En Guayabal Armero (Tolima), un mural erigido en la pared de la Casa Cultural de la Alcaldía honra a Cristóbal Pardo García, torero nacido en Popayán y residente por elección en este municipio. Más que un homenaje pictórico, es un reconocimiento sin prejuicios a un hijo adoptivo que forjó, con entrega y autenticidad, parte esencial del legado cultural taurino de Colombia.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. En la pared blanca de la casa cultural de Guayabal Armero (Tolima) no solo hay color y trazo. Hay memoria. Hay justicia histórica. Hay gratitud. El mural que hoy contempla el pueblo es más que una obra artística: es la declaración pública de que Cristóbal Pardo García pertenece, por derecho ganado en la arena y en la vida, al corazón cultural de esta tierra.
Nacido en Popayán, el 17 de noviembre de 1948, Cristóbal Pardo no heredó linajes de oro ni apellidos rimbombantes. Su historia es la del torero hecho a pulso, del lidiador trashumante que recorrió Colombia, cargando una espuerta humilde y vestidos de luces, siempre pulcros, siempre dignos. Esa imagen, la del torero sin oropel pero con alma grande, es la que el mural inmortaliza y la que Guayabal Armero (Tolima) reconoce sin reservas ni prejuicios.
Tomó la alternativa el 5 de octubre de 1986 en la emblemática Plaza de Toros de Santamaría, bajo el padrinazgo de Pedrín Castañeda y con Fernando Rozo como testigo, ante ejemplares de la ganadería Icuasuco. Aquel día se consagraba formalmente una carrera que, sin embargo, ya era leyenda viva en las plazas de guadua y madera, en esos cosos populares donde late la esencia primaria de la fiesta.
Porque si algo distinguió a Cristóbal Pardo fue su conexión directa con el pueblo. No con los tendidos de sombra ni con las tertulias de salón, sino con el graderío ardiente de las ferias municipales. En esas plazas improvisadas era ídolo. Lo esperaban desde la carretera. Le ofrecían casa para vestirse. Le brindaban café, aguardiente, pan recién hecho. El torero devolvía ese cariño con una tauromaquia de alarde, vistosa, efectista y profundamente comunicativa.
Ante toros de casta o criollos (tigreros), desplegaba un repertorio que mezclaba valor seco y espectáculo: saltos de la rana, desplantes inverosímiles, cites de largo metraje y gestos de dominio que desarmaban al miedo. No era la ortodoxia académica la que conquistaba, sino la emoción directa. Superaba a la fiera con gracia, y el pueblo, sabio en su autenticidad, lo agradecía llenando plazas y multiplicando aficionados.
No en vano lo bautizaron “El Cordobés de los pobres”, evocando al mítico fenómeno de masas que revolucionó la tauromaquia española. Pero Cristóbal no fue copia ni sombra; fue versión criolla, adaptada al pulso colombiano. Su figura se convirtió en imprescindible en las ferias y fiestas patronales. ¿Cuántos aficionados nacieron al calor de sus proezas? Probablemente la mayoría de quienes hoy defienden la tradición con conocimiento de causa.
Su legado no se limita a la arena. Fuera del ruedo, el personaje era tan magnético como el torero. Con simpatía desbordante y decencia intacta, recorría los pueblos “poniéndose de ruana” cada lugar, apropiándose del lenguaje popular y aportando el suyo propio. Popularizó entre los paisanos el ‘kaló’ gitano, adaptándolo con picardía criolla: a las mujeres las llamaba gachís; al dinero, parné; a la cerveza, priva; y cuando la prudencia apremiaba, bastaba un “chántela mui” para alertar sin delatar.
Ese mestizaje lingüístico no fue frivolidad: fue cultura viva. Fue intercambio simbólico entre la tradición ibérica y la idiosincrasia colombiana. Fue construcción de identidad. Y esa identidad es la que hoy Guayabal Armero (Tolima) reivindica al declararlo hijo adoptivo sin prejuicios.
Uno de los episodios más singulares de su trayectoria ocurrió en 1984, en Fuente de Oro, Meta. Un toro con historia, semental de Vistahermosa, de nombre Sonajero, con diez años “a cuestas” y ya indultado previamente por el Maestro César Rincón, volvió al ruedo para salvar una corrida. En un hecho inédito, Cristóbal Pardo logró lo impensable: indultarlo por segunda vez. Más allá de la anécdota, aquel suceso reafirmó su capacidad de conectar con la bravura, de entender el temple del animal y de conmover al público hasta forzar el perdón supremo.
Ese es el torero que hoy contempla el mural. No el de los salones, sino el de las carreteras polvorientas. No el de las alfombras rojas, sino el de las ferias patronales. No el de los contratos millonarios, sino el que jamás dejó desatendida a su comitiva de familiares y amigos.
En tiempos donde la tauromaquia es juzgada con ligereza y polarización, Guayabal Armero (Tolima) ofrece una lección de madurez cultural: reconocer, sin prejuicios, a quien aportó identidad, economía festiva, afición y memoria colectiva. El mural no impone; recuerda. No divide; honra. No provoca; agradece.
Porque un hijo adoptivo no lo es por decreto, sino por entrega. Y Cristóbal Pardo García, el torero que nació en Popayán, pero eligió echar raíces en esta tierra, ya pertenece para siempre al patrimonio sentimental de la nación taurina. El muro habla. Y lo hace con verdad.






















