Cáceres: La Cantera Respondió

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La apertura de la Feria Taurina de Cáceres no solo devolvió la novillada a la Era de los Mártires después de más de una década; también dejó una sensación poco habitual en los tiempos actuales: la de asistir a un festejo con argumentos sólidos tanto en el encierro como en los espadas. Hubo emoción, concepto, oficio y verdad. Los novillos de Antonio Rubio Macandro ofrecieron matices suficientes para medir la capacidad de los actuantes, mientras Tomás Bastos, Darío Romero y David Gutiérrez demostraron que detrás de la ilusión existe preparación, personalidad y hambre de figura.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La primera de abono de Cáceres terminó siendo mucho más que una simple novillada de feria. Fue una declaración de intenciones. En una época donde muchas veces el espectáculo taurino se consume con prisas y titulares inmediatos, la tarde cacereña dejó un mensaje profundo: la tauromaquia sigue teniendo futuro cuando coinciden materia prima, ambición y autenticidad.

El regreso de las novilladas a Cáceres después de once años obligaba a una responsabilidad añadida. No era una tarde cualquiera. Había demasiadas expectativas acumuladas, demasiada necesidad de demostrar que la cantera sigue viva y que las plazas de segunda categoría aún pueden convertirse en escenarios donde se construye el porvenir del toreo. Y precisamente ahí estuvo el gran mérito del festejo: en que ninguno de los protagonistas rehuyó el compromiso.

La novillada de Antonio Rubio Macandro, con sus contrastes, ofreció lectura taurina. No fue un envío cómodo ni uniforme, y eso terminó beneficiando el análisis serio de la tarde. Hubo novillos con movilidad, otros con nobleza y algunos con evidente falta de raza y fijeza. Pero incluso los menos propicios exigieron recursos técnicos y mentalidad. La corrida no regaló triunfos; obligó a construirlos.

Desde el primero, “Avaricioso”, quedó claro que la tarde iba a desarrollarse sobre parámetros de exigencia. Tomás Bastos entendió rápidamente que no estaba delante de un novillo para el lucimiento fácil. Las embestidas irregulares exigían firmeza de plantas y temple corto, y el portugués respondió con oficio impropio de su edad. Más allá de la ovación final, lo importante fue la sensación de torero cuajado que transmitió durante varios pasajes de la lidia. Bastos no buscó únicamente el aplauso superficial; intentó gobernar la embestida desde la colocación y el gobierno de los tiempos. Eso es síntoma inequívoco de madurez.

La actuación del luso terminó teniendo todavía más peso en el cuarto de la tarde, un ejemplar completamente deslucido y sin apenas intención de pelea. Ahí apareció el novillero que está cerca de tomar la alternativa. Porque cuando no existe transmisión natural desde el animal, el torero queda desnudo ante el tendido. Bastos optó por la única vía posible: reducir distancias, sujetar la atención del novillo y fabricar una lidia basada en el mando y la inteligencia. Fue una actuación de mérito silencioso, de esas que los aficionados más serios valoran incluso por encima de las orejas.

Darío Romero representó el componente emocional de la tarde. Torear en casa puede convertirse en una losa o en un impulso, y el cacereño eligió convertirlo en combustible anímico. Su primero fue posiblemente el novillo con mejores condiciones globales del encierro: clase, humillación y recorrido. Y Darío supo aprovecharlo con naturalidad y buen sentido de la distancia. Hubo expresión en el manejo del capote y también una intención clara de interpretar el toreo desde la reunión y la entrega.

Sin embargo, el verdadero valor de su actuación apareció en el quinto. Allí no había tanto motor ni tanta claridad en la embestida. El novillo se vino abajo progresivamente y obligó al espada a medir muy bien los tiempos. Darío entendió algo fundamental que solo descubren los toreros con cabeza: insistir de más puede destruir una faena. Por eso eligió el momento exacto para entrar a matar y aseguró un trofeo que premió más la capacidad de entender la condición del animal que el mero efectismo. Esa oreja tuvo un trasfondo técnico importante.

Y después apareció David Gutiérrez para firmar el golpe de autoridad de la feria. Su debut en Cáceres terminó convertido en un acontecimiento emocional para Montánchez y en una carta de presentación de enorme peso para el escalafón novilleril. Pero reducir su triunfo a las tres orejas sería injusto. Lo verdaderamente relevante fue el concepto que dejó sobre la arena.

Desde el capote se le vio asentado, seguro y con intuición para entender las distancias. A “Mes de enero” lo toreó con gusto y sentido del ritmo, destacando especialmente la colocación en el caballo y la lectura de los terrenos. No fue una faena atropellada ni basada únicamente en el entusiasmo juvenil; tuvo estructura y criterio. El brindis a su padre terminó de convertir la actuación en una escena profundamente humana que conectó con la plaza desde la verdad.

El sexto confirmó definitivamente su dimensión anímica. David salió decidido a jugarse la tarde y asumió riesgos reales. El percance sufrido durante la faena pudo haber enfriado cualquier aspiración, pero reaccionó con determinación, retomando el mando del trasteo y apostando incluso por pases de enorme exposición. Esa capacidad de rehacerse instantáneamente tras verse volteado suele marcar diferencias importantes en los toreros llamados a crecer.

La Puerta Grande fue consecuencia lógica de una actuación rotunda, pero también del ambiente emocional que envolvió toda la tarde. Cáceres necesitaba volver a sentirse plaza viva, plaza con futuro, plaza capaz de ilusionarse con sus jóvenes valores. Y eso fue precisamente lo que ocurrió.

Otro aspecto que elevó la categoría moral del festejo fue el contexto humano vivido antes del inicio. El respetuoso minuto de silencio por Héctor Rincón Blanco otorgó al comienzo de la tarde una solemnidad especial. La tauromaquia, tantas veces juzgada únicamente desde fuera, volvió a mostrar esa dimensión ritual y comunitaria que la convierte en un fenómeno cultural profundamente arraigado a la emoción colectiva.

También resultó significativa la presencia de toreros como Emilio de Justo y Julio Méndez en el callejón. No solo aportaron relevancia institucional al festejo; simbolizaron además el puente entre generaciones. Porque las figuras consolidadas observaban a quienes intentan abrirse camino exactamente donde ellos comenzaron.

La primera de abono de Cáceres dejó, en definitiva, una conclusión muy concreta: hay argumentos. Los hubo en varios novillos de Macandro, con movilidad, transmisión y distintas complejidades; y los hubo, sobre todo, en tres novilleros que ofrecieron personalidad propia. Bastos expuso oficio y solvencia, Darío Romero demostró sensibilidad y madurez, y David Gutiérrez irrumpió con ambición y capacidad de conmover.

Cuando una novillada consigue que el aficionado salga hablando de conceptos, de evolución y de futuro, la tarde trasciende el simple balance de trofeos. Eso fue exactamente lo que ocurrió en la Era de los Mártires. Cáceres no solo abrió su feria; abrió también una puerta de esperanza para la tauromaquia joven.

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