El terremoto que estremeció a Colombia el pasado lunes puso nuevamente a prueba la capacidad de los colombianos para sobreponerse a la adversidad. En medio del dolor que golpea especialmente a comunidades de Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Antioquia, la familia taurina tiene la oportunidad de demostrar que los valores que se reivindican en el ruedo: valor, sacrificio, lealtad, respeto, honor y entrega, también pueden convertirse en solidaridad real. Y, al mismo tiempo, la tragedia deja una profunda reflexión sobre el peligro de transformar el sufrimiento colectivo en escenario de protagonismo político, porque cuando la desgracia de unos se convierte en instrumento para atacar a otros, se resquebraja precisamente aquello que más necesita Colombia: su capacidad de permanecer unida frente a la adversidad.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Hay momentos en la vida de una nación en los que todas las diferencias deberían quedar momentáneamente detrás de la barrera. El pasado lunes fue uno de ellos. La tierra volvió a recordarnos, con esa brutalidad que tienen los fenómenos naturales, que hay circunstancias ante las cuales las discusiones políticas, las rivalidades ideológicas, las vanidades personales y las trincheras partidistas pierden toda importancia. Cuando una familia pierde su casa, cuando una comunidad queda incomunicada, cuando aparecen los heridos, el miedo y la incertidumbre, nadie pregunta primero por quién votó la persona que necesita ayuda. El dolor no tiene partido político, ni ideología, ni color. Y precisamente por eso la calamidad que golpeó a Colombia debería convertirse en una oportunidad para recuperar algo que el enfrentamiento político permanente parece habernos hecho olvidar: que antes que militantes, adversarios, contradictores o integrantes de cualquier gremio, somos colombianos.
En ese escenario, la familia taurina tiene mucho que decir, pero sobre todo mucho que hacer. La tauromaquia, más allá de las controversias que legítimamente pueda suscitar en la sociedad contemporánea, conserva dentro de su lenguaje una serie de valores que adquieren especial significado cuando la vida coloca al ser humano frente a circunstancias que no puede controlar. El valor para enfrentar el riesgo, la disciplina para prepararse, el sacrificio para alcanzar una meta, la lealtad con una profesión, el respeto por el adversario y la dignidad para asumir las consecuencias de los propios actos, forman parte de una cultura que, llevada al terreno de la solidaridad, puede tener una extraordinaria fuerza. Porque el verdadero valor no consiste solamente en ponerse delante de un toro; también consiste en ponerse delante del sufrimiento ajeno sin buscar refugio en la indiferencia. El verdadero sacrificio tampoco se mide únicamente en las horas de entrenamiento de un torero o en los esfuerzos de un ganadero; también se mide en la disposición de entregar tiempo, recursos, contactos y capacidad de convocatoria cuando otros colombianos atraviesan momentos de necesidad.
Por eso, la familia taurina no debería limitarse a contemplar esta tragedia desde la barrera. Tiene la posibilidad de hacer el quite. Y hacerlo de verdad. Toreros, ganaderos, empresarios, periodistas, aficionados, peñas, escuelas taurinas y organizaciones vinculadas a la fiesta poseen algo que, bien articulado, puede convertirse en una herramienta formidable de ayuda. Una gran movilización solidaria, jornadas de recolección, aportes económicos, subastas con fines humanitarios, actividades de las peñas, campañas de acompañamiento y mecanismos transparentes de cooperación podrían demostrar que la tauromaquia sabe convertir sus valores tradicionales en hechos concretos. No se trataría de utilizar la tragedia para defender la fiesta ni de convertir la ayuda en propaganda taurina. Sería precisamente lo contrario: demostrar que una tradición puede ponerse al servicio de la sociedad cuando la sociedad la necesita.
Porque la solidaridad verdadera no necesita micrófono. Necesita manos. No necesita protagonismo. Necesita organización. No necesita discursos grandilocuentes. Necesita que una ayuda llegue a tiempo. Y ahí aparece una de las grandes diferencias entre la solidaridad auténtica y la utilización política de la tragedia. La primera coloca a la víctima en el centro; la segunda puede terminar colocando en el centro a quien pretende capitalizar el dolor. Esa frontera es delicada, pero absolutamente necesaria. Una fotografía puede mostrar solidaridad; una acción sostenida la demuestra. Una declaración puede expresar preocupación; una ayuda efectivamente entregada la convierte en realidad.
Es justamente en este punto donde la tragedia debería abrir también una reflexión incómoda sobre el comportamiento político. Colombia vive desde hace años una creciente dificultad para discutir sin convertir cada diferencia en una batalla moral. La política dejó de ser, muchas veces, el espacio para confrontar ideas y comenzó a convertirse en una competencia por demostrar quién tiene la superioridad ética, quién posee la verdad absoluta y quién puede atribuir al adversario la responsabilidad de prácticamente todos los males del país. El resultado es una sociedad cansada, desconfiada y cada vez más dividida, en la que incluso una calamidad natural corre el riesgo de convertirse en otra munición para la confrontación.
Ese es un peligro mucho más profundo de lo que parece. Una tragedia nacional debería producir primero compasión, coordinación y sentido de responsabilidad. Después vendrán las preguntas legítimas: si hubo fallas, quién debe responder, cómo se utilizaron los recursos, qué funcionó, qué no funcionó y qué debe corregirse. En una democracia madura, esas preguntas son indispensables. La oposición tiene el deber de fiscalizar; el Gobierno tiene la obligación de responder; las autoridades deben rendir cuentas y los ciudadanos tienen derecho a exigir transparencia. Pero una cosa es ejercer control democrático y otra muy diferente es convertir el sufrimiento en escenario de protagonismo. La tragedia no puede ser un ruedo en el que algunos busquen demostrar que siempre tuvieron razón.
La psicología ofrece conceptos interesantes para comprender esta clase de comportamientos, aunque sería irresponsable convertirlos en diagnósticos aplicados desde la distancia a personas determinadas. El trastorno narcisista de la personalidad, por ejemplo, es una condición clínica específica y no simplemente una palabra para describir a alguien egocéntrico; entre sus características se encuentran patrones persistentes de grandiosidad, necesidad de admiración y dificultades con la empatía. Del mismo modo, existen conceptos como el narcisismo colectivo, mediante el cual el individuo puede llegar a fundir su identidad y autoestima con la grandeza de un grupo, percibiendo cualquier cuestionamiento a ese grupo como una agresión personal. Trasladado al terreno político, el concepto resulta particularmente inquietante: cuando la causa propia se vuelve moralmente incuestionable, el sufrimiento del otro puede terminar siendo considerado menos importante simplemente porque pertenece al supuesto bando contrario.
También aparecen otros mecanismos cognitivos que merecen atención. El sesgo de autoservicio lleva a las personas a atribuirse con mayor facilidad los éxitos y a buscar explicaciones externas para sus errores. La disonancia cognitiva puede llevar a defender una posición incluso cuando aparecen hechos que obligarían a revisarla, porque reconocer el error resulta psicológicamente más costoso que modificar el relato. Y el conocido efecto Dunning-Kruger, descrito por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, recuerda que una persona con conocimientos limitados en un determinado campo puede sobreestimar su propia competencia y tener dificultades para reconocer precisamente aquello que desconoce. En una emergencia compleja, esta última advertencia debería ser tomada muy en serio: la seguridad con que alguien habla no constituye una prueba de que sabe de lo que está hablando.
Colombia necesita, por eso, menos arrogancia y más conocimiento; menos gritos y más coordinación; menos búsqueda de culpables inmediatos y más capacidad para establecer hechos. Una emergencia no se resuelve a punta de consignas. Se resuelve con ingenieros, geólogos, médicos, socorristas, bomberos, Fuerza Pública, autoridades locales, organismos de gestión del riesgo, trabajadores sociales, voluntarios y comunidades organizadas. Se resuelve con información confiable, logística, recursos y decisiones oportunas. La catástrofe exige humildad frente a la realidad, porque la naturaleza no negocia con nuestros discursos y mucho menos con nuestras convicciones políticas.
Hay además una enseñanza taurina extraordinariamente poderosa en todo esto: el torero conoce la importancia de los tiempos. No todo se resuelve citando inmediatamente. Hay momentos para avanzar y momentos para esperar; momentos para templar y momentos para ejecutar; momentos para entrar en acción y momentos en los que la prudencia es precisamente la forma más elevada del valor. La política también debería saber cuándo bajar el capote. No porque deba renunciar a sus convicciones, sino porque existen circunstancias en las que insistir en la confrontación demuestra una falta elemental de sentido del momento. Cuando hay ciudadanos sufriendo, la prioridad no puede ser quién gana la discusión. La prioridad debe ser quién consigue que la ayuda llegue.
Eso no significa pedirle silencio a la oposición ni inmunidad al Gobierno. Sería absurdo. Significa pedir algo mucho más difícil: responsabilidad. Un Gobierno que administra una emergencia debe ser vigilado, cuestionado y evaluado. Pero también necesita que las instituciones, los gremios y la sociedad civil cooperen para que la respuesta funcione. Una oposición responsable no renuncia a denunciar errores; evita, eso sí, que cada error se convierta automáticamente en una sentencia política antes de que existan hechos suficientes. Y un Gobierno responsable tampoco debería utilizar la solidaridad como una herramienta de propaganda ni interpretar toda crítica como conspiración. La grandeza institucional consiste en saber recibir la crítica sin convertir al crítico en enemigo.
Tal vez ahí esté una de las mayores enfermedades de la conversación pública colombiana: hemos ido reemplazando el argumento por la etiqueta, la evidencia por la sospecha y la deliberación por la descalificación. El adversario ya no es alguien que piensa diferente, sino alguien al que hay que destruir. El que cuestiona se convierte en enemigo. El que discrepa es sospechoso. El que pertenece a otro sector merece menos consideración. Esa lógica, llevada hasta sus últimas consecuencias, termina produciendo una sociedad incapaz de llorar junta. Y una sociedad que ya no sabe llorar junta corre el riesgo de no saber reconstruirse junta.
Por eso la tragedia del lunes debería convertirse en un llamado a todos los gremios colombianos. Al sector empresarial, a las organizaciones sociales, a los sindicatos, a las iglesias, a las universidades, a los medios, a los deportistas, a los artistas y, naturalmente, a la familia taurina. Cada uno puede aportar desde su capacidad. No todos tendrán dinero; algunos tendrán conocimiento, otros, infraestructura, otros contactos, otros, capacidad de movilización y otros simplemente voluntad. Pero todos pueden hacer algo. La solidaridad no consiste en que unos pocos hagan todo; consiste en que cada uno haga aquello que está en condiciones de hacer.
Y la familia taurina tiene, en este momento, una magnífica oportunidad de demostrar que su concepto de honor no termina cuando termina la faena. Si el ruedo enseña que hay que afrontar la adversidad con serenidad, que el miedo no puede gobernar los movimientos y que la dignidad se demuestra precisamente en los momentos de mayor presión, entonces esas mismas enseñanzas pueden llevarse a la vida cotidiana. El ganadero que aporta, el torero que participa, la peña que organiza, el empresario que abre una puerta, el periodista que difunde información responsable y el aficionado que contribuye están realizando, cada uno desde su lugar, una suerte de faena colectiva contra la desesperanza.
Porque quizá la pregunta más importante no sea qué puede hacer la tauromaquia para defenderse a sí misma en un momento como éste, sino qué puede hacer por Colombia. Esa diferencia cambia completamente el sentido de la conversación. Una fiesta que pretende conservar un lugar en la sociedad no puede limitarse a pedir comprensión para sí misma; también debe demostrar capacidad de comprender y servir a los demás. La solidaridad, cuando es auténtica, no pregunta qué recibirá a cambio.
Y hay algo más: la solidaridad también necesita silencio. Hay ayudas que pierden parte de su dignidad cuando quien las entrega necesita anunciar permanentemente que las entregó. En momentos de dolor, el ego debería ocupar el último lugar. La grandeza está en ayudar sin apropiarse de la tragedia. Está en acompañar sin utilizar al acompañado. Está en servir sin convertir el servicio en una plataforma personal. En eso también existe una profunda coincidencia con la tauromaquia clásica: la verdadera elegancia no consiste en hacer más ruido, sino en ejecutar con precisión aquello que debe hacerse.
Colombia tendrá tiempo para discutir sus gobiernos, sus oposiciones, sus errores, sus políticas y sus responsabilidades. Tendrá tiempo para investigar, cuestionar, exigir explicaciones y tomar decisiones democráticas. Pero las familias que hoy necesitan recuperar la normalidad no pueden esperar a que termine la pelea política. La reconstrucción humana no puede quedar subordinada a la reconstrucción de una narrativa partidista.
Quizá el terremoto nos haya dejado, además del daño material, una imagen poderosa: todos los seres humanos estamos mucho más cerca de la vulnerabilidad de lo que creemos. Basta un instante para que las certezas se quiebren, para que una casa deje de ser refugio y para que aquello que parecía permanente revele su fragilidad. Frente a esa realidad, resulta casi absurdo gastar las mejores energías nacionales en demostrar quién es superior moralmente al otro.
El país necesita otra cosa. Necesita templanza. Necesita coraje. Necesita respeto. Necesita generosidad. Necesita instituciones que funcionen. Necesita ciudadanos que colaboren. Y necesita dirigentes capaces de comprender que hay momentos en los que el protagonismo personal debe hacerse a un lado para que aparezca el verdadero protagonista: el ciudadano que necesita ayuda.
En el ruedo, después de una faena, llega un momento en que el torero queda solo frente al resultado de sus decisiones. No sirven las excusas. No sirve atribuirle al toro lo que fue error propio. No sirve convencer al tendido de que hubo una gran faena si la realidad demostró lo contrario. Al final, la verdad del ruedo termina imponiéndose.
Con las naciones ocurre algo parecido. Cuando pase la emergencia, cuando desaparezcan las cámaras, cuando los titulares cambien y la discusión política encuentre un nuevo motivo de confrontación, quedará la pregunta esencial: ¿qué hicimos cuando Colombia necesitó de nosotros?
La familia taurina puede hacer que la respuesta sea digna. Puede demostrar que el valor también es solidaridad; que la entrega también significa servir; que el honor también consiste en acompañar al que sufre; que la elegancia también puede ser la capacidad de actuar sin estridencias; y que la lealtad más importante no siempre es hacia una bandera política o una causa particular, sino hacia la dignidad humana.
Colombia no necesita ahora más trincheras. Necesita puentes. No necesita más protagonistas. Necesita servidores. No necesita que todos pensemos igual. Necesita que, aun pensando distinto, seamos capaces de ayudarnos. El buen torero no puede escoger siempre el toro que sale por chiqueros. Lo que sí puede escoger es la manera de enfrentarlo. Colombia tampoco escogió esta tragedia. Pero sí puede decidir qué hacer con ella. Y éste puede ser el momento de hacer el gran quite nacional: no para derrotar al adversario, sino para impedir que el dolor termine derrotándonos a todos.






















