El Regreso de César Rincón: Reencuentro con la esencia
Redacción: Andrea López Fotos: William Cortes
El reloj decía que mis palpitaciones estaban altas, que me debía calmar, lo que él no sabía es que no estaba muriendo, todo lo contrario, estaba teniendo una sobredosis de vida.
Habíamos visto lo de Madrid. Lo que montaba en sus redes nos llenaba de ilusión, lo que no esperábamos era ser abducidos por un toreo poderoso, lleno de verdad, que nos llevó al éxtasis, a olvidar que estábamos frente a un micrófono en el que las palabras deben medirse, en el que hay que mantener la objetividad.
No recuerdo qué dije cada vez que me dieron cambio, supongo que mi alma habló, porque lo que ocurrió este 29 de diciembre en el ruedo de Cañaveralejo fue algo sublime.
No se le veía muy cómodo al llegar, esa es la verdad. Mi cerebro entró en modo, “mira más allá” y logramos percibir su sí, pero no. Algo pasaba. Llegó tarde, sus compañeros de cartel estaban molestos y Castella se lo hizo saber. El Maestro dio sus explicaciones, pero las cosas no empezaban bien. Marco Pérez, el novel, no dijo nada, pero si lo había expresado previamente.
Llegó como un lord. Con ese traje diseñado por Justo Algaba inspirado “en el café de mi tierra, en mi ganadería y en la tauromaquia que corre por mis venas”, como lo describió en su Instagram. Castella y Marco también impecables, de terciopelo, la ocasión lo ameritaba.
Desfilaron con la virgen, se sumaron a un homenaje a Ricardo Santana que se merece todo, pero que estaba fuera de lugar. Era la noche del César y los homenajes debían ser para él. El malestar aumentaba. Él solo quería torear. Sentirse en su lugar seguro, así suene contradictorio.
Por fin salió Legionario y llegó la magia. No por el novillo, que si bien no estaba tan mal presentado como sus hermanos de la primera corrida, fue tan manso como ellos, pero ahí estaba él. El torero que siempre fue capaz de sacarle pases a los que no los tenían. César Rincón, a sus sesenta años, nos recordó que el toreo eterno vive en seres como él.
Parecía estar clavado en la arena cada vez que embarcaba al toro. Los muletazos no tenían fin. Los pases de pecho parecían mandar al toro al infinito. El mentón clavado…
Con Maestro, el cuarto, más de lo mismo. Pura verdad. Entrega profunda. Toreo desde el alma.
Nada más que decir Señoría.
Castella y Marco Pérez a la altura. También haciendo posible lo imposible con unos mansos que solo pedían tablas, que se quedaban en los tobillos. Marco Pérez levantó la mano para decir, “gracias Maestro por la invitación, lo respeto don Sebastián Castella por lo que acaba de hacer, pero yo también estoy aquí y voy a demostrar que me merezco de sobra compartir este cartel con ustedes”.
El Maestro quería irse pronto. Se conmovió con el grito de Céeeesar, que lo acompañó tantas veces, pero ya había cumplido y se quería ir. Antes de que el novillo de Marco Pérez cayera le indicó a sus hijos que fueran saliendo. La obra estaba hecha, su corazón estaba lleno, el nuestro también y él quería estar solo con los suyos. No más abrazos de desconocidos. Parecía necesitar seguir reunido solo con la verdad y tal vez este ya no era el lugar propicio para eso.
Salió ovacionado. Lo volvimos a perder. Lo volvimos a despedir sabiendo que esta vez sí fue la última. Gracias Maestro. Gracias por permitirnos este reencuentro con la pureza.
Una verdad más
El balance de lo ocurrido en Cali corresponde a la empresa. Ellos revisarán qué hicieron bien y qué deben mejorar, pero no podemos dejar pasar el petardo de la presidencia.
Cambios de tercio que no había pedido el torero, toreros parados haciendo señas tratando de ser vistos bien para pedir permiso o cambio de tercio y los señores de arriba ni se enteraban.
Darle la vuelta al ruedo al primer toro de Marco Pérez, después de que perdió las orejas por la espada no solo fue irrespetuoso sino que mostró una falta de afición vergonzosa. Ese torero acababa de dejar su alma en el ruedo, pero obviamente no se enteraron. Vuelta al ruedo a un manso mal presentado. ¡Muy bien señores!
Y el último día… lo del último día ya solo daba risa. Repartieron orejas sin piedad a faenas en las que los toros estuvieron por encima de las monteras. En las que sobraron los trompicones y nunca hubo mando, pero eso qué importa si la presidencia de Cañaveralejo estaba en promoción y había que rematar de la mejor manera lo hecho en esos cinco días.
Que vergüenza.
Estos son mis triunfadores de la Feria de Cali, así no sirva de nada:
Trofeo Señor de los Cristales: César Rincón (porque si se puede dividir en dos, se puede entregar en el festival).
Mejor subalterno: Carlos Garrido. Porque es el único que sabe bregar los toros y mostrárselos a su torero.
Mejor picador: Luis Viloria. Porque aparte de acertado jamás barrenó, práctica vista en varias ocasiones en Cañaveralejo.
























