Antonio, Te Quiero una ‘Jartá’

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El ingenio de Antonio Ferrera logra su cuarta Puerta Grande en Madrid con exigentes ‘Adolfos’, que hirieron a Ureña

Redacción:  Ismael Del Prado

La mente. Esa mente de Antonio Ferrera. Indescifrable. Esa, que cuando el torero nacido en Ibiza, se queda parado un par de segundos, quieto, pensando, elucubrando, tramando algo que perpetrar… Es para ni parpadear. Porque algo se cuece. Bien sea cuajando al natural a cámara lenta y por ambos pitones al cuarto, picando al sexto o haciendo la suerte suprema a ambos perfilándose a 15 metros de distancia. Inspiración pura, también se explayó con el capote. Sucedió toda la tarde y acabó con el extremeño en hombros. Cuarta Puerta Grande en Madrid. Fue con una corrida de Adolfo Martín muy seria, astifina en grado extremo, prácticamente todos rascando con las puntas el cielo. Si el encierro de origen Albaserrada fue exigente por fuera, aún más lo fue por dentro. Imposibles la primera mitad y el quinto, tan sólo cuarto y sexto, más nobles y repetidores, aunque tampoco permitieron el más mínimo error, ofrecieron opciones. Ferrera, que hasta toreó con cierto desmayo a ambos por momentos, aprovechó a ambos con su ingenio. Mente privilegiada y capacidad.

La cruz de la tarde, otro San Isidro más, fue para Paco Ureña. Qué dura la carrera del murciano, que lo bordó a la verónica en el tercero antes de que este “Peluquero“ se acostara en el viaje y, certero, le abriera el muslo como un libro. Una cornada de dos trayectorias de 20 y 10 centímetros que no le impidieron seguir toreando, acabar con su oponente y todo hombría enfilar el camino de la enfermería entre aplausos. También le pidió el carné su lote a Manuel Escribano. Entrega absoluta del sevillano en todos los tercios, yéndose a chiqueros dos veces, banderilleando y con dos faenas impecables en técnica y oficio, pero estériles de lucimiento por lo que tenía delante: un segundo tan orientado como reservón y un quinto que humilló tanto como poco recorrido tuvo, reponiendo lo suyo.

Así hemos narrado la tarde toro a toro:

Esfuerzo baldío de Ferrera con un “Adolfo” orientado y con peligro

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Con kilos, alzada, grande y hondo, bastote, muy abierto de sienes y mostrando las palas, rompió plaza un animal cinqueño, con expresión de toro con edad. No se pudo estirar Antonio Ferrera en el recibo, sobre los pies, muy a favor del toro, que remató en los burladeros hasta el punto de levantar las maderas de uno de ellos con una facilidad pasmosa. El de Adolfo midió mucho en toda su lidia, andando siempre. Se dejó pegar en varas y complicó mucho a las cuadrillas en banderillas: esperando y venciéndose por dentro después. Hasta un torero de plata con 6 milis en el zurrón, como Ángel Otero, sudó tinta china para lidiarlo. Ferrera planteó luego la faena más allá de las dos rayas apostando por el pitón derecho. El menos peligroso, que no el mejor, porque también tenía guasa por ahí. Siempre engallado, siempre desafiante, sin descolgar un ápice. Reponía en la franela del extremeño, incluso, orientado, se frenaba a mitad de la embestida. Pese a todo, le pudo robar dos tandas de enorme mérito pero nula repercusión arriba en la piedra. Por el izquierdo, Ferrera, también se puso y mostró que no tenía ni uno. Sin embroque siquiera. Una joya. Tras tres pinchazos, lo mató de estocada baja.

Entrega en todos los tercios de Escribano con el “marrajo” segundo

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Fiel a su liturgia, Manuel Escribano se fue a chiqueros a esperar al segundo. Libró bien el trance, pese a que el toro salió hacia la izquierda y luego se frenó justo antes del embroque. Alto de agujas, con las puntas haciendo cosquillas al mismo cielo, astifino desde la mazorca, muy ofensivo de cara, vareado y musculado. Repitió en los briosos lances a la verónica del sevillano, que se hizo ovacionar. El Albaserrada tuvo prontitud en el peto, cierto, pero luego no se empleó, se dejó pegar y salió suelto en cuanto pudo. Dos buenas varas, cabales y en el sitio, de Juan Peña. Apretó de lo lindo a Escribano en banderillas en un tercio -de cuatro pares- con muchas facultades, pero desigual fortuna, por las complicaciones del burel, pendiente de todo, reservón y con una viveza que aterraba casi más que sus dos interminables velas. Con semejante materia prima, Escribano lo probó e intentó ligarle los muletazos, algo que logró, todo un éxito, porque el animal era de hule. Una radiografía milimétrica y calculada de arriba a abajo antes de cada pase. Sobre las las manos siempre, se frenaba antes de llegar al embroque. Y luego rebañaba siempre al final. Por supuesto, de humillar ni hablamos. Siempre con la cara por encima del estaquillador. Peligro muy evidente, por mucho que Escribano se pusiera como si fuera bueno o le tratara de cambiar el pitón en cada tanda para que no aprendiera el resto del Cossío que ya se traía aprendidas de Cáceres el animal. Una utopía que aquello tomara vuelo. Lo mató de estocada desprendida.

Paco Ureña, herido por un tercero que rebañó mucho en la muleta

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Casi cornipaso, de poco perfil, enseñaba las palas -dos alfileres, por cierto- el enfibrado tercero, de lomo quebrado, que se deslizó en el percal de Paco Ureña, que le enjaretó un cadencioso ramillete de verónicas, muy hundido y abierto el compás. Notables lances. Humilló más que sus predecesores en esos primeros tercios. Buena primera vara de Richi Romero. Pero, cambió el toro en banderillas y, muleta en mano Ureña, el animal dejó de emplearse. Cada vez más agarrado al piso, sin entrega y rebañando una barbaridad. Fruto de ello, cuando toreaba el de Lorca con la diestra, consciente el animal de lo que dejaba detrás, lanzó un derrote seco y lo prendió. Al caer sobre el testud, el cárdeno volvió a lanzarle otro pitonazo y lo hirió claramente en el muslo. Se le atisbaban dos manchas de sangre, posibles cornadas. Pese a ello, volvió a la cara y le pegó una tanda más visiblemente mermado, antes de una estocada corta. Efectiva. Saludó una ovación camino de la enfermería por su propio pie. Quiso salir en el sexto, pero el equipo médico del doctor Garcia Padrós se opuso y le durmió para operarlo.

Oreja para el toreo al natural, con ambas manos y abandonado, de Ferrera en un cuarto con virtudes

 

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Ferrera con la oreja. Olmedo

El cuarto, como el primero, fue un toro fuerte, con cuajo, engatillado de cuerna, con la seriedad de la vuelta del pitón. A favor del toro, ahormando su embestida, el saludo capotero de Ferrera. Cumplió en varas el astado. Enorme tercio de Ángel Otero, todo exposición, que se asomó al balcón en los dos pares. Se desmonteró. El pacense comenzó sin preámbulos al natural cerca de los tableros y le pegó una tanda excelente. De cartel, varios de ellos. Este “Albaserrada” era otra película. Porque tuvo fijeza, celo e incluso cierta profundidad. Aunque no siempre humilló, a su altura, el extremeño logró ligar las series e incluso, cada vez más relajado, hasta abandonarse. Hubo una tanda magnífica, desmayado, con los hombros caídos, llena de hondura y temple. Al ralentí, algunos naturales. Tanto con la zurda como con la diestra, porque arrojó la ayuda y lo siguió cuajando por ambos pitones. Muleta al hombro, tomó distancia tras coger coger al acero y citö desde muy lejos. Diez, tal vez doce, metros. Para hacer la suerte suprema desde lejos. Pinchó. Pero le cambió la suerte y, esta vez sí, hundió el acero hasta la yema. Fulminante, rodó sin puntilla. Oreja de ley.

Esfuerzo de Manuel Escribano, técnica y solvencia con un quinto que humilló sin recorrido

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Volvió a irse a chiqueros Escribano para saludar al quinto. Interminables segundos. De Lexatin. Con el toro parado, enterándose, en la misma bocana de chiqueros. Libró con solvencia el momento. Nada sencillo. Toreó después a la verónica, la media superior, al de Adolfo Martín, largo, algo zancudo, con hocico de rata y veleto de cuerna. Empujó en el caballo, donde recibió mucho y trasero. Escribano tomó las farpas y cuajó un tercio de banderillas mucho más notable. En una moneda los tres pares, llegando mucho al toro en los dos primeros y exponiendo lo suyo en el tercero, al quiebro y al violín. Tras un comienzo de tanteo, se lo sacó a los medios. Allí, le ofreció la pañosa con la zurda y se vio el exiguo recorrido del toro, que no quería pasar. Seguramente humilló más que cualquiera de sus hermanos, pero lo hizo siempre con el freno de mano echado, reservón, muy remiso e incluso queriendo defenderse. Complejo para ligar, El de Gerena logró robarle los muletazos, limpios, muy pulcro, pero sin eco alguno en el tendido. También por la derecha, donde el toro, tampoco mejoró. Trasteo sin mácula en la técnica, tan solvente, que hasta pareció verse cómodo en ese sorbí de pura lija a Escribano. La obra jamás caló en el tendido. Lo mató de pinchazo y estocada.

Oreja para la inspiración y capacidad de Ferrera, que hasta picó a un sexto noble, pero de media embestida

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Amplio de cuna, también mostraba las palas el sexto, uno de Adolfo largo y más despegado de tierra, al que recibió con variedad Ferrera. Verónicas, delantales, alguna chicuelina y la media de remate. Se movió el cárdeno en su lidia, que comenzó con sorpresa. Paró Ferrera al picador y subió al jaco, agarró la vara y picö al “Albaserrada”. Hasta tres veces acudió al peto arrancándose con más alegría que posterior pelea. Buena vara, en el sitio, la última. Tras ella, se bajó de la montura a toda prisa, trincó su capote azul y le sopló un angosto quite por chicuelinas. El tendido, convertido en pleno manicomio. Cundió más la locura todavía cuando el presidente no cambiaba el tercio. Nadie lo entendía. Llamadas, gestos y aspavientos que parecían querer ajustar cuentas reglamento en mano, como queriendo decir que debía ser el varilarguero quien picara. Al final, dio la venia. Tras el tercio de banderillas, donde también fue pronto el burel, Ferrera lo toreó de muleta en los terrenos de Sol. Tuvo nobleza el toro, aunque como el resto de sus hermanos, no admitió el mínimo error. Pesaba y, claro, todo tenía importancia. El pacense estuvo inteligente y, conocedor de los registros del público, aprovechó la media arrancada del toro, que, sobre todo, repetía. Le ganó un paso siempre entre cada muletazo y componiendo mucho la figura, sobre todo, a partir del embroque, llegó mucho al tendido. Los remates por bajo y los de pecho, muy jaleados. Vendiendo todo mucho Ferrera. Como también lo hizo con la suerte suprema. Con su sello de nuevo. De nuevo, otorgándole mucho sitio al toro, dejándose ver y andándole con torería hasta montar el acero a varios metros de distancia. Eso si, esta vez, con el astado en la misma boca de riego y él, cerca de tablas, regalándole todas las ventajas al toro. Hubo estocada, pero muy suelta y escupió en cuestión de segundos la tizona. Necesitó de un golpe de cruceta, certero, y asomaron los pañuelos. Oreja y Puerta Grande. La cuarta en su esportón.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Vigesimoprimera de la Feria de San Isidro 2026. No hay billetes.

Toros de Adolfo Martín. El 1º, siempre midiendo y andando, orientado y reponiendo por el derecho, sin embroque por el izquierdo; el 2º, reservón, orientado y con peligro, frenado y sin entrega; el 3º humilló en los primeros tercios, pero se orientó mucho en la muleta, reponiendo y rebañando lo suyo; el 4º, con fijeza, a su altura, tuvo celo y cierta profundidad, importante; el 5º humilló sin recorrido, tobillero; y el 6º, noble y con buen fondo, repetidor, aunque le faltó mayor recorrido.

Antonio Ferrera, de blanco y oro: silencio, oreja y oreja en el que lidió por Ureña.

Manuel Escribano, de negro y oro: silencio y silencio tras aviso.

Paco Ureña, de rosa y oro: ovación y herido.

Incidencias: En el cuarto, se desmonteró Ángel Otero en banderillas.

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