Aquellos Sesenta…

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Amanece, y España otra se abre a un mundo otro. Ambos a dos décadas de sus últimas hecatombes. Mundo cruzado ahora por una cortina. Polarizado por las potencias ganadoras, qué enfriaron la guerra, la globalizaron, la hicieron permanente, y no menos inhumana. Con ese mundo…, bueno, al menos con su “Occidente”, se reencuentra España. Qué, tras lustros de ensimismado luto restaña su devastación.

Se urbaniza el país, amaina la censura, la juventud se destapa y rebela; minifalda, bikini, Beatles, insolencia, sexo… Resurge la clase media, crecen demanda y producción… El turismo se dispara. La economía nacional sube a segunda en crecimiento mundial. España seduce. Y en ella, el toreo, espejo de los tiempos, es turbina. Reverdece su leyenda y sus formas. Un nuevo contingente lidiador, protagoniza, encanta, compite, llama, trae gente y plata contribuyendo al renacer. Hispanoamérica, el otro escenario, bien o mal sigue la corriente.

1963. Brillan en ambos ruedos, el valor imponente de Diego Puerta, la poderosa estética de Paco Camino, la liturgia solemne de S.M. El Viti. Juntos, pero incomparables; clásicos, pero distintos. Campean, rivalizan se toman los medios y el comando de la torería.

Entonces, el 25 de mayo, en la histórica Córdoba, salta la antítesis. Traída por “El Pipo”, talento nato del mercadeo. Manuel Benítez Pérez (“El Renco”), ahora “El Cordobés”, con doscientas novilladas, muchas cornadas y dos películas encima, toma la alternativa. Flor de fango, brotado del fondo de la tragedia social. Sintoniza con la insurgencia de la época, y se alza como bandera y fenómeno de masas.

Tanto, que apenas un año después, cuando confirma en Las Ventas, “no hay billetes”, pero sí televisión. Llueve, la corrida se retrasa. España paralizada lo espera. “Impulsivo” de Benítez Cubero, el de la ceremonia, le cornea grave finalizando la iconoclasta faena. Se lo llevan, no puede matar su toro, tampoco el otro… ¡Y le dan una oreja! Pero ahí queda eso. El drama visto por todos, televisado, noticiado, historiado, novelado, se añade a la ya torrentosa fama.

El de Palma del Río se suma opositor al triunvirato. Es torero potente, riesgoso, largo, peleón, sarcástico, sí. Hace el toreo veraz, también. Cómo los otros, no. Si lo hiciera sería otro de ellos, y yo soy uno, El Cordobés. –Con tal arrogancia, desmelenamiento, desparpajo, heterodoxia, magnetismo e irreverencia (lindante con el sacrilegio), reta todo y a todos. Especialmente a la “cátedra”. Cómo le dieron.

Los desplantes y exabruptos; ranas, boxeo, monta…, con que alardea su desmañado mando, evocan el acrobatismo tragicómico del toreo popular dieciochesco. Tocando esa profunda fibra evolutiva, enervando el imaginario colectivo. Más al juvenil, que se ve en él, y al neófito y al turístico, lábiles al arrojo y la espectacularidad. Tan auténtico en sí fue, que pese a ser fatigosamente imitado no tuvo ni tendrá sucesores válidos. De todas partes, confluyen a ver el torero más cosmopolita de la historia, y lo hacen el más caro.

Yo también, absorbido por los hechos. Aquel año inicié Medicina en la Universidad Nacional. Demandante sí, mucho, pero escapando acá y allá, iba tras las corridas, oyendo y leyendo relatores presenciales. Perdonen la autorreferencia. La traigo solo para respaldar el testimonio. La historia es menos falaz así, por quienes la vivieron, en el momento, en el acto, en el contexto. Alejándose de allí, la distorsión aumenta.

Lo vi primero en Medellín, corrida nocturna, el 15 de diciembre, y luego en Cali, el 27 su tremendo debut con Puerta grande, y sobre todo la tarde del 30 (superado), que aquí ha quedado como la de todos los tiempos. Era “la del toro” que reunió excepcionalmente a los cuatro nuevos grandes en un solo cartel: Puerta, Camino, El Viti y “El Cordobés”, con Manolo Zúñiga y “El Caracol”. Bravo encierro (Santacoloma), de González Piedrahita. Le cortaron ocho orejas y tres rabos. Apoteósis. Cumbre Camino con el cuarto, “Sangreazul”, como también lo había estado en San Isidro y todo ese año que fue suyo, seguido muy cerca en el predicamento y las estadísticas por los otros tres.

Año sin par, en el que también, como siempre, se criticó el toro “de las figuras”, pero en el que los empresarios, Jardón y Stuick, reivindicaron el de Madrid: “Donde se echa el más., donde se exige más, donde se devuelven todos los “cojos, donde solo quieren venir los que no tienen miedo, y donde las entradas son más baratas…” Dijeron. Se sabía.

Allá, en esa misma plaza rectora, donde el 30 de junio don Antonio Bienvenida, magistral, había terciado por los de antes, cortando tres orejas a toros de Núñez. Recordando sobre qué pasado se paraban los veinteañeros recién ungidos…

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