La novena de la Feria de San Isidro 2026 en la Plaza de Toros de Las Ventas confirmó el gran momento de la ganadería de Ganadería Fuente Ymbro, que lidió un encierro serio, encastado y con emoción, ante una plaza llena con el cartel de “No hay localidades”. Miguel Ángel Perera dejó muestras de mando y técnica, Paco Ureña destacó por su entrega y valor frente a toros exigentes, mientras Fernando Adrián volvió a conectar con Madrid gracias a su firmeza y capacidad de someter las embestidas más complejas. El viento, la dificultad del encierro y los fallos con la espada evitaron los trofeos, pero la tarde quedó marcada por la autenticidad, la emoción y el alto contenido taurino.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La novena cita de la Feria de San Isidro 2026 volvió a demostrar por qué Madrid continúa siendo el gran termómetro del toreo contemporáneo. No bastó con llenar los tendidos de la monumental madrileña; hacía falta contenido, emoción y verdad en el ruedo. Y todo eso apareció gracias a una corrida de Fuente Ymbro que, sin alcanzar la rotundidad de los grandes triunfos ganaderos, sí dejó el poso profundo de las corridas importantes: aquellas que obligan a pensar, medir distancias, corregir terrenos y someter embestidas con cabeza y valor.
El encierro de Ricardo Gallardo tuvo el sello reconocible de la casa: seriedad en las caras, toros armados, finos de hechuras y con un comportamiento nada sencillo de descifrar. Ninguno regaló nada. Todos pidieron colocación, toque preciso y gobierno firme. Hubo movilidad, transmisión y emoción, pero casi nunca entrega completa. Precisamente ahí residió el interés de la corrida: en la necesidad permanente de poderle al toro.
La tarde arrancó con “Vinazo”, un primero que nunca terminó de humillar con claridad, aunque sí dejó ver un fondo de movilidad que exigía autoridad absoluta. Miguel Ángel Perera entendió pronto que el animal prefería las distancias cortas y planteó una labor de mando, intentando sujetar una embestida siempre condicionada por el viento y por la tendencia del toro a protestar cuando se le perdía la colocación exacta. Hubo muletazos de enorme mérito sobre la diestra, largos y mandones, pero el toro se fue quedando más incierto conforme avanzaba la faena. Madrid valoró el esfuerzo silencioso del extremeño, aunque la espada volvió a diluir cualquier opción de reconocimiento mayor.
La corrida ganó temperatura con el segundo, “Infortunado”, un toro encastado y con emoción que encontró en Paco Ureña a un torero dispuesto a asumir riesgos desde el planteamiento mismo. El murciano apostó por someterlo en los terrenos paralelos a tablas, allí donde el animal tenía más recorrido y sinceridad. La clave técnica de la faena estuvo en entender que el toro exigía muletazos por abajo y mando continuo, pues cualquier cite por arriba descomponía su viaje. Ureña dejó momentos de enorme pureza, especialmente cuando se cruzó al pitón contrario y expuso el pecho en terrenos comprometidos. No fue una labor de estética fácil ni de ligazón complaciente; fue una faena áspera, poderosa y profundamente madrileña. La ovación posterior reconoció precisamente eso: el valor de haberse quedado donde otros habrían optado por aliviar.
Pero quizá el toro con mayores opciones del envío fue “Adulador”, tercero de la tarde, un ejemplar bravo pese a sus problemas de manos. Ahí emergió con fuerza la figura de Fernando Adrián, que volvió a conectar con los tendidos venteños desde la firmeza y la determinación. Supo medir las series, no excederse y mantener siempre la muleta en la cara del animal. Cuando logró llevarlo toreado al natural, especialmente en una tanda de mano baja y trazo largo en el tercio, la plaza rugió entendiendo que allí sí había profundidad y sometimiento verdadero. La división de opiniones que suele acompañar a Adrián volvió a hacerse presente, pero también quedó claro que el madrileño atraviesa un momento de madurez importante, capaz de sostener la presión ambiental y técnica de Madrid. El pinchazo previo a la estocada volvió a enfriar una posible vuelta al ruedo de mayor fuerza.
La segunda mitad del festejo confirmó el tono general de la corrida: toros con matices, con opciones y también con limitaciones muy concretas. “Trasmallo”, cuarto de la tarde, tuvo menos transmisión que sus hermanos, aunque conservó nobleza y recorrido suficiente para que Perera dejara pasajes de buen toreo diestro, especialmente en los primeros compases de las series. Sin embargo, el toro se apagaba rápidamente y obligaba a reiniciar constantemente la faena. La falta de continuidad terminó pesando demasiado.
Mucho más contenido tuvo “Laminado”, quinto de la función, probablemente el ejemplar de clase más definida del encierro. Humillador, con calidad y queriendo siempre coger la muleta por abajo, exigía, no obstante, inercia y largura entre pase y pase. Ahí faltó quizá un punto de acople mayor entre toro y torero. Paco Ureña volvió a mostrarse firme y entregado, pero el animal pedía una estructura más ligada y dinámica para romper definitivamente hacia adelante. La sensación que quedó fue la de un toro importante al que le faltó una faena totalmente compacta para alcanzar vuelo grande.
La emoción final llegó con el accidentado sexto turno. “Organillero” dejó ver codicia y bravura antes de ser devuelto por sus problemas de coordinación, dando paso al imponente sobrero “Levantisco”, un auténtico “tío”, cuajado y de enorme presencia. El sobrero tuvo una condición muy marcada por la querencia a tablas, circunstancia que condicionó totalmente la lidia. Fernando Adrián comprendió rápido que el toro funcionaba mejor a favor de esos terrenos y consiguió allí muletazos de enorme mérito y gobierno. Cuando intentó desplazarlo hacia el centro, apareció la verdadera cara del animal: viajes más cortos, parones y una embestida mucho más incierta. Fue una faena de inteligencia y aguante, de las que obligan al torero a quedarse a merced del toro varias veces sin perder jamás la compostura.
Más allá del resultado estadístico, la corrida dejó un mensaje muy claro: Fuente Ymbro mantiene intacta su capacidad para sostener corridas de interés en plazas de máxima responsabilidad. No fue un encierro de triunfalismo fácil ni de embestidas dulcificadas; fue una corrida para toreros preparados, cuadrillas solventes y una afición que sabe distinguir entre el mero lucimiento y el mérito auténtico.
También las cuadrillas aportaron contenido a una tarde de enorme exigencia. El gran tercio de banderillas de Ángel Otero al tercero levantó a la plaza, mientras Daniel Duarte y Vicente Herrera rubricaron una actuación completísima frente al cuarto. Hubo profesionalidad, oficio y sentido de lidia durante toda la función.
La corrida tuvo además un fuerte componente emocional con la presencia de la divisa negra en recuerdo de Alfonso Vázquez, histórico mayoral de Fuente Ymbro fallecido recientemente. Ese detalle pareció envolver de solemnidad una tarde en la que el hierro gaditano volvió a demostrar que Madrid sigue siendo territorio donde el toro bravo, serio y exigente conserva toda su vigencia.
El “No hay localidades” no fue únicamente una señal de taquilla. Fue también la confirmación de que la afición sigue respondiendo cuando percibe autenticidad. Y esta novena de San Isidro, aun sin puertas grandes ni trofeos multitudinarios, dejó precisamente eso: autenticidad, emoción y una corrida que obligó a todos, toros, toreros y público, a hablar el lenguaje más puro y complejo del toreo.





















