5ª de Feria, Festival: Maestría sin Toro

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Tarde de toreros y no de toros. La maestría, el oficio y la torería de Rincón, Castella y Ortega sostuvieron un festejo marcado por la mansedumbre y la falta de clase del ganado, confirmando que, cuando el toro no acompaña, el conocimiento y la técnica son los únicos argumentos capaces de salvar la función.

Redacción: Jerónimo Baquero Toro

Manizales – Colombia. La jornada vivida en el coso dejó un sabor inequívocamente agridulce. Frente a un público exigente, cuando no severo, se impuso el oficio y la solvencia de los matadores por encima de un encierro que, salvo contadas excepciones, adoleció de bravura, clase y fondo. Una tarde donde el torero estuvo muy por encima del toro.

EL REGRESO DEL MAESTRO: CÉSAR RINCÓN

César Rincón volvió a demostrar por qué su nombre está inscrito con letras de oro en la historia del toreo. En el primero de la tarde, un toro de Ernesto Gutiérrez que rozó los linderos de la bravura, pero terminó rajándose y mostrando querencias, el colombiano firmó una faena de enorme contenido técnico. Con la muleta impartió una auténtica lección de mando, colocación, tiempos y temple, sujetando al animal con firmeza y llevándolo siempre cosido a la franela. La falta de acierto con los aceros le privó del triunfo, retirándose entre palmas tras escuchar los tres avisos.

En el cuarto bis, luego de la devolución del titular por una controvertida decisión presidencial, Rincón enfrentó otro ejemplar de Ernesto Gutiérrez, falto de transmisión y sin clase en la embestida. Con paciencia infinita y un dominio absoluto de los terrenos, el maestro hilvanó una faena de mérito, basada más en el oficio que en la inspiración, arrancando nuevamente el reconocimiento del público en forma de palmas.

OFICIO Y TORERÍA: CASTELLA Y ORTEGA

Sebastián Castella hubo de recurrir a todo su bagaje profesional para imponerse a un lote deslucido. Su primero, segundo de la tarde, un toro de J. B. Caicedo marcadamente manso y protestado desde salida, exigió al francés firmeza y determinación. Castella, sin alardes, logró construir tandas de notable mérito donde parecía no haber materia prima. En el quinto, volvió a dejar constancia de su poderío con el capote, dibujando verónicas de gran cadencia. Ya con la muleta, aunque el toro de Ernesto Gutiérrez fue huidizo y sin entrega, el espada impuso su autoridad con series variadas y templadas, saludando una ovación tras una labor intensa y comprometida.

Juan Ortega, fiel a su concepto clásico y depurado, dejó destellos de su exquisita torería. En el tercero, un toro noble pero descastado, buscó siempre la pureza de líneas y la composición estética, aunque la falta de fondo del astado limitó cualquier intento de mayor lucimiento. En el sexto, ante un ejemplar de J. B. Caicedo que inicialmente “metió la cara” pero terminó viniéndose abajo en la muleta, Ortega volvió a expresar su concepto más puro y vertical. Sin embargo, el fallo con la espada selló el silencio final.

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