Bajo una lluvia persistente y con la plaza casi llena, el cierre de la Feria Taurina de Manizales 2026 fue una lección de fe y afición: toros sin cara, pero con romana y edad, toreros en búsqueda constante del acople perfecto y una mística que, cuando se alcanza, no perdona el fallo.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Manizales – Colombia. La tarde final de la Feria Taurina de Manizales 2026 se vivió con el dramatismo propio de las grandes gestas. El cielo descargó agua sin contemplaciones, pero la afición respondió con una presencia ejemplar, entendiendo que el toreo también se mide en resistencia y compromiso. En ese escenario húmedo, frío y solemne, se tejió una liturgia donde el acople entre toro y torero fue el eje central: ese instante sagrado en el que todo fluye y en el que cualquier error, especialmente con la espada, se convierte en una herida profunda para la historia de la tarde.
Los toros de Ernesto Gutiérrez llegaron a Manizales con un denominador común: la falta de cara. Cornicortos, sin la seriedad que muchos reclaman en ese apartado, pero con peso, volumen y edad más que suficientes para una plaza de primera categoría. No fue una corrida de toros completa, redonda y favorable para la lidia plena; sin embargo, fue un encierro que, cuando se le exigió con verdad, respondió. Hubo nobleza, aunque dosificada; casta intermitente y bravura condicionada al mando del torero. Fue una corrida de matices, donde el oficio y la firmeza marcaron la diferencia.
El primero fue bravo, noble, con casta y clase limitada, permitiendo el lucimiento y siendo aplaudido en el arrastre. El segundo mostró bondades y gran nobleza, pero acusó escasez de casta y clase. El tercero, noble pero huidizo, careció de casta, bravura y clase, siendo pitado en el arrastre. El cuarto se movió en el límite: noble, huidizo, justo de casta, clase y bravura, generando división de opiniones. El quinto fue a menos, se desfondó, dejó ver virtudes, pero terminó imponiéndose la mansedumbre. El sexto, el de mayor fondo, fue bravo, encastado y noble, con teclas que tocar y exigente de firmeza, mereciendo palmas en el arrastre.
Sebastián Castella, vestido de palo de rosa y oro, abrió plaza con una declaración de intenciones. Saludó al primero con verónicas exquisitas, templadas, de muñeca baja y cadencia torera, llevando al toro cosido al capote. En la muleta se mostró maestro e inspirado, hilvanando una faena por ambas manos de gran gusto y contenido, cargando la suerte, mandando y exprimiendo la nobleza del toro. Un pinchazo previo a la estocada le dejó una oreja. Con el cuarto, repitió la excelencia en el capote con verónicas de cartel. En la muleta firmó una faena de feria, torera, profunda, al ralentí, con naturalidad y gusto supremo, mientras sonaba el pasodoble Feria de Manizales y la plaza entendía que la Catedral 2026 ya estaba en su esportón. Pero el acero, esa falla imperdonable cuando todo se ha hecho bien, se la hurtó: vuelta al ruedo tras aviso, con el reconocimiento intacto de la afición.
Juan Ortega, de maquillaje y oro, aportó el perfume del toreo clásico. Al segundo de la tarde lo recibió con verónicas exquisitas, lentas, meciendo el capote con temple y remates de torería añeja. En la muleta construyó una faena de pellizco, con muletazos del toreo antiguo, tandas suaves y al ralentí, llenas de sensibilidad. La estocada efectiva le valió una oreja. Con el quinto volvió a lancear con verónicas de gran factura, pero con la pañosa, pese a los muletazos de gusto, no logró hilvanar una faena contundente; el toro se vino abajo. Estocada y silencio tras dos avisos.
David de Miranda, de tabaco y azabache, saludó al tercero con un gran recibo a la verónica, ganando terreno y buscando mando. En la muleta puso voluntad y ganas, dejó algunos muletazos de gusto, pero sin materia prima fue imposible construir: faena corta, al unipase, resuelta con dignidad y palmas. Con el sexto, el que cerró el festejo y la feria, volvió en capa con verónicas de gran interés. En la muleta la faena fue irregular; intentó ir a más, dejó tandas de gusto, pero no terminó de encontrarse cómodo. La estocada efectiva le otorgó una oreja. Quedó la sensación clara de que dejó ir un toro que prometía: con lo que le faltara, ese ejemplar lo habría encumbrado aún más en Manizales, si hubiese mostrado la misma actitud firme del pasado martes 6 de enero, la que finalmente le dio la Catedral 2026.
Así se cerró Manizales: con lluvia, con una afición ejemplar y con la verdad desnuda del toreo. Cuando el acople aparece, la mística se impone; cuando falla el acero, duele más. Pero esa es la esencia que mantiene viva a la fiesta.
























