Alicante: Cuando el Toreo Encontró la Casta

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La última corrida de las Hogueras de Alicante dejó una lección de tauromaquia: el triunfo no nació únicamente de las orejas, sino de la capacidad de los toreros para interpretar las distintas condiciones de una corrida de Victorino Martín, donde hubo exigencia, emoción, nobleza, dificultad y, sobre todo, toros que obligaron a medir el valor del muletazo.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Lenguazaque – Colombia. La última tarde de la Feria de Hogueras de Alicante no fue solamente un cierre de carteles, trofeos y salidas a hombros. Fue, ante todo, una demostración de que la grandeza del toreo aparece cuando el hombre se enfrenta a un toro con argumentos propios. La corrida de Victorino Martín ofreció una gama amplia de comportamientos: toros de embestida incierta, otros de mayor profundidad, algunos de nobleza limitada y uno especialmente importante por su humillación y su voluntad de acudir al engaño. En ese escenario, El Cid, José María Manzanares y Manuel Escribano dejaron tres maneras distintas de entender el compromiso frente a la exigencia.

La tarde confirmó una idea esencial de la tauromaquia: el buen toreo no consiste únicamente en mandar, sino en saber interpretar lo que el toro propone. El toro encastado no permite imposturas; exige colocación, firmeza, inteligencia y una muleta capaz de conducir la embestida sin violentarla. Cuando el animal se entrega, el torero debe darle salida; cuando se queda corto, debe someterlo; y cuando desarrolla dificultades, debe imponerse desde la seguridad, sin perder la estética ni la compostura.

En el primero de la tarde, El Cid encontró un toro que fue creciendo conforme se le exigía. No fue un animal de entrega inmediata ni de fácil expresión, pero sí un toro que respondió cuando se le bajó la mano y se le llevó por abajo. Allí apareció una de las claves de la corrida: la importancia de someter la embestida para descubrir su verdadera condición. El torero de Salteras logró pasajes de profundidad al natural y momentos de mayor ligazón por el pitón derecho, siempre desde una figura vertical y asentada. La falta de acierto con la espada impidió que la faena tuviera el premio numérico que merecía, pero dejó la sensación de una labor construida desde el conocimiento.

Su segundo toro presentó otro tipo de reto: mayor seriedad, presencia ofensiva y un recorrido irregular. El animal tenía buen embroque, pero no terminaba de romper con continuidad hacia adelante. Esa condición obliga al torero a estar por encima, a no perder el sitio y a sostener la faena sin permitir que el toro domine el ritmo. El Cid entendió que no podía esperar una embestida entregada, sino provocarla con temple y pulso. Aunque la faena fue recibida inicialmente con cierta frialdad, la estocada al primer intento cambió el ambiente y desembocó en las dos orejas. Fue un triunfo de eficacia, pero también de firmeza frente a un toro que no regalaba finales claros.

Por su parte, José María Manzanares tuvo delante dos toros de comportamiento distinto. El primero, noble pero de menor exigencia, permitió una faena basada en la suavidad y el trato delicado. Sin embargo, el toro tendía a descomponerse cuando se le pedía ligazón o se le exigía más de la cuenta. Esa circunstancia obligó al torero alicantino a medir los tiempos y no forzar una continuidad que el animal no estaba dispuesto a mantener. La estocada le permitió cortar una oreja, premio que reconoció una actuación correcta y ajustada a las posibilidades del toro.

El quinto fue el ejemplar que ofreció mayor emoción en la embestida de los lidiados por el torero local. Encastado, exigente y con transmisión, pidió una muleta baja y un trazo preciso, sin desplazarlo en exceso. Este tipo de toro representa una prueba fundamental: no admite el muletazo superficial ni la distancia equivocada. Requiere cargar la suerte, dejar la muleta en el sitio y conducir la embestida con autoridad. Manzanares fue creciendo en la faena y encontró sus mejores momentos en las últimas series con la mano derecha, donde el toreo adquirió mayor ajuste y hondura. La espada, sin embargo, volvió a ser el obstáculo para que una de las labores más importantes de su feria tuviera recompensa mayor.

Pero si hubo una figura que encarnó la intensidad de la tarde fue Manuel Escribano. Su relación con Alicante volvió a manifestarse desde el primer instante, con una entrega absoluta y una capacidad evidente para conectar con el tendido. En el tercero, un toro de Victorino con humillación y deseo de coger la muleta por dentro, el torero de Gerena construyó una faena de poder. No se trató de acompañar una embestida cómoda, sino de tirar de ella, de vaciarla con la muleta arrastrada y de imponer un ritmo que evitara cualquier inercia.

Lo más destacado de esa faena llegó al natural. Allí, Escribano logró muletazos de gran profundidad, en los que la embestida del toro y la firmeza del torero se encontraron en un mismo concepto: el de la entrega recíproca. El toro acudía con codicia y el torero respondía con mando. Esa es una de las expresiones más valiosas del toreo: cuando el animal no es simplemente un colaborador, sino un protagonista que exige ser sometido con verdad. Los dos avisos y el fallo con los aceros impidieron el triunfo, pero la vuelta al ruedo concedida al toro y la ovación al diestro dejaron claro que allí había existido una faena de alto contenido taurino.

En el sexto, Manuel Escribano volvió a mostrar su capacidad para convertir la entrega en emoción. El recibo de rodillas y las verónicas iniciales encendieron el ambiente, mientras que el tercio de banderillas reafirmó su condición de torero capaz de asumir todos los terrenos. Sin embargo, el toro fue el más complicado del encierro. Siempre sobre las manos, sin romper hacia adelante y con una embestida defensiva, obligó al torero a sostener el trasteo desde la disposición y la cercanía.

La importancia de Escribano estuvo en no renunciar. Ante un toro sin entrega clara, buscó la faena desde la insistencia, el valor y la voluntad de resolver. La estocada baja no impidió el corte de las dos orejas, pero más allá del resultado, quedó la imagen de un torero dispuesto a pelear cada embestida. El triunfo, en este caso, fue la consecuencia de una entrega total frente a la dificultad.

La corrida de Victorino Martín dejó, por tanto, una reflexión profunda para quienes entienden la tauromaquia como una expresión de verdad: no hay toreo grande sin toro con posibilidades reales de exigir al torero. La emoción nace de la incertidumbre, de la embestida que debe ser descubierta, del pitón que obliga a colocarse con precisión y del muletazo que no puede ser fingido.

Alicante cerró su feria con trofeos para los tres espadas, pero también con una enseñanza que supera cualquier estadística. El Cid dejó la solvencia del torero que sabe dominar una embestida irregular; Manzanares, la sensibilidad necesaria para interpretar la nobleza y la exigencia; y Manuel Escribano, la expresión más intensa de la entrega y el poder. Frente a ellos, los toros de Victorino Martín recordaron que el toro no es un elemento secundario del espectáculo: es el origen de la emoción, la medida del valor y la razón por la cual el buen toreo puede alcanzar su máxima dimensión.

En la plaza de Alicante, con más de tres cuartos de entrada, la última corrida de Hogueras 2026 dejó una conclusión contundente: cuando la casta del toro se une a la verdad del torero, la tauromaquia recupera toda su grandeza.

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