La novillada de feria en Lenguazaque se consolidó como un festejo de alto interés taurino, donde la calidad de los novillos de Mondoñedo permitió el lucimiento de los espadas, destacando el triunfo rotundo de Andrey Alonso “Manchas” y la actuación de José Luis Bohada, en una tarde de técnica, entrega y autenticidad.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – Fotos: Juan Pablo Garzón y Gerardo Márquez – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Lenguazaque – Colombia. La plaza de Lenguazaque, enclavada en la histórica tierra del Zaque, fue escenario de una novillada de feria que trascendió lo meramente festivo para convertirse en una auténtica lección de tauromaquia. La conjunción de una entrada considerable, un ambiente expectante y una climatología fresca, propicia para el esfuerzo físico del torero, generó el marco ideal para el desarrollo de un espectáculo donde la bravura, el temple y el conocimiento técnico fueron los ejes centrales.
Los novillos, con predominio de la divisa de Mondoñedo, evidenció una selección ganadera orientada hacia la nobleza y la funcionalidad en la lidia. Sin embargo, como es característico en la cabaña brava contemporánea, dicha nobleza se manifestó en ocasiones acompañada de limitaciones en la fuerza o cierta intermitencia en la casta, aspectos que exigieron de los actuantes una lectura precisa de cada embestida y una adaptación táctica permanente.
El primero de la tarde, de Mondoñedo, se desplazó con prontitud inicial, pero adoleció de falta de continuidad en la embestida, mostrando distracciones que condicionaron la faena. Joselito Gallo supo instrumentar un recibo capotero correcto, llevando al astado hacia los medios con criterio, lo que denota comprensión del terreno. Ya con la franela, el planteamiento inicial por bajo fue técnicamente acertado, buscando someter la cabeza del novillo y fijar su recorrido. Las tandas por el pitón derecho dejaron pasajes estimables en cuanto a trazo, aunque sin lograr una ligazón sostenida. Al natural, la faena adquirió un matiz más intimista, con muletazos de uno en uno, destacando la intención de pureza. El percance sufrido, un volteretón de cierta espectacularidad, puso a prueba la firmeza del novillero. No obstante, la ineficacia con los aceros, manifestada en reiterados intentos, diluyó el conjunto artístico, quedando todo en unas palmas cariñosas tras dos avisos.
El segundo, perteneciente a la dehesa de Suescún, presentó un fenotipo más liviano, con transmisión intermitente pero fondo de bravura. Eduardo Contreras apostó desde el inicio por un planteamiento de alto riesgo, recibiendo a portagayola y luego una larga cambiada que encendió los tendidos. El posterior manejo del capote, con verónicas templadas y bien acompasadas, evidenció gusto y seguridad. En la muleta, el novillero demostró inteligencia funcional: consciente de la limitación de fuerzas del astado, dosificó las tandas, ejecutándolas a media altura, evitando la brusquedad y favoreciendo la continuidad. Cada serie fue rematada con criterio, procurando siempre dejar al novillo en condiciones óptimas para la siguiente embestida. La faena, de corte técnico, no alcanzó mayores cotas por la espada, pero dejó constancia de un torero con capacidad de análisis y valor.
El punto de inflexión de la tarde llegó con el tercero de Mondoñedo, un novillo que reunió condiciones de bravura, prontitud y una embestida, aunque incierta por momentos, humillaba con repetición. Andrey Alonso “Manchas” entendió desde el primer momento las virtudes del ejemplar. Su saludo capotero fue un compendio de colocación y temple, destacando el adelantamiento de la pierna de salida y la conducción suave de la embestida. Pero fue en el tercio de banderillas donde el novillero marcó diferencias: ejecutó pares de poder a poder con reunión en la cara, ajustando terrenos y culminando con un par al violín de notable exposición, lo que conectó de inmediato con el público. Con la muleta, “Manchas” estructuró una faena de corte clásico, asentada en los principios fundamentales del toreo: cite frontal, carga de la suerte y temple en la ejecución. Cada tanda tuvo inicio, desarrollo y remate, logrando una ligazón que generó transmisión en los tendidos. Especial mención merecen los derechazos largos, de trazo profundo, así como los naturales ejecutados con suavidad, aprovechando la inercia del novillo. La culminación con manoletinas, ceñidas y de gran ajuste, elevó el tono emocional antes de una estocada ejecutada en la suerte natural, con pureza y eficacia. La concesión de una oreja, con petición mayoritaria de la segunda, fue reflejo de una actuación de alto nivel.
El cuarto, nuevamente de Mondoñedo, mantuvo la línea de bravura encastada, con mayor fijeza y clase en la embestida, a la postre el mejor de la tarde. José Luis Bohada, con una tauromaquia más reposada, planteó una lidia basada en la sobriedad. Su recibo capotero, rematado con una media verónica bien ejecutada, evidenció algo de técnica y ganas de depurarla. El gesto de invitar a Andrey Alonso “Manchas” al tercio de banderillas aportó un componente de compañerismo que enriqueció el espectáculo. Ya en la muleta, Bohada inició con pases por alto, buscando someter al astado, para luego desarrollar una faena que encontró su mejor expresión por el pitón derecho, donde logró muletazos templados y de buena factura. Por el izquierdo, las exigencias del novillo dificultaron la continuidad, lo que obligó a un planteamiento más breve. La estocada, efectiva, ligeramente desprendida y con travesía evidente, le valió una oreja que reconoció su labor.
El quinto de la tarde, de El Manzanal, supuso un cambio en la tónica del festejo. ejemplar de escasa movilidad, corto recorrido y limitada transmisión, exigía una lidia de proximidad extrema y recursos técnicos específicos. Laura Arandia asumió el compromiso con determinación, enfrentando no solo las condiciones adversas del astado, sino también una merma en la visibilidad por la luz decreciente. Su actuación, más allá de los resultados, evidenció aspectos relevantes: correcta monta y doma en sus caballos, manejo discreto de las distancias y una actitud de entrega que es fundamental en las primeras etapas formativas. Aunque el lucimiento fue imposible, su intervención dejó entrever potencial y vocación.
En términos generales, la novillada de Lenguazaque se erigió como un festejo de contenido técnico relevante, donde la interacción entre la bravura de los Mondoñedos y la capacidad de los astados generó una narrativa rica en matices. La presencia de novillos con fondo de casta permitió evaluar no solo el valor, sino también la capacidad de interpretación de los actuantes, evidenciando que el toreo contemporáneo exige cada vez mayor preparación y comprensión del comportamiento animal.
El triunfo de Andrey Alonso “Manchas” no solo se sustenta en los trofeos obtenidos, sino en la coherencia de su planteamiento y la pureza de su ejecución. Por su parte, Bohada va en un camino que lo puede llevar a una seria carrera, mucho camino queda, pero si se lo propone lo logrará. El resto del cartel, aun sin cortar trofeos, contribuyó a dignificar el espectáculo, mostrando que la tauromaquia es, ante todo, una suma de esfuerzos donde cada intervención aporta al resultado global.
Lenguazaque, una vez más, respondió como plaza seria, entendida y exigente. La ovación al arrastre de varios ejemplares de Mondoñedo no fue un gesto menor, sino el reconocimiento a una ganadería que apuesta por la bravura como eje fundamental. En tiempos donde la continuidad de la fiesta enfrenta múltiples desafíos, tardes como esta reafirman que el toreo, cuando se ejecuta con verdad, sigue siendo una manifestación cultural de profundo arraigo y significado.





















