Tras la gravísima cogida sufrida en Manizales, Juan de Castilla afronta una recuperación marcada por el dolor, la disciplina y una determinación inquebrantable. Con la mirada puesta en sus compromisos de marzo y abril en España, el torero libra ahora una batalla íntima para volver a vestirse de luces en plenitud y reafirmar su sitio entre los nombres más firmes de su generación.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Hay percances que detienen una temporada. Y hay percances que ponen a prueba una vocación. Lo sucedido a Juan de Castilla en Manizales no fue solo una cogida de feria; fue un golpe seco al corazón de una trayectoria que venía creciendo con firmeza y personalidad.
La escena quedó suspendida en la memoria colectiva: un toro que, tras una acción comprometida en la lidia, encontró carne y hueso con violencia implacable. El impacto fue brutal, de esos que silencian la plaza y desnudan la verdad más cruda del oficio. El torero quedó a merced del pitón en un instante que pareció eterno, recordando que la tauromaquia es grande precisamente porque el riesgo no es metáfora.
Las consecuencias médicas hablaron de una lesión severa en el muslo derecho, con afectación muscular profunda, y de una fractura abierta en la pierna izquierda que obligó a intervención inmediata. Más tarde, la confirmación de la rotura de tibia y peroné dibujó un panorama complejo. No se trataba de un simple parón: era una reconstrucción física en toda regla.
Sin embargo, si algo sorprendió al entorno fue la serenidad del torero desde el primer momento. En medio del dolor y la urgencia quirúrgica, mantuvo la cabeza fría. Quienes lo acompañaron en las horas posteriores destacan su temple, el mismo que exhibe cuando se queda quieto en la cara del toro. No hubo dramatismo en sus palabras, sino una preocupación íntima por tranquilizar a los suyos. Esa actitud, más que cualquier parte médico, retrata el carácter de un matador que entiende la profesión como compromiso integral.
El precio inmediato fue alto: compromisos importantes quedaron en el camino, citas de peso que habrían consolidado su arranque de temporada en Colombia. Pero lejos de lamentarse, Juan de Castilla cambió el enfoque. La prioridad dejó de ser el calendario y pasó a ser la recuperación total. No volver antes; volver bien.
Desde que recibió autorización para iniciar la rehabilitación, su rutina se ha convertido en una liturgia diaria de esfuerzo. Las primeras semanas estuvieron marcadas por la inmovilidad forzada, el aprendizaje de convivir con la fractura y la readaptación básica al movimiento. Después llegó la fase más exigente: recuperar masa muscular, movilidad articular y estabilidad. Cada sesión de fisioterapia es una prueba de resistencia. Cada avance, una pequeña victoria invisible para el público, pero trascendental para el torero.
Las imágenes difundidas recientemente muestran a un Juan concentrado, trabajando con intensidad en el gimnasio, todavía apoyado en muleta, pero con la determinación intacta. No hay atajos en este proceso. La musculatura dañada exige tiempo; el hueso, paciencia; la mente, fortaleza. Y en ese triple frente se está jugando ahora la verdadera corrida.
Porque marzo y abril no son fechas menores. El 21 de marzo lo espera Villaseca de la Sagra, en una corrida benéfica de alto contenido simbólico y con un hierro de los que no regalan nada. Y el 26 de abril, en San Agustín de Guadalix, el desafío será aún más explícito: ganaderías de las llamadas “de aficionado”, encastes que exigen colocación, firmeza y verdad sin concesiones.
No es casual que Juan haya mantenido esos compromisos en su horizonte. Reaparecer ante ese tipo de toro es una declaración de intenciones. Significa que no busca el regreso cómodo, sino el que reafirma credenciales. El torero sabe que el respeto en este circuito se conquista frente a hierros exigentes y en plazas donde el público mide cada cite.
En medio de la convalecencia llegó también un reconocimiento que adquiere ahora un valor especial: el trofeo a la mejor faena en Almorox. Lo recogió su director artístico, el maestro Luis Miguel Encabo, mientras el espada avanzaba en su recuperación. Más que un premio, fue un recordatorio de que antes del percance había dejado huella con su concepto serio, de trazo clásico y apuesta decidida por la integridad del toro.
Almorox, con su poso histórico y su identidad forjada a lo largo de los siglos, se convierte simbólicamente en espejo del propio torero: resistencia, memoria y vocación de permanencia. Allí se celebró lo que fue; ahora se trabaja por lo que está por venir.
Quienes lo conocen insisten en que la rehabilitación no es solo física. Hay un momento en todo torero herido en que debe volver a mirar de frente la embestida, aunque sea en la imaginación. Superar el recuerdo del golpe, confiar de nuevo en el terreno pisado, aceptar que el riesgo seguirá siendo absoluto. Esa es la dimensión silenciosa del proceso, la que no aparece en radiografías ni informes clínicos.
Juan de Castilla encara esa fase con naturalidad. No hay desafío mayor para un torero que volver a vestirse de luces después de sentir tan cerca la vulnerabilidad. Y, sin embargo, es precisamente esa cercanía la que fortalece la convicción.
Marzo asoma en el calendario. Abril espera su turno. Entre tanto, el torero continúa su preparación con disciplina férrea, consciente de que el cuerpo debe responder al nivel que exige el toro que ha elegido lidiar. No se trata solo de reaparecer, sino de hacerlo con plenitud, con capacidad de someter, templar y mandar.
En la tauromaquia, las cicatrices no se esconden: se integran en la historia personal de cada espada. La de Juan de Castilla será, sin duda, una marca de carácter. Y si algo está dejando claro en este proceso es que su ambición no se ha fracturado.
La temporada europea lo aguarda. Y él trabaja, día tras día, para llegar no como víctima de un percance, sino como torero renovado por la adversidad. Porque hay regresos que no solo reanudan una carrera: la redefinen.





















