De Reparto en la Última de Manizales: El Corazón Invisible de la Lidia

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Más allá del fulgor del último tercio, una corrida se sostiene sobre trabajos silenciosos, técnicos y arriesgados que rara vez ocupan titulares. La feria dejó claro que, sin la entrega de los monosabios, la pericia de los picadores y el oficio de los peones y banderilleros, el rito taurino perdería equilibrio, verdad y emoción.

Redacción: Juan Pablo Garzón Vásquez – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Manizales – Colombia. Antes de que el clarín ordenara cada tercio y mientras el público buscaba abrigo bajo el cielo encapotado, hubo una cuadrilla silenciosa que sostuvo la feria entera desde la sombra y el barro. Los Monosabios, esos hombres anónimos de la lidia, fueron protagonistas absolutos durante toda la feria y, de manera especial, en la tarde de ayer, cuando el aguacero se convirtió en un adversario más del festejo de cierre de la feria 2026. Empapados, firmes en su puesto y atentos a cada caída del caballo, redoblaron esfuerzos para proteger a las jacas, auxiliar a los picadores y recomponer el orden del ruedo en condiciones adversas. Su labor fue constante, diligente y profesional, multiplicándose entre el fango, el peso del agua y la tensión de cada encuentro, demostrando que sin su entrega callada no habría equilibrio posible en la suerte de varas ni continuidad en la corrida. En medio del temporal, ellos sostuvieron la liturgia con oficio, valor y una vocación que rara vez se aplaude, pero que ayer mereció todos los respetos.

LA LITURGIA QUE NO SIEMPRE SE VE, PERO SIEMPRE SOSTIENE LA CORRIDA

En una tarde donde el toro exigió oficio y verdad desde que abrió plaza hasta el que cerró feria, quedó en evidencia que la lidia no se edifica únicamente desde la muleta ni se resume en el instante supremo del estoque. La corrida se fue construyendo, toro a toro, en esas labores esenciales que el gran público suele pasar por alto, pero que el aficionado cabal sabe valorar: la dedicación incansable de los monosabios, la complejidad técnica de la suerte de varas, la limpieza de la brega y el compromiso absoluto en el embroque de banderillas.

Desde el primer astado, la suerte de varas dejó constancia de su dificultad. Reinario Bulla toreó con el caballo, aguantó la embestida y señaló una vara ligeramente desprendida. El burel, con poder y fiereza, lo levantó y lo escupió por encima, recordando que cada encuentro con el pitón es una moneda al aire. Sin consecuencias físicas, pero con el aviso claro de que la tarde no sería sencilla. Español, atento y resolutivo, guardando la puerta, señaló la segunda vara, cumpliendo con el castigo necesario.

Detrás de cada uno de esos encuentros estuvo la labor callada y heroica de los monosabios, siempre atentos a la caída del varilarguero, prestos a sujetar la jaca, a levantar, proteger y devolver al picador al sitio, muchas veces jugándose el tipo sin más recompensa que el deber cumplido.

La brega comenzó a tomar forma con nombres propios. Alex Benavidez se mostró oportuno, templado y justo, entendiendo al toro y colocándolo donde debía estar, sin alardes ni excesos. En banderillas, José Chacón vivió el filo del riesgo: quedó a merced del toro en el primer par y solo pudo dejar un palo. Lejos de venirse abajo, volvió en el segundo encuentro con habilidad, dejando los rehiletes y recomponiendo la suerte. Héctor Fabio Giraldo, tras una primera intervención sin fortuna, se rehízo con un gran par en su segunda oportunidad, demostrando que el valor también es insistencia.

El segundo toro confirmó que la suerte de varas, cuando se ejecuta con verdad, marca el desarrollo de la lidia. Matías Bernal dejó una buena vara, rindiendo la jaca con inteligencia y ajustándola al propósito del castigo. Miguel Ángel Sánchez firmó una brega aseada, templada y oportuna, haciendo fácil lo difícil. En banderillas, Jhon Jairo Suaza colocó un muy buen par, ajustado a los cánones de la suerte, mientras que Antony Dicson, tras fallar en el primer intento dejando los rehiletes al aire, tuvo la capacidad de retomar el sitio y clavar un buen par, evidenciando oficio y cabeza fría.

En el tercero, Adelmo Velásquez dejó una vara de mérito: señaló, aguantó y colocó el castigo en el morrillo. Al relance, Luis Viloria midió otra buena vara, mostrando conocimiento del toro y del momento. La brega, a cargo de Carlos Rodríguez, fue templada, justa y oportuna, llevando al astado cosido al capote. Emerson Pineda y José Calvo se lucieron en banderillas, dejando grandes pares que fueron justamente aplaudidos por los tendidos.

El cuarto toro exigió ajustar distancias. Agustín Romero acortó a la reglamentaria para poner la vara, esta vez en buen sitio, asumiendo el riesgo que conlleva esa decisión. José Chacón volvió a la brega, templado y oportuno, aunque pasó fatigas por la condición del burel. En banderillas, Alex Benavidez y Héctor Fabio Giraldo fueron eficientes y eficaces, resolviendo una suerte comprometida con solvencia.

En el quinto, William Torres señaló una vara buena, justa y bien colocada. La brega de Jhon Jairo Suaza fue pulcra, templada, haciendo lo necesario sin adornos innecesarios. Miguel Ángel Sánchez dejó un primer par en lo alto, mientras Antony Dicson volvió a mostrarse eficaz pese a la dificultad del toro, cumpliendo con creces.

Con el toro que cerró plaza y feria, la suerte de varas volvió a mostrar su crudeza. Luis Viloria no tuvo fortuna en el primer encuentro: se deslizó la vara y, al rectificar, quedó trasera. En la brega, Emerson Pineda fue oportuno y justo, mientras Carlos Rodríguez pasó apuros al salir del embroque, logrando dejar solo un palo. José Calvo cerró el tercio con un par eficiente y eficaz, rubricando el esfuerzo colectivo.

Esta corrida dejó una lección clara: el toreo no se sostiene solo en el brillo final, sino en el trabajo previo, en la técnica, el riesgo y la entrega de quienes preparan cada embestida. Monosabios, picadores, peones y banderilleros fueron el verdadero corazón invisible de la tarde, ese que no siempre se ve, pero sin el cual la lidia simplemente no existiría.

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