Bajo el frío y la lluvia, la sexta de la Feria de Manizales 71 dejó una lección mayor: el lucimiento no siempre nace del toro ideal, sino del oficio de una terna capaz de entender, corregir y someter un encierro desigual. Técnica, cabeza y actitud marcaron una tarde de plazas llenas y conceptos claros.
Redacción: Jerónimo Baquero Toro
Manizales – Colombia. En una tarde destemplada, de lluvia intermitente y ambiente exigente, se cumplió el sexto festejo de la 71ª Feria de Manizales con el mismo lleno absoluto que ha acompañado toda la feria. El clima no concedió ventajas, y el encierro, de presentación y comportamiento disparejos, obligó a que el protagonismo recayera menos en la bravura y más en el oficio. Allí, la terna asumió el reto de construir faenas desde la técnica, el entendimiento y la lectura fina de cada embestida, dejando una corrida que fue, ante todo, una cátedra sobre el comportamiento del toro y la manera correcta de buscar el lucimiento cuando el material no es pleno.
La corrida fue un examen permanente para los toreros, pues el común denominador del encierro fue la falta de entrega sostenida, la movilidad intermitente y, en algunos casos, la evidente falta de trapío y fondo. En ese contexto, el triunfo no podía medirse solo en orejas, sino en la capacidad de someter, administrar distancias, dosificar castigo y, sobre todo, entender por dónde iba cada astado y hasta dónde se le podía exigir.
LUIS BOLÍVAR: TÉCNICA PARA FIJAR LO QUE QUERÍA HUIR
Luis Bolívar abrió plaza vestido de grana y oro con cabos blancos, frente a Zafiro, negro de 444 kilos, corto de escroto y pitones más aparentes que reales. El saludo capotero, con dos largas, chicuelinas y delantales, marcó intención y mando. Desde el inicio quedó claro que el toro no regalaba nada: manso de condición, distraído y con querencia a desentenderse.
Bolívar brindó al público y comenzó en la boca de riego, citando para un cambiado por la espalda que sirvió más para fijar que para adornar. La faena fue una lección de muleta entendida: quedarse en la cara, no permitir la huida, dar distancia justa y, cuando fue necesario, ir a buscar al toro allí donde quería escapar. El colombiano construyó una labor basada en arropar los belfos y tirar de ellos, con una técnica depurada para sujetar un animal que embestía por obligación más que por entrega. La espada, algo tendida, encontró recorrido tras aviso, cerrando una actuación que el público no supo valorar en su justa dimensión.
En el cuarto, Bolívar encontró mayor eco. Saludó con lances alegres, como manos desmayadas, y tras brindar, inició de rodillas en el centro, provocando las primeras ovaciones. Aquí el oficio se convirtió en arte: largas distancias para dar aire, cites de lejos y un temple constante que permitió al toro recomponerse y volver al engaño. Citaba, embarcaba y mandaba con suavidad, hilvanando una faena técnica y armónica, coronada por naturales de gran expresión. Mató recibiendo, sellando una obra de torero hecho, de los que entienden que el lucimiento nace del mando y no de la improvisación.
DANIEL LUQUE: EL MANDO COMO ARGUMENTO
Daniel Luque, vestido de azul marino y oro, compareció con la vitola de triunfador del año anterior. Su primero, Peleador, se lesionó y fue cambiado. El sobrero, Marino, fue un toro de presentación muy justa, corto de entrepierna y escaso de pitones, que despertó más dudas que expectativas.
Luque, consciente del ambiente, apostó por el gobierno absoluto. Tras pocos lances y una pica discreta, brindó al público y probó por bajo. En el centro del ruedo comenzó a cimentar una faena basada en bajar la mano y conducir con dulzura las embestidas de un toro que, sin sobrarle nada, metía la cabeza y perseguía el engaño con cierta codicia. Por derecha encontró el mejor camino; por izquierda, el toro se vencía, pero la insistencia del sevillano logró arrancar muletazos de mérito.
El momento álgido llegó con la muleta armada y la espada en la arena: luquesinas, muletazos sin ayuda y dominio total de los terrenos. La estocada, contraria pero efectiva hasta la empuñadura, desató la petición y el palco concedió dos orejas con rapidez, quizá sin medir del todo la entidad del toro, pero sí reconociendo el mando del torero.
En el quinto, Luque se topó con un ejemplar de Las Ventas del Espíritu Santo de presencia engañosa y comportamiento imposible: largo, desproporcionado y sin clase. Aquello fue una batalla sin esperanza, con embestidas deslucidas y sin recorrido. La faena no pudo tomar vuelo y la espada, defectuosa, junto a los fallos de descabello, cerraron un capítulo que terminó entre pitos al impresentable.
MARCO PÉREZ: ACTITUD Y FRESCURA FRENTE A LA ADVERSIDAD
El más joven de la terna, Marco Pérez, vestido de grana y oro con pinceladas en moras blancas, conectó de inmediato con los tendidos. Su primero fue un negrito de poca caja y virilidad justa, con pitones que maquillaban la falta de edad. Marco brindó y comenzó una faena entonada, basada en el temple y el trazo largo. El toro embestía con presteza, a ratos con la cara arriba, pero el joven supo entenderlo y aprovechar sus arrancadas, toreando en redondo y cerrando por manoletinas. Mató de estocada, y la petición fue unánime: dos orejas y vuelta al ejemplar.
El sexto, Navegante, fue el verdadero examen. De poco calado y escaso fondo, rehuyó el castigo y atropelló en banderillas. En la muleta fue un enemigo sin entrega. Marco, lejos de rendirse, le puso el trapo, le buscó sitio y extrajo muletazos de mérito desde la voluntad y la firmeza. No hubo lucimiento clásico, pero sí actitud y valor seco. Mató de media estocada y fue ovacionado con justicia.
EPÍLOGO
La sexta de Manizales dejó claro que el lucimiento no siempre es una concesión del encierro. Cuando el toro no rompe, es el oficio el que debe imponerse. Bolívar desde la técnica, Luque desde el mando y Marco Pérez desde la actitud demostraron que una terna hecha y comprometida puede convertir una corrida desigual en una tarde de contenido, reflexión y verdad taurina. En tiempos de exigencia, el oficio volvió a ser el eje del espectáculo.
























