incontrolables. Yendo y viniendo azarosamente, más que con la cadencia de un péndulo. Arrastrando en ella cosas, individuos, sociedades, imperios, culturas, y… al toreo, por supuesto.

Lo enseñaron tempranamente los épicos y los trágicos griegos (hado). Ese loco batir, hizo que su paso por los años centrales del medio siglo transcurrido entre la bomba de Hiroshima y la disolución de la URSS, fuesen particularizados, llamados “gloriosos” por los historiadores franceses, y “de oro” por los anglosajones. A diferencia de los taurinos que como habíamos dicho (I) prefirieron vestirlos: “de platino”.

Sobre todo, en el hemisferio septentrional. Pues como predicaba por aquel tiempo Henry Kissinger, omnímodo ministro de Nixon: “La historia transcurre al norte del ecuador”. Aunque algo bajó de la línea umbilical, no se puede negar. Era inevitable. La humanidad nunca tuvo antes tanta energía (fósil), disponibilidad, boyantía, liberalidad, e insumisión. El crecimiento, el consumo, la producción se aceleraron sin freno a contra natura. Los gustos y costumbres trastocaron.

Los Beatles, Joan Báez, Bob Dylan, Joan Manuel Serrat (“Ahora que tengo veinte años”), afinaron su voz y lo cantaron. “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, coreaba y gesticulaba la juventud estudiantil, trabajadora y desocupada en las calles, en los escenarios y los ruedos, sacudiendo toda la cultura.

La insurrección de “El Cordobés” personificó esa psicodélica era. Con las masas en fervor, las plazas a tope, las corridas y el escalafón proliferando. Con él (caos) y Camino (canon), enfrentados en cabeza. Los dos polos, iconos del antagonismo desatado. El ayer y el hoy. Así continuaron todo aquel septenio, del 64 adelante. Sin importarles qué a más de las figuras ya consolidadas, emergieran otros alternantes de peso, y estilo diverso. En el 66, Palomo Linares (vehemencia) y Paquirri (poderío). En el 68, Miguel Márquez (voluntad). En el 69, Dámaso González (estoicismo). Para, en el 70, cuál si se tratara de una clausura con estrambote, ocurrir cosas aún más notables.

Una, “La guerrilla”. Como para subrayar la paradojal contemporaneidad. Los grandes empresarios: Chopera, Balañá, Canorea, Dominguín, Miranda, Stuick…, que habían sido puestos de rodillas en ‘Villalobillos” por el ya millonario “Ciclón”, cuando les amenazó con su retiro (1967). Se reagruparon a comienzos del 69, tratando nuevamente de contener sus incontenibles y contagiosos honorarios, imponiéndole tarifas reguladas. Sobra decir por quien terció la prensa. Entonces este, afeándoles, que sin arriesgar se hacían ricos a sus costillas, reclutó al otro “popularísimo”, Palomo Linares, cogieron las armas y se fueron al monte. Torearon mucho, fuera y contra el sistema. Hasta retomar el poder a comienzos del 70. La taquilla manda.

Ahí, el “libro de las ganaderías” se hizo de ley, garantizando la edad del toro. Y Manuel volvió al foro de Madrid. En dos corridas (20 y 23 de mayo), corta ocho orejas a los de Montalvo y Atanasio. Con gran consternación de los conservadores y “la cátedra”. ¡Salvamos el rabo! ironizó en el ABC Díaz Cañabate, ante su no concesión. Paco no tarda en responder, allí mismo, el 4 de junio, en la Corrida de Beneficencia, encerrándose con siete toros de distintas ganaderías (uno de Miura) y cortándoles ocho orejas. Desquite. Apoteosis del “toreo eterno”.

“El Cordobés” guardó la réplica para el final. Como remate a su año de 121 corridas, que habían pulverizado el viejo récord de Belmonte (109). También se encierra el 18 de octubre, en Jaén, feria de San Lucas, lidia siete toros, les corta 11 orejas, tres rabos y al final, montado en el sobrero dice: “Después de lo que he hecho ¿quién puede prohibírmelo?”.  Genio y figura. Con esa blasfemia tan suya cerró la temporada europea y la singular década, que la historia dejó atrás, para seguir su revuelta e infinita carrera.

Hoy, a tantos años, y una vez más de regreso a la barbarie, cuesta descubrir con justicia, en el sonriente, apacible y nonagenario anciano, ciudadano ilustre, dueño de “califato”, medalla de las bellas artes, nominador de calles, museos, bibliotecas, estatuas, leyendas y adoración, al atrevido rapaz, espontáneo de 1957 en Las Ventas. Al novillero hambriento y desesperado del “Aprendiendo a morir”, y del “O llevarás luto por mí”. Al “huracán” del toreo al derecho, al revés, en todos los idiomas, y sin mover los pies. Al “nadie”, redimido a héroe y prototipo de una generación y una época que se pretendieron revolucionarias… ¿Lo fueron?

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