Compromiso, Indolencia y Resistencia

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Debate abierto sobre el papel de las peñas taurinas: compromiso, indolencia y resistencia

La reciente publicación en el blog El toro, por los cuernos —difundida por EL PAÍS— ha reavivado un viejo debate: ¿son las peñas taurinas motores de la fiesta o simples espectadores ornamentales? El artículo cuestionaba que las asociaciones de aficionados se concentren en tertulias, galas y homenajes, mientras los empresarios deciden la temporada sin apenas crítica. La reacción no se hizo esperar: voces divididas entre quienes reclaman mayor implicación y quienes reivindican la labor silenciosa de estas agrupaciones.

Peñas como guardianas del territorio

Lope Morales, presidente de la Federación Taurina de Jaén, defiende con firmeza el papel de las peñas como puentes con los ayuntamientos. “Si no fuera por ellas, los toros solo se verían en Sevilla y Madrid”, asegura, recordando el caso de Martos, donde una peña con 150 socios lucha desde hace una década por recuperar los festejos. Morales denuncia que la actividad constante de las asociaciones queda eclipsada por “galas y homenajes convertidos en feria de vanidades”.

En la misma línea, Jorge Fajardo, presidente de la Unión de Federaciones Taurinas de Aficionados de España (UFTAE), subraya que muchas peñas trabajan en comisiones de ferias de novilladas y buscan influir en las empresas, aunque reconoce que el sistema taurino sigue siendo “cerrado y dominado por intereses económicos”.

Autocrítica y desencanto

No todos los dirigentes defienden a ultranza a las peñas. Isidoro Ruiz, presidente de la Peña Taurina de Tarazona de la Mancha, admite que “los primeros responsables de la situación actual somos los aficionados”, más preocupados por homenajes que por incidir en la temporada. Su peña, por ejemplo, ha reconocido a un solo torero en 37 ediciones de sus jornadas. “La gente no quiere complicarse la vida”, sentencia.

Agustín Colomar, de la Unión Taurina de Abonados de Valencia, habla de una “batalla perdida” frente a las instituciones y divide al público entre quienes buscan diversión y quienes se centran en lo que ocurre en el ruedo. “Somos muy pocos los que pretendemos ir más allá”, lamenta.

Entre la reivindicación y el cansancio

El Club Cocherito de Bilbao, con 800 socios, se define como reivindicativo. Su presidente, Javier Nebreda, reconoce que esa actitud les ha costado “algún disgusto” al exigir el toro de Bilbao y la presencia de determinados toreros. “Nos cansamos porque somos voces que claman en el desierto”, afirma, denunciando la sordera empresarial.

En Madrid, la Asociación El Toro, presidida por Carlos Rodríguez-Villa, se erige como un bastión de la exigencia. Sus socios publican crónicas, revistas y pancartas en Las Ventas para defender al toro íntegro y encastado. “Si la afición se mostrara exigente, constructiva y activa, nos iría a todos mucho mejor”, sostiene.

Un problema estructural

Más allá de las opiniones, todos coinciden en un diagnóstico común: la distancia entre aficionados y empresarios. Mientras las peñas reclaman voz en la configuración de los carteles, las empresas priorizan la rentabilidad. El resultado es un sistema que margina a los toreros emergentes y reduce la influencia de los colectivos locales.

Históricamente, las peñas taurinas han sido núcleos de resistencia cultural en pueblos y ciudades, organizando viajes, ferias menores y actividades educativas. En muchos casos, su labor ha permitido mantener viva la tradición frente a crisis económicas, cambios sociales y debates políticos sobre la tauromaquia. Sin embargo, la falta de coordinación nacional y la escasa capacidad de presión frente a las grandes empresas siguen siendo sus principales debilidades.

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