Villapinzón: Grandeza y Honor del Toro Bravo

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El IV Festival Taurino celebrado el 14 de febrero en la plaza de la ganadería Altagracia, propiedad de la familia Arandia, dejó una jornada de alto contenido artístico y ganadero, marcada por el indulto de un ejemplar con raíz del Conde de la Corte y actuaciones de peso en los distintos tercios. Una cita que reafirmó la grandeza del toro bravo como eje y razón de la tauromaquia colombiana.

Redacción:  Juan Pablo Garzón Vásquez – Foto: Gerardo Márquez Garzónwww.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Villapinzón – Colombia. El pasado sábado 14 de febrero, en la plaza de tientas de la ganadería Altagracia, propiedad de la familia Arandia, se vivió una tarde de esas que reafirman el sentido profundo de la fiesta brava. El IV Festival Taurino no fue simplemente un festejo más en el calendario; fue un homenaje sentido y solemne al toro bravo, auténtico protagonista y razón suprema de la tauromaquia.

Bajo un ambiente campero, de afición cabal y expectante, se lidiaron novillos-toros de acreditadas casas ganaderas: Achury Viejo, San Rafael de la Merced y Las Ventas del Espíritu Santo, encierro que ofreció el trapío propio de un festival serio y la variedad de matices que distinguen al bravo auténtico: nobleza con transmisión, exigencia con clase, movilidad sostenida y fondo de casta.

La tarde, sin embargo, alcanzó su cenit cuando un ejemplar con la inconfundible raíz del Conde de la Corte, aportada por el hierro de la familia Rocha, fue premiado con el honor supremo del indulto. Un toro de embestida franca, humillada y repetidora, que galopó con entrega, sostuvo la emoción en cada embroque y permitió el lucimiento sin perder un ápice de su condición encastada. Su bravura íntegra, su codicia en la muleta y su temple natural sellaron la temporada grande colombiana con un broche de oro ganadero. Al toro, como debe ser, se le rindió la fiesta.

LA ANTESALA: JUVENTUD Y ESPERANZA A CABALLO

Previo al festejo anunciado, la aspirante a rejoneadora Laura Arandia dejó constancia de sus notables progresos en el arte de Marialba. Frente a un ejemplar de la casa, evidenció acople firme con sus dos jacas, valor sereno y una evolución palpable en el temple, el mando y el sitio. La doma medida, el embroque ajustado y la reunión en la suerte revelaron un proceso serio y bien encaminado. El público, atento y exigente, reconoció su entrega y quedó con la legítima expectativa de verla consolidarse en carteles mayores.

ANDRÉS RUIZ: MADUREZ Y SOLVENCIA EN EL REJÓN

Abrió plaza el rejoneador Andrés Ruiz, quien atraviesa un momento de madurez artística. Su actuación destacó por el manejo preciso de los tiempos y distancias, la colocación exacta de los rejones en cada tercio y el gobierno absoluto de las monturas. Hubo claridad conceptual, limpieza en la ejecución y dominio técnico. Si algo puede apuntarse como margen de mejora, es esa conexión constante con los tendidos que termina por redondear la obra. Aun así, su labor fue premiada con una oreja de peso.

CRISTÓBAL PARDO: OFICIO ANTE LA EXIGENCIA

Cristóbal Pardo, reciente protagonista de una destacada campaña en Perú, se encontró con un novillo-toro exigente, de embestida reservada y escaso margen para el lucimiento natural. No hubo facilidades para interpretar el toreo de cuchares con plenitud, pero sí quedó patente el oficio, la disposición y la resolución del torero caldense. El público, consciente de la dificultad del oponente, supo valorar el esfuerzo con una cálida ovación.

MANUEL LIBARDO: GUSTO Y VERDAD TORERA

Manuel Libardo volvió a demostrar que su tauromaquia se sustenta en el gusto y la autenticidad. Con el percal dejó ver verónicas de trazo largo y cadencia acompasada; con la pañosa hilvanó una faena entonada, de hondura conceptual y emoción sincera. Hubo ligazón y naturalidad en los muletazos, verdad en el planteamiento y un profundo sentido del deber cumplido. El fallo con el acero redujo el premio a una oreja, pero no empañó la dimensión artística de su capítulo.

MORENO MUÑOZ: PLENITUD Y TRIUNFO ROTUNDO

Moreno Muñoz halló en su oponente de Las Ventas del Espíritu Santo un novillo-toro bravo, noble y encastado, que permitió una faena de principio a fin. Desde la capa hasta la muleta mostró solvencia, asentamiento y una lectura precisa de la condición del astado. Logró el engranaje perfecto entre mando y expresión, dejando pasajes de profundo recuerdo. Las dos orejas concedidas fueron reflejo fiel de una obra compacta y redonda.

LEANDRO DE ANDALUCÍA: INSPIRACIÓN Y ORTODOXIA

Leandro de Andalucía combinó valor y expresión con ortodoxia y mando. Su participación estuvo cargada de emoción y de ese toreo inspirado que brota cuando el torero se siente y se sabe capaz. Pinchó una gran faena que pudo haber alcanzado mayores trofeos, pero el reconocimiento quedó ganado a ley, en la memoria del aficionado que sabe distinguir la pureza de intención.

LUIS MIGUEL CASTRILLÓN Y EL INDULTO: EL TORO COMO CENTRO

La apoteosis llegó con el cierre de plaza. Luis Miguel Castrillón supo entender la condición excepcional del ejemplar con sangre del Conde de la Corte traído por don Benjamín Rocha. Con actitud torera, concepto claro y mucho gusto, manejó los trastos con inteligencia, hilvanando una faena intensa, templada y de enorme contenido emocional. Supo administrar la bravura, medir los tiempos y exprimir la nobleza sin forzarla. La petición fue unánime y el indulto se concedió como homenaje a la grandeza del toro bravo. Dos orejas simbólicas rubricaron la comunión entre toro, torero y afición.

Reconocimientos a la temporada

Como es tradición, el portal amigo Tendido 7 entregó los premios de la temporada 2025-2026 en el marco de esta fiesta campera. Entre los galardonados destacaron:

– Mejor subalterno: el manizalita Emerson Pineda, por su entrega constante.

– Trofeo a toda una vida: al Maestro César Rincón, referente universal de la tauromaquia colombiana.

– Mejor Toro: “Marino”, de la ganadería Juan Bernardo Caicedo, lidiado en Manizales por el diestro Daniel Luque, reconocimiento que subraya nuevamente que todo gira en torno al toro.

El IV Festival Taurino en Altagracia no solo ofreció triunfos y emociones; reafirmó que la tauromaquia es, ante todo, un acto de respeto y exaltación al toro bravo. Sin su bravura, su casta y su integridad, nada tendría sentido. En esa arena campera quedó claro que la fiesta le pertenece al toro, y que cada pase, cada embroque y cada trofeo son, en esencia, un tributo a su grandeza.

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