De órdagos, rivalidades y la chispa que da vida al toreo

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De órdagos, rivalidades y la chispa que da vida al toreo

El toreo, además de arte y liturgia, siempre ha sido territorio de órdagos. De miradas largas, de gestos lanzados al aire que encienden la conversación y despiertan al aficionado. La rivalidad —cuando nace desde la clase, el respeto y la ambición— ha sido históricamente uno de los motores que han empujado a esta profesión a dar un paso más. No es algo nuevo ni impostado: es algo profundamente de toreros. Por eso, el ofrecimiento de Borja Jiménez a Roca Rey durante la Gala de presentación de San Isidro 2026, invitándole a compartir la corrida de Victorino Martín en la Feria de Otoño, fue un gesto con memoria, con intención y con mensaje. Y -¡ojo!-, sin necesidad: con una temporada hecha, con dos tardes selladas para el serial otoñal -la victorinada y otra de postín- y con la ambición de querer medirse a la máxima figura.

A veces bastan una frase, una invitación pública o una decisión valiente para remover el tablero. Borja Jiménez, consciente del momento que vive y del peso simbólico de Madrid, utilizó el escenario más expuesto posible —la gala venteña— para poner sobre la mesa un reto que trasciende muchas cosas. Victorino Martín, Madrid y Otoño no son cualquier cosa. Son conceptos que exigen verdad, fondo y responsabilidad. Y ahí está la clave: el órdago se lanza desde la ambición de medirse en lo más alto.

La historia reciente del toreo está plagada de gestos similares. En los años setenta, Palomo Linares y El Cordobés protagonizaron una de las rivalidades más intensas, incluso articulando la conocida ‘guerrilla’ contra los empresarios para reivindicar su valor como figuras. Aquello fue un pulso al sistema, una forma de decir que los toreros también podían marcar el ritmo de la Fiesta. Palomo, bravío dentro y fuera del ruedo, entendía el toreo como una afirmación constante. No es casual que protagonizara también rifirrafes públicos, como aquel con Paco Camino tras la tarde de Aranjuez, cuando le llamó ‘mushasho’ en directo, en el programa de José María Íñigo: el toreo, entonces, se vivía sin anestesia.

Otro de los grandes agitadores fueJosé Miguel Arroyo ‘Joselito’, un revolucionario con verbo y con obra. Su enfrentamiento en un callejón con Ortega Cano, defendiendo la capacidad y el poder de Espartaco respecto del resto de figuras de entonces –Ortega Cano, el mismísimo Ojeda, Julio Robles…-, forma parte de esa tauromaquia que se explica tanto en la plaza como fuera de ella. Joselito entendió que las figuras también se construyen desde la palabra, desde la defensa de una idea de toreo y desde la capacidad de incomodar. Siempre con clase, pero sin renunciar al conflicto cuando lo creía necesario. De ahí el célebre tirón de orejas de Curro Romero al madrileño al confirmarle la alternativa.

«Me han contado que vas diciendo por ahí que nos vas a retirar a todos», cuentan que le dijo Curro antes de pegarle el abrazo, «y eso no es respetuoso con los compañeros y no está bien». La respuesta fue épica: «Maestro», replicó el entonces jovencísimo torero, «es que tengo un hambre canina…». Y el toreo, con aquellos gestos, se hizo mucho más fuerte, no al revés.

Las rivalidades verbales también dejaron frases para la historia. Paco Ojeda, al ser comparado con Jesulín por los terrenos que pisaba, zanjó la cuestión con una sentencia inolvidable: “Comparar eso es como comparar una charca con una fuente”. Más allá de la provocación, aquel comentario reflejaba una época en la que los toreros no rehuían el cuerpo a cuerpo dialéctico -y los retos públicos entre ellos-. Porque la competencia era feroz y todos sabían que cada palabra tenía eco en los tendidos.

Eso también lo sabía Miguelín cuando se tiró de espontáneo a un toro de El Cordobés en el año 68 en Madrid. Dicen que aquello no fue un reto, que fue un ‘arrebato’. Y claro: si a uno le da por saltar al ruedo en plena faena de Benítez en Plaza de toros de Las Ventas, con Madrid hasta la bandera y el personal ya de por sí eléctrico, eso no es un reto… es echar gasolina al tendido con cerilla en la boca. Miguelín no pidió micrófono ni cartel; pidió escena. Y la tuvo: bronca, división, corrillos, tinta al día siguiente y media España taurina preguntándose si aquello era valor, teatro o un máster acelerado en cómo fabricar un acontecimiento sin pasar por taquilla. Luego vino la leyenda menuda —lo del supuesto mano a mano ‘con miuras’ y la multa volando por ahí en efemérides y recopilaciones— que huele a verdad de sobremesa pendiente de hemeroteca. Pero lo incontestable es esto: aquella tarde Miguelín demostró que, en tauromaquia, a veces el reto no se anuncia… se irrumpe.

Podríamos también remontarnos a Ordóñez-Dominguín, Manolete-Arruza, Joselito-Belmonte, siempre por encima José de todo y de todos -y sabiéndolo y acatándolo Juan con su sentencia «lo que diga José»… Pero desde finales de los ochenta y principios de los noventa, una generación entera de novilleros —Jesulín de Ubrique, Finito de Córdoba, Litri, Chamaco, Julio Aparicio o Pareja Obregón— compitió sin tregua para abrirse paso. Aquella rivalidad constante, tarde a tarde, fue clave para que muchos entraran en carteles de máxima categoría y tomaran alternativas de auténtico lujo. Tenían la moneda y la hicieron girar a base de triunfos, exposición y competencia voraz. El público asistía a esa lucha sabiendo que de ahí saldrían las figuras del mañana.

En la cima del toreo, las rivalidades han sido aún más complejas. Joselito y Enrique Ponce protagonizaron en los noventa un pulso continuo, con casi 150 tardes compartidas, donde la tensión era tan real como el respeto mutuo. Como recordó Ángel Ortiz, hubo brindis cargados de electricidad y silencios que decían más que mil palabras. Y poco después, Ponce y José Tomás encarnaron dos formas opuestas de entender el toreo, una rivalidad marcada por la distancia personal y por declaraciones que hicieron época. “Vemos el toreo de manera completamente opuesta”, llegó a decir José Tomás, dejando claro que el conflicto también puede ser conceptual.

Todo eso explica por qué el gesto de Borja Jiménez no es ajeno a la historia. Al contrario: bebe de ella. Invitar a Roca Rey a Victorino en Madrid es lanzar un órdago con todas las letras, pero también con todos los matices. No hay desdén ni provocación barata. Hay ambición, hay reconocimiento implícito al rival y hay una voluntad clara de medirse donde el toreo no admite atajos.

Porque, al final, el toreo vive de esas chispas. De los retos asumidos en público, de las rivalidades que elevan el nivel y de los toreros que entienden que la grandeza no se hereda de temporadas pasadas, se pelea en la presente. Cuando los órdagos nacen desde la verdad y no desde el artificio, la Fiesta se ensancha. Y eso fue, precisamente, lo que dejó Borja Jiménez en la Gala de San Isidro: un gesto que recordó que el toreo, para seguir vivo, necesita riesgo… y necesita competencia.

De hecho, hubo un torero -cuyo nombre no viene al caso- que aseguró tras la gala, petit comité, que él estaría encantado de abrir ese cartel. Que no nos falten estos gestos.

 

 

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