Don Luis Segura, figura esencial de la tauromaquia colombiana, novillero, ganadero, empresario y patriarca de una dinastía torera, falleció ayer 23 de enero de 2026. Su legado humano y taurino deja una huella imborrable en Villapinzón y en el mundo del toro bravo.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La tauromaquia colombiana amaneció de luto. Ayer, 23 de enero de 2026, entregó el alma Don Luis Segura, hombre cabal del toro, novillero de vocación, ganadero por instinto, empresario por visión y, sobre todo, ser humano de una calidad excepcional, de esos que no se aprenden en los libros ni se improvisan en los callejones: se nacen.
El peso de los años y las dolencias propias de una vida intensa, larga y vivida sin reservas, lo obligaron en sus últimos días a recluirse en una clínica, donde finalmente partió en silencio, con la misma discreción con la que siempre supo estar en segundo plano cuando otros brillaban en el ruedo. Se fue el hombre, pero queda el Maestro, queda el consejero, queda el recuerdo imborrable de su sonrisa franca y su palabra siempre oportuna.
Nacido en Villapinzón, tierra que lo vio crecer, emprender y soñar, don Luis Segura fue un conocedor profundo del toro bravo, poseedor de ese olfato fino que solo tienen quienes han vivido la fiesta desde dentro, desde la arena, desde el campo, desde la intimidad del tentadero y la observación paciente del comportamiento del animal. Sabía leer al toro como se leen los silencios: sin alzar la voz, pero con absoluta claridad.
Como novillero, dejó constancia de su esbeltez torera, de su manera elegante y sobria de estar frente al burel, entendiendo que el toreo no es imposición sino diálogo. Como ganadero, supo valorar la casta, la bravura y la nobleza, defendiendo siempre la integridad del toro como eje central de la fiesta. Y como empresario, fue generador de iniciativas, de plazas, de oportunidades, de sueños posibles para otros, contribuyendo al tejido económico y cultural de su región.

Pero si algo definió a don Luis Segura, más allá de los cargos y los títulos, fue su enorme e incondicional amabilidad. Hombre cercano, de trato fácil, de conversación picaresca y mirada viva, era habitual encontrarlo en el callejón, comentando la lidia con ese tono entre sabio y cómplice que solo tienen los verdaderos aficionados. Su gracia natural, su respeto por todos, figuras y modestos, y su disposición permanente a escuchar lo convirtieron en un referente querido y respetado.
Hablar de don Luis es hablar de dinastía. La Dinastía de los Segura no es solo un apellido: es una forma de entender el toreo como entrega total. Padre del matador Nelson, de Wilson y de Luis; abuelo del matador Leandro, heredero de esa sangre torera que se expresa con arte y valentía; tío y padrino querido, fue el eje alrededor del cual giraron generaciones de toreros que han dejado su vida, su verdad y su nombre en cada plaza.
Como bien lo expresó el sentido poema dedicado a su memoria, que hoy resuena con más fuerza que nunca, que suenen los clarines y toquen las trompetas, porque cuando un Segura pisa el ruedo, el toro sale con casta y el torero responde con valor. Capote, muleta y espada fueron siempre, para esta familia, armas de honor y compromiso, jamás de vanidad.
A sus hijos, Nelson, Wilson y Luis; a su nieto, el matador Leandro; a sus sobrinos Ricardo y Edgar Arandia; y a todos sus familiares, amigos y relacionados, llegan las más sentidas condolencias. También las expresadas por los portales taurinos www.enelcallejon.co y www.voyalostoros.com, que hoy pierden no solo a un colaborador cercano, sino a un referente humano y taurino.
Don Luis Segura hará mucha falta. Hará falta su consejo sereno, su risa franca, su mirada experta siguiendo la embestida, su manera de estar sin estorbar y de enseñar sin imponer. Hará falta, en definitiva, el hombre bueno que supo ser grande sin necesidad de alzar la voz.
Hoy el ruedo queda en silencio. El toro espera. Y en algún lugar eterno, seguro, Don Luis Segura observa, con esa media sonrisa suya, sabiendo que su legado está a salvo.
Descanse en paz. Porque los hombres del toro no mueren: se hacen eternos en la memoria de la afición.























