Julio Robles: el torero que se quedó a vivir en la verónica

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Julio Robles: el torero que se quedó a vivir en la verónica

 

Hay aniversarios que no se anuncian: se sienten. Hoy, 14 de enero de 2026, se cumplen 25 años de la muerte de Julio Robles (1951–2001), y Salamanca —la de piedra fría y tertulia caliente— vuelve a mirar hacia La Glorieta como quien se asoma a un espejo antiguo: ahí está el torero, sí, pero también está una manera de estar en el mundo. Porque Robles no fue un torero ‘de moda’. Fue otra cosa más difícil: un torero de verdad, de los que no caben en el resumen fácil ni en el vídeo corto. Un torero que, cuando se abría de capa, parecía que no toreaba un toro: ordenaba el aire.

Nació en Fontiveros (Ávila), pero la vida lo llevó pronto a La Fuente de San Esteban, en el corazón del campo bravo, donde se educa el oficio de frente, sin maquillaje. Allí se forjó la afición y el carácter: el chaval que iba a las tientas como quien va a una escuela sin pupitres, con el paisaje como libro y el toro como examen. Y de ese barro —barro de invierno, barro de carretera, barro de plaza de pueblo— salió un torero de corte clásico, de esos a los que la palabra ‘pureza’ no les queda grande porque la sostienen con hechos, no con nostalgia.

Tomó la alternativa el 9 de julio de 1972 en Barcelona, con Diego Puertade padrino y Paco Camino de testigo; y la confirmó en Las Ventas el 22 de mayo de 1973, con Antonio Bienvenida y Palomo Linares. Eso, para quien entienda el idioma del rito, no es una ficha: es una credencial de época. Y luego vino Madrid: esa plaza que no regala nada y, cuando te lo da, te lo cobra con intereses. Robles le abrió tres veces la Puerta Grande (1983, 1985 y 1989). No por milagro, sino por insistencia: por torear como se torea cuando se está dispuesto a que te midan con lupa. Mas los aumentos de esa lente tuvieron, quizá, su cénit en aquella faena, en aquel toro de Felipe Bartolomé que le fue a salir en Las Ventas.

Aquella cara de palo, con el rostro afilado y hasta huesudo cuando ‘enflacaba’ de golpe. Aquel carácter difícil, recio, temperamental que se escondía tras el ademán dicharachero constante y el don de gentes que le daba alternar con la alcurnia más privilegiada y con los barrenderos de La Fuente de San Esteban antes de irse a dormir tras la noche jaranera. «Ya le he dicho a usted muchas veces que no soy de Ávila…», le espetó a Alfonso Navalón tras una crónica punzante que el crítico tituló: Julio Robles, el abúlico torero que apunta y no dispara. Fue el torero que le ofreció la espada y la muleta a su apoderado, Victoriano Valencia, para que saliera a lidiar un toro con el que le estaba dando demasiadas indicaciones. Pero también el de aquella tarde mágica de Sevilla con el toro ‘Leopardo’, de González Sánchez-Dalp. Sus cosas…

Pero llegó ‘Timador’ aquella tarde francesa de 1990, cuando agosto contaba su decimotercer día. De Cayetano Muñoz era el animal, que lo prendió cuando ejecutaba una verónica. Lo volteó. La voltereta fue escalofriante, pero lo peor fue la caída, con las cervicales por delante. Y el parte médico empezó a hablar el lenguaje más cruel: traumatismo cervical, lesión entre vértebras, tetraplejia; traslado y atención en Montpellier, en el hospital Guy de Chauliac, intervención urgente, ventilación asistida… El vocabulario de la medicina sustituyendo al del toreo en una época tan lejana hoy que no existían ni siquiera los teléfonos móviles.

La crónica posterior —la del después— cuenta que pasó del ruedo a la silla de ruedas, y que en esa segunda vida, ya sin trajes de luces, se agrandó el hombre: el que tuvo que aprender a resistir donde antes bastaba con mandar. No fue fácil para nadie, pero menos para él, que siempre fue consciente de la existencia de su don.

Robles murió el 14 de enero de 2001, con 49 años, tras complicaciones graves (se cita peritonitis/perforación intestinal vinculada a su situación clínica). Dicen, para hacernos a la idea, que su estado de parálisis le impidió percibir el problema que se estaba generando en su intestino, por lo que no hubo dolor, pero sí sepsis. Y esa infección se lo llevó para siempre. Y ahí se cerró la biografía, pero no el eco: porque hay toreros que se van y toreros que se quedan.

Queda una forma de torear —templada, encajada, sin aspavientos— y queda una forma de estar: la de quien no negoció con el toro ni con la vida. Y queda, sobre todo, esa imagen que no envejece: Julio Robles abriendo el capote, como si lo demás —el ruido, la prisa, la estadística— no importara. Su recuerdo nos lleva a una época en la que la tiranía de la información inmediata y sin procesar no se imponía cada tarde, y podíamos recibir sin prisa y sin filtros la información especializada. Al día siguiente, porque nada ocurría por esperar a mañana. Eran otros tiempos, claro está…

A los 25 años de su muerte, el mejor homenaje no es la lágrima fácil. Es la memoria exigente: recordar que hubo un torero que convirtió la verónica en una firma, y la dignidad en una costumbre. Y en aquella verónica a la que le dio su nombre, su intención y su forma de ver el mundo, Robles se quedó a vivir. Por eso no es posible que su recuerdo muera.

 

 

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