Manizales: una plaza llena para una noche vacía
La jornada comenzó con una imagen entrañable: los toreros visitando el hospitalito infantil. Fue un gesto sencillo, sin alardes, pero lleno de sentido. En el calendario de la Feria de Manizales, esa mañana quedó marcada como promesa de una tarde especial. Y todo parecía dispuesto para ello. El cielo respetó, la plaza se llenó con cartel de “No hay billetes” y el ambiente era de reencuentro, de expectativa legítima.
Pero el ganado tenía otros planes. La mansedumbre de los novillos lastró por completo un festejo que estaba llamado a ser el más importante de la feria. Lo que debía ser un festival de emociones, acabó convertido en una serie de faenas frustradas, de esfuerzos sin respuesta. La voluntad, la disposición y hasta el oficio de los toreros se estrellaron una y otra vez contra animales deslucidos y reservones.
Rincón, que abría la noche, recibió con alegría la embestida del primero. Hubo verónicas hondas, derechazos poderosos y muletazos desde la distancia que encendieron recuerdos. Pero el novillo, tras mostrar ímpetu, se rajó. Perdió celo, y la faena se desmoronó. La espada no quiso entrar y sonaron los tres avisos. Con el cuarto, que fue devuelto por manso, y su sustituto “Chispas”, no hubo opción. El maestro colombiano lo intentó todo, sin resultado.
Sebastián Castella firmó dos faenas generosas. La primera, frente a un manso con genio, se sostuvo unos minutos en la autoridad del francés, que trató de sacarlo a los medios. Pareció ganarle la pelea en las primeras series, pero el novillo, sin raza, acabó por desinflarse. En el quinto, tras un bello saludo por cordobinas, llegaron tres tandas con la derecha que ilusionaron al tendido. Pero cuando el trasteo parecía despegar, el novillo se partió ambas manos. Nada más que hacer.
Juan Ortega apenas pudo dejar trazos sueltos. Un par de verónicas en el tercero y unos doblones con gusto en el sexto. En ambos, el problema fue el mismo: falta de entrega. El primero se negó a cualquier pelea. El último, bravucón y remiso, fue encajado con temple por Ortega, pero se lesionó también. Una vez más, todo quedó a medias.
Fue una noche amarga, contenida, con la frustración repartida entre el ruedo y el tendido. El marco fue perfecto, el cartel de lujo, y hasta el clima acompañó. Pero el alma de la corrida, el toro, no apareció. Y sin enemigo, no hay batalla. Ni el cartel ni el lleno evitaron la frustración.
FICHA DEL FESTEJO
Viernes 9 de enero. Plaza de toros de Manizales, Colombia. Festival nocturno. Quinta de feria. Lleno en noche agradable.
Novillos de Ernesto Gutiérrez y Juan Bernardo Caicedo (2º y 6º), mansos todos.
César Rincón, palmas tras tres avisos y silencio.
Sebastián Castella, silencio tras aviso y silencio.
Juan Ortega, silencio y silencio.
























