San Isidro: Del Lleno Absoluto al Vacío Ganadero

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La duodécima corrida de la Feria de San Isidro 2026 en la Plaza de Toros de Las Ventas confirmó por qué Madrid sigue siendo la plaza más exigente del toreo. La enorme expectación generada por José María Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado terminó chocando con un encierro falto de poder y raza, que dejó además dudas sobre la capacidad de la terna para imponerse al fracaso ganadero. En apenas dos horas, Las Ventas pasó de la ilusión al desencanto.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La previa tenía todos los ingredientes de una tarde histórica. El “No hay billetes” colgado en la fachada venteña no era producto únicamente del prestigio de San Isidro, sino de una combinación que el aficionado intuía cargada de sensibilidad artística. El cartel reunía tres tauromaquias de corte estético, tres nombres asociados al temple, el gusto y la naturalidad. En los mentideros taurinos se hablaba de una corrida para el deleite, de una tarde destinada a reconciliar a Madrid con el toreo de aroma, con el muletazo lento y con la expresión.

Pero Plaza de Toros de Las Ventas tiene una liturgia innegociable: primero el toro. Y ahí comenzó a derrumbarse el edificio de expectativas que había levantado el festejo.

Desde la salida de “Cardilisto”, primero de la tarde, el ambiente empezó a llenarse de inquietud. El toro enseñó calidad y cierta clase en los vuelos del capote de José María Manzanares, pero también evidenció una alarmante falta de poder. Aquella embestida templada y noble nacía sin motor, sin transmisión y sin profundidad. La plaza comprendió muy pronto que el problema no era únicamente de fuerzas; había una preocupante ausencia de raza en casi todos los ejemplares lidiados. Los toros llegaban al final del muletazo agotados, afligidos y vencidos sobre las manos, incapaces de sostener el viaje con continuidad.

El encierro fue dejando una sensación de uniformidad desesperante. Toros de anatomías diversas, algunos con más cuajo que otros, pero casi todos cortados por el mismo patrón funcional: escasa pujanza, limitado fondo y nula emoción en la embestida. La corrida terminó siendo una sucesión de intentos frustrados. Cada toro parecía anunciar posibilidades que inmediatamente se apagaban entre claudicaciones, viajes sin entrega o querencias prematuras hacia tablas.

Madrid, que suele tener paciencia cuando percibe autenticidad, terminó agotada. Y el público venteño, tan duro como sabio, dejó de protestar incluso en determinados momentos. Ese detalle fue quizá el más revelador de la tarde. La plaza pasó de la indignación al desánimo, del enfado al aburrimiento resignado. Cuando el aficionado deja de protestar ante un toro inválido, no es tolerancia: es decepción absoluta.

El caso más evidente fue el de “Oportunista”, sobrero de José Vázquez, un animal que jamás debió permanecer en el ruedo por su manifiesta debilidad. Perdía las manos sin necesidad de castigo y convertía la lidia en un ejercicio imposible. La sensación de desorden ganadero terminó de instalarse definitivamente en los tendidos. Más tarde, la devolución de “Bravío”, cuarto titular, confirmó el fracaso del encierro.

En medio de ese escenario emergió el debate inevitable sobre la actuación de la terna. Y ahí Madrid volvió a dividirse.

Porque si bien el encierro resultó profundamente decepcionante, también quedó la impresión de que ninguno de los tres espadas logró rebelarse de manera rotunda contra las circunstancias. La discusión no giró únicamente alrededor del ganado; también apuntó hacia la actitud, la firmeza y la capacidad de imponer criterio frente a toros moribundos.

José María Manzanares dejó quizá la actuación más fría de la tarde. Su primero tenía clase dentro de su debilidad, pero la sensación general fue que el alicantino administró la faena sin terminar de comprometerse con la exigencia de Madrid. Hubo limpieza, sí, pero muy poco ajuste y escasa emoción. Con el sobrero de El Freixo apareció un toro de mejor intención, especialmente por el pitón izquierdo, aunque lastrado por el excesivo castigo en varas. Tampoco allí apareció la versión poderosa de Manzanares que Madrid lleva años esperando.

Las opiniones sobre Juan Ortega fueron aún más polarizadas. Una parte del público defendió que el sevillano se encontró completamente inerme ante dos animales imposibles para construir belleza. Otra, en cambio, volvió a señalarle cierta tendencia al desarme anímico cuando el toro no acompaña. Ortega dejó detalles aislados de estética en el capote, algún lance cargado de cadencia, pero la tarde nunca tomó vuelo. Su concepto exquisito chocó frontalmente contra una corrida sin entrega ni ritmo.

La tarde de Pablo Aguado fue probablemente la más significativa desde el punto de vista argumental. El sevillano encontró en “Lirio” el único toro que, durante algunos minutos, permitió intuir lo que aquella corrida soñó ser. Aguado rompió el letargo de la plaza con muletazos de enorme naturalidad, ligazón y sentido estético. Hubo series de gran belleza, especialmente sobre la diestra, donde apareció el toreo vertical y armonioso que tanto ilusiona al aficionado clásico.

Pero el toro se apagó pronto. Se rajó, buscó tablas y perdió continuidad. Ahí comenzó otro de los debates de la noche: la espada y el descabello de Aguado terminaron arrasando una labor que podía haber sido la única puerta emocional de la corrida. Los tres avisos y los pitos finales dejaron una escena durísima.

Y es precisamente ahí donde la corrida adquirió una dimensión más profunda. Porque la decepción no se limitó al fracaso del encierro. La verdadera herida de la tarde fue comprobar cómo una corrida concebida para el toreo de sensibilidad terminó exigiendo justo lo contrario: firmeza, capacidad de pelea, oficio seco y liderazgo frente al desastre.

Plaza de Toros de Las Ventas esperaba inspiración y acabó reclamando autoridad.

La sensación final fue demoledora. La feria había anunciado una cita de aroma artístico y terminó ofreciendo un espectáculo sin emoción continuada, condicionado por la invalidez funcional del encierro y por una terna que nunca consiguió imponer una narrativa heroica sobre el fracaso ganadero.

Sin embargo, incluso en la decepción, Madrid volvió a demostrar por qué sigue siendo la plaza que define el prestigio del toreo. Porque en Las Ventas no basta el nombre, ni el cartel, ni la estética previa. Allí todo pasa por la autenticidad del toro y por la capacidad del torero para sobreponerse a cualquier circunstancia.

La duodécima de San Isidro 2026 quedará precisamente como eso: la tarde en que la ilusión llenó los tendidos y el toro vació el alma del espectáculo.

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