Manizales se Rinde a David de Miranda en Tarde de Lluvia y Sangre Torera

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La segunda de feria en Manizales fue una tarde intensa y verdadera, marcada por gestos de humanidad, la grave cogida de Juan de Castilla y el sólido protagonismo de David de Miranda, que firmó dos faenas de gran temple y madurez, premiadas con dos orejas y una más bajo la lluvia, en una corrida de Santa Bárbara que tuvo en “Serrano” su mejor exponente y dejó la sensación de que el toreo, cuando es honesto, no siempre hace ruido, pero permanece.

Redacción: David Jaramillo – www.culturo.es – Web Aliada

Manizales – Colombia. La segunda corrida de la Feria de Manizales fue, sin aviso, una lección de todo lo que puede encerrar una tarde de toros: verdad, entrega, miedo, temple, y ese tipo de emoción que no siempre se grita, pero se queda. Antes del primer capotazo, el Tendido Joven arrojó claveles a los toreros de plata en un homenaje tan justo como inusual. Y Ricardo Santana, al cumplirse un año de su gravísimo percance, compartió su vuelta con los médicos de la plaza. A partir de ahí, todo fue intensidad.

David de Miranda no se adueñó del escenario con gestos ni gestas: lo hizo con claridad de ideas, profundidad y pulso. Al segundo, “Serrano”, un toro con nobleza por dentro y muchas dudas por fuera, lo fue leyendo como si lo conociera de antes. Primero lo tocó en corto, con temple y suavidad, sin apretarle, pero marcándole el camino. Luego le ofreció distancias y tiempos justos, hasta que el animal comenzó a tomar la muleta con ritmo y a entregarse por abajo. Entonces llegaron las tandas importantes: derechazos hondos, ligados, con la muleta siempre adelantada y los toques precisos, al ritmo exacto que el toro necesitaba. Por el izquierdo también dejó naturales templados, aunque el pitón bueno fue el derecho. El pasodoble “Feria de Manizales” rompió justo cuando David bajó aún más las manos, se abandonó, y empezó a dibujar muletazos de trazo largo, desmayo y remate por abajo. Hubo un muletazo en redondo que giró al toro completo, despacioso, sin una brusquedad, que levantó al tendido. En dos momentos, el toro dudó en el embroque y se metió peligroso por dentro. David aguantó sin mover un músculo. El final fue a más: molinetes sin moverse, trincherazos con sabor y un estoconazo en lo alto que hizo rodar al toro sin puntilla. Las dos orejas cayeron por la fuerza de la verdad. La vuelta al ruedo al toro fue el reconocimiento a un animal que supo agradecer el trato clarividente de un torero en sazón.

El cuarto salió bajo un aguacero. En otro contexto, quizá ni habría saltado al ruedo. Pero ahí estaba David, con la plaza entera cubierta por capas de plástico y lluvia resbalando por la cara. Saludó al toro al delantal, con un ritmo que parecía imposible en ese suelo, y remató con una media de cartel. Luego, ya con la muleta, se impuso al agua y al animal. El toro tenía prontitud en el inicio, pero se dormía justo en el embroque. Ahí surgió el mérito: no forzó nada, lo esperó, lo acompañó y lo estiró hasta hacerlo ir más largo. A media altura, con suavidad, sin exigirle lo que no podía dar. Fue una faena cocida a fuego lento, con mimo, en silencio, pero con verdad. La espada no entró bien, pero fue suficiente. Oreja merecida. Y justo cuando el toro cayó, la lluvia paró. Un símbolo, sí, pero también un alivio.

Román, por su parte, lo intentó todo y se quedó sin nada. Le faltó espada, no entrega. A su primero lo enseñó a embestir con mando y seriedad; logró dos series rotundas antes de que el toro se viniera abajo al cambiar de mano. En el tercero, asumió con entereza la lidia del toro que hirió a Juan de Castilla, y en el quinto volvió a demostrar que tiene recursos. Pero la espada le negó lo que su planteamiento sí merecía. Manizales lo entendió, aunque la ficha no lo refleje.

El momento más duro de la tarde llegó con el quite de Juan de Castilla a cuerpo limpio. Su banderillero, Iván Darío Giraldo, cayó indefenso a merced de los pitones y el torero se lanzó sin pensarlo. El toro lo prendió, lo arrojó y lo dejó con una cornada extensa en el muslo derecho y una fractura abierta de tibia. No hizo falta más para que el público entendiera la dimensión del gesto. El miedo heló la plaza.

En un ruedo mojado, con un torero herido y el cartel descompuesto, lo fácil habría que la tarde se desinflara. Pero David de Miranda lo sostuvo todo: el ritmo, el ánimo, la conexión. Incluso en el sexto, un manso sin celo, intentó sacar muletazos dignos en tablas. La oreja que le pidieron (por el estoconazo con que lo despachó) y no llegó fue el único gesto que no tuvo respuesta. Todo lo demás, sí. Manizales entendió que a veces el mejor toreo no hace ruido, pero deja una huella firme. Como la lluvia. Como la sangre. Como la verdad.

Ficha del Festejo:

Martes 6 de enero. Plaza de toros de ManizalesColombia. Segunda de feria. Más de tres cuartos de entrada en tarde cubierta. Toros de Santa Bárbara, serios y bien hechos, fijo, noble, agradecido y de buen fondo el segundo, “Serrano”, N.º 111, premiado con la vuelta al ruedo. El cuarto también siguió la misma tónica. Los demás, resultaron deslucidos. Román (purísima y azabache): Silencio tras aviso, silencio en el que mató por Juan de Castilla, y silencio. David de Miranda (corinto y oro): Dos orejas, oreja y silencio. Juan de Castilla (grana y oro): Herido. Parte médico: Juan de Castilla sufrió una cornada con dos trayectorias en cara posterolateral de muslo derecho, extenso desgarro muscular en el sitio de entrada y orificio de salida; y fractura expuesta de tibia de la pierna izquierda.

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