Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes | Foto: Camilo Díaz
Colombia. La fiesta en su agonía. En 19 meses la prohibicionista Ley 2385 de 2024 dejará caer su guillotina sobre el cuello de un culto tradicional aquí por 500 años. Histórico.
A partir del 22 de abril de 2027, todos los fieles y su rito quedarán criminalizados en el territorio nacional, (si es que aún es nacional, para entonces). Por la antidemocrática vía de la asonada, la mentira, la agresión, la bomba, el Insulto, la calumnia, la pared…, los fanáticos antitaurinos lograron elevar su odio y sus consignas a Ley. “No más Ole” la llaman con desafiante arrogancia. Uno de sus viejos gritos vandálicos.
No ha llegado el fin todavía, pero ya se vive, se siente, se hace presente. Como reo en el pabellón de la muerte, el toreo acusa la inminencia de la pena. Progresivamente. Los recientes llenos de Manizales y los menos de Cali no tapan la ferocidad del asedio. Ayer en Puente Piedra, la corrida placebo de la afición bogotana a la que años ha le han secuestrado su Santamaría, fue boicoteada caprichosamente por el alcalde municipal de la jurisdicción. Y a fin de mes Lenguazaque, también cerca de la capital, espera mejor suerte para poder dar sus dos corridas.
La temporada grande minimizada, sin Medellín, Cartagena, Popayán, Ibagué, Bucaramanga, Palmira… prohibidas por decisión local antes de la Ley nacional. Las ferias y festejos provinciales acabados. Los toreros de todo rango, en el paro. Las ganaderías en extinción. Las plazas, donde no abandonadas, convertidas en parrandeaderos, o escenarios de ocasión para cualquier espectáculo rentable. Los empleos indirectos, en el desempleo. El sector económico, todo a la quiebra…
Y la afición, en la aflicción. La mayor parte, digo. La otra, llevada por la desesperanza, por la confusión, o por la oportunidad de liberar un resentimiento vergonzante, ocultado largamente, a cambio de las conveniencias sociales que brindaba la fiesta, vuelve lanzas contra ella. Al caído, caerle. Apretemos que somos cuñas del mismo palo. Las más patéticas, por cierto.
Y claro, sin abandonar el disfraz de fieles. O mejor, valiéndose de él para más eficacia implosiva. Quinta columnistas. Hay que verlos, oírlos y leerlos, desplegando su poder de “fuego amigo”. Por ejemplo, refiriéndose a la actual temporada colombiana. Entre un discurso aparentemente docto, purista, fundamental, camuflan sus petardos procaces:
Ganaderos estafadores. Empresarios, atracadores. Toro, impresentable, descastado, “limpieza”. Toreros, peseteros. Resultados artísticos, nefastos. Público, imbécil. Cronistas, deshonestos. Sindicato de toreros, cómplice. Engaño. Carestía. Clientelismo… Y rematan en un cuidadosamente redactado, pero anónimo comunicado, que rueda por la red (fuente de lo anterior), con: “Por todo esto y más, ya podemos ir diciendo ¡QEPD AMADA FIESTA! “
Infamante certificado de defunción anticipado, concluido con…, “Amada fiesta”. Si eso es amor, cómo será lo contrario. Los imagino en familia. Ni una sola virtud reconocida, que las tuvo muchas, la corta, resiliente y heroica temporada. En las condiciones actuales, su sola realización, su sola sobrevivencia ya fue una, quizá la mayor. Cualquier corrida real es mejor que ninguna. No por humilde la misa desmerece.
Cierto, como hacen los libelistas ladinos, recurso manido, aún de los que son capaces de firmar, algunas de las destructivas críticas pueden tener asidero real. Imposible negarlo.
El poco trapío, cuajo, peso, edad, casta, en la mayoría de los toros, (cuatro corneados graves). Las ausencias y los asimétricos honorarios de algunas figuras. El alto costo de la boletería. Las relaciones públicas oportunistas, (lagartería decimos los colombianos). Las omisiones no unánimes, los fallidos fallos presidenciales… Respecto a los infundios contables, la presunción de buena fe es un derecho inalienable, y debería bastarles el de los esforzados organizadores (en Cali perdieron plata).
Sí, claro, como antes, como siempre, como en todo, hubo errores, desaciertos, tal vez desmandes puntuales, algunos con el atenuante, otros con el agravante, según el caso, de la dramática situación actual del negocio, en desigual batalla terminal. Pero también por ello, el aficionado, si lo es, tendría que señalarlos, cuestionarlos, respetuosa y constructivamente. La crítica es indispensable y consubstancial a la fiesta. No así la propaganda negra del enemigo disfrazada de ella.
Renegar, injuriar, increpar al ser que se dice amado en su lecho de muerte, por sus imperfecciones o faltas, es cuando menos… Bueno, lo que sea. Que cada quién elija el término.






















