El Asunto Presidencia

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Bolivar mira al presidente en Bogotá. Foto: Camilo Díaz

La crítica de la autoridad es un derecho democrático básico. Pero su ejercicio, en política, sobre todo, puede ser peligroso, tanto como el toreo. No es necesario citar ejemplos.

En la corrida, que con su jerarquización alegoriza la sociedad no pasa igual. Con frecuencia, en medio de una bronca, el alto palco se transforma en picota, y en reo el befado presidente, sin capacidad represiva. Como en Colombia donde por ley, su señoría ya no es ni siquiera funcionario estatal delegado, sino particular nombrado por la misma empresa. Inerme, no le queda más que tragar o doblegarse.

Las decisiones de Usía, pueden, con razón o sin ella, disgustar a espectadores, apoderados, toreros, ganaderos, periodistas, publicistas, claques, etc., detonando cargas y olas expansivas diversas a según la sintonía de los ofendidos con los medios de difusión.

Qué si el encierro bajo mínimos desaprobado, qué si el toro a devolver, qué si la segunda vara, qué el cambio de tercio, qué si la música o no, qué si el indulto, la oreja, el rabo, la puerta grande, la chica… Imponer la norma y el canon, deber de presidente, se ha vuelto asunto de opinión pública.

Sin embargo, pese a que los antitaurinos no lo reconozcan, las broncas en plaza, por enconadas que parezcan, jamás pasan de ahí, de broncas. Contrario a lo que sucede en estadios y otros escenarios temibles.

El domingo pasado en la Santamaría viví la última. Larga y furibunda, por una oreja del quinto. ¿Quién tenía razón? La nueva presidencia, traída de donde no hay toros, trató con perceptible inequidad a Luis Bolívar, toda la tarde, y desdeñó la mayoría abrumadora que le pedía el trofeo. Seguramente, de haber manejado la corrida toda con ese mismo rigor, la protesta hubiese sido menor, o no hubiese sido. Pero la disparidad indignó.

Aunque soy de los que creen que reglamentariamente quien otorga o niega orejas es el presidente y no la clientela, y de los que tratándose de premiar prefieren el defecto al exceso. Comparando, no encontré simetría ni justificación en este caso. Ni para la generosidad, ni para la cicatería. Las explicaciones que gentilmente me dieron, presidente y asesor después de la corrida, en el bar del hotel Ibis, poco antes de ser increpados muy duro por un torero no actuante aquella tarde, me parecieron subjetivas y vanales.

Desde mi lugar opino, con todo respeto por los honorables dignatarios y sus coincidentes, que Bogotá, capital de la república, la ciudad de más honda tradición taurina en el país, posee cantidad de aficionados y profesionales, veteranos, idóneos, con muchas corridas al año, con sabiduría, sensibilidad y comprensión probadas, para escoger quién presida su plaza.

La empresa (que designa), es debutante, cierto, y bien intencionada, por supuesto, pero visto lo visto luce sí no ilógico, al menos desconsiderado que haya ido a buscar autoridad allende las fronteras del toro. No es por criticar.

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