Un encierro con seriedad por delante de Las Ventas del Espíritu Santo marcó una tarde de matices en la plaza de la capital caldense, donde la inspiración de Antonio Ferrera, el heroico sentido de pertenencia de José Arcila y la torería clásica de Borja Jiménez construyeron un festejo de argumentos, emociones y verdad taurina.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Manizales – Colombia. La corrida celebrada en la Monumental de la ciudad capital del departamento de Caldas dejó huella por la conjunción de varios factores que, cuando se alinean, explican la esencia del rito taurino: un encierro con trapío y seriedad, toreros dispuestos a cruzar la frontera del confort y un público atento, sensible y exigente. Los astados de Las Ventas del Espíritu Santo, bien presentados, en los pesos reglamentarios conforme a tablillas y con la edad cumplida, así registrado, ofrecieron un abanico de comportamientos que pusieron a prueba el oficio, la entrega y la capacidad de los alternantes.
Desde el punto de vista ganadero, el encierro mostró una tónica general de bravura, con casta medida, aunque con una constante que condicionó el desarrollo artístico de la tarde: la falta de fuerza. El primero de orden de lidia, abrió plaza con prontitud y transmisión; fue bravo, noble y con clase, aunque limitado de motor, lo que obligó a una lidia medida y a una muleta llevada con temple quirúrgico. El segundo presentó teclas complejas, falto de clase y casta, pidiendo firmeza y conocimiento. El tercero acusó con claridad la debilidad, dejando entrever virtudes que nunca terminaron de aflorar, motivo por el cual fue pitado en el arrastre. El cuarto, de nobleza intermitente, alternó momentos de fijeza con comportamientos mansos y huidizos, pegando arreones que deslucieron su juego, y también se fue bajo la desaprobación del público. El quinto, bravo, encastado y con justica clase, volvió a evidenciar la carencia de fuerza, generando división de opiniones. El sexto cerró el festejo con fijeza, nobleza y bravura, aunque limitado en clase, siendo justamente reconocido con aplausos en el arrastre.
En este contexto ganadero compareció Antonio Ferrera, vestido de grana y oro, quien desde el saludo capotero al primero de la tarde dejó clara su intención: enseñar al toro, llevarlo cosido al percal y marcar los tiempos con elegancia. En la muleta firmó una faena de inspiración y entrega, cargada de valor sereno y profundidad en los momentos que el burel propició, entendiendo las limitaciones del astado y apostando por la emoción antes que por la cantidad. Las tandas, bien medidas, tuvieron sentido y verdad, rubricadas con una estocada efectiva que le valió la oreja. En el cuarto, Ferrera volvió a mostrar su tauromaquia honesta: lanceó muy a favor del burel, y en la pañosa puso por delante la porfía y la búsqueda constante. Fue a donde el toro quiso, lo esperó, lo fijó y arrancó muletazos cortos, toreros, nacidos del gusto y la inspiración. Tras la estocada, escuchó palmas luego del aviso del Palco Alto, dejando una sensación de torero maduro, comprometido con la esencia del toreo.
Si hubo un nombre que encarnó el sentido de pertenencia a la profesión y el esfuerzo hasta el límite humano, ese fue el de José Arcila. El torero manizalita, de nazareno y azabache, salió al segundo de la tarde con decisión, recibiéndolo con una larga cambiada de hinojos y lanceando verónicas de buen aliento. En la muleta logró pasajes de calidad, hasta que fue prendido y resultó herido. Pasó a la enfermería, pero regresó al ruedo para concluir su actuación, visiblemente dolorido y mermado de facultades, llevando al toro al cierre y pasaportándolo, dejando constancia de su entrega. Media estocada y golpe de verduguillo sellaron una actuación que fue premiada con ovación sincera. Lejos de conformarse, Arcila volvió a salir al quinto pese a la recomendación contraria de los galenos. Dio la cara, lanceó verónicas de enorme mérito y, en la muleta, con decisión y corazón, hilvanó una faena por el pitón derecho en tandas cortas, con buen concepto y sentido del temple. La estocada, ligeramente caída, pero en lo alto, fue suficiente para que se le concediera una oreja. El público, con gran sensibilidad, pidió la segunda, entendiendo el contexto y el acto casi sobrehumano del torero herido, pero el Palco Alto no accedió, dejando un sabor agridulce y una reflexión abierta sobre el reconocimiento integral al esfuerzo y la verdad.
Borja Jiménez, vestido de maquillaje y oro, fue el torero que mejor capitalizó el material y terminó erigiéndose como triunfador de la tarde. Con el tercero de lidia ordinaria lanceó verónicas de gran elegancia, templadas y cadenciosas. En la muleta mostró poder, decisión y ganas, extrayendo muletazos de mérito de un toro que apenas permitía tandas de dos o tres pases. La estocada efectiva le valió palmas. Pero fue con el sexto cuando alcanzó la plenitud: volvió a mecer el capote en toreras verónicas y, ya con la pañosa, se expresó con ortodoxia, sitio y sentimiento. Hilvanó una faena importante, sentida, de corte clásico, que conectó de lleno con el tendido, que coreó cada muletazo. La estocada, de ejecución impecable, puso en sus manos dos orejas que lo confirmaron como el nombre propio del festejo.
Así, entre astados exigentes, inspiración, heroísmo y torería, la tarde dejó un mensaje claro: cuando hay verdad en el ruedo, el toreo se explica solo. Las Ventas del Espíritu Santo aportó seriedad por delante; Ferrera, profundidad; Arcila, identidad y sacrificio; y Borja Jiménez, clasicismo triunfador. Una corrida para el análisis, la memoria y la reflexión taurina.
Ficha del Festejo
Miércoles 07 de enero, 2026 – 3ª Corrida de la Feria de Manizales 2026 – Toros de la ganadería Las Ventas del Espíritu Santo bien presentados y juego desigual. Antonio Ferrera: Oreja y Palmas tras aviso. José Arcila: Palmas y Oreja. Borja Jiménez: Ovación y 2 Orejas. Casi lleno. Incidencias: José Arcila fue herido por el tercer toro de la tarde, propinando cornada en la parte superior del muslo derecho.























