OLIVENZA BADAJOZ

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MANDAN LOS EXTREMEÑOS

Redacción: 6Toros6 – POR PACO MARCH / FOTOS MIGUEL LÓPEZ

Los tendidos y una novillada en la que la variedad de hierros deparó momentos de gran toreo (con Tomás Rufo como protagonista) y en la que la entrega del debutante Manuel Perera acabó por abrirle la puerta grande, para alegría de los paisanos, mientras que Diego San Román, con el lote de menos opciones, sólo pudo dejar testimonio de su reconocido valor.

Manuel Perera, que brindó el último de la tarde a sus compañeros de la Escuela Taurina de
Badajoz y a sus profesores (los matadores Luis Reina y El Cartujano), pudo por fin debutar
con caballos, justo un año después de que un terrible accidente de circulación le impidiera hacerlo en esta plaza. Y le cortó las dos orejas, como otra paseó de su primer novillo, un ejemplar de El Freixo de buenas hechuras que embistió con entrega y humillación. Perera corrió bien la mano, en especial cuando lo hizo por el pitón derecho y aunque la estocada se fue abajo paseó un trofeo. Lo mejor de su desempeño con el que cerraba plaza fue la rotunda estocada, que hizo desatar la euforia en los tendidos. El novillo se había apagado muy pronto y la faena resultó tan insistente como escasa de brillo.

Un brillo que sí tuvo el toreo de Tomás Rufo. Su primer novillo lucía el hierro de La Peregrina (propiedad de Antonio Ferrera) y si era justito en cuanto a presentación, derrochó clase en sus embestidas, ya desde las verónicas de inicio. Rufo toreó con sentido del temple y las distancias, armonía y relajo, en especial en tandas en redondo rematadas con pases de pecho y algún adorno de prestancia y torería. No hubo tanto acople cuando tomó la mano izquierda, pero el trofeo que paseó, tras pinchazo arriba, fue justa recompensa. El quinto, de Talavante, tuvo seriedad por dentro y por fuera y sus encastadas embestidas hallaron respuesta en una muleta mandona manejada desde la firmeza de plantas y un bello concepto del toreo, desde el inicio por bajo y pierna flexionada, con muletazos que tuvieron hondura y expresión, incluidas algunas miradas al tendido durante su ejecución, que parecieron guiños al maestro dueño de la divisa. El pinchazo hondo y
los dos descabellos enfriaron los ánimos para que afloraran pañuelos.

Grata impresión dejó el año anterior en Olivenza el mexicano Diego San Román, que en esta ocasión se topó con dos novillos que por unas u otras cosas, no le permitieron refrendar. El de Juan Albarrán amenazó rajarse ya de salida y lo confirmó en el tercio de banderillas. En terreno de tablas transcurrió la tesonera y valerosa faena, metido entre los pitones para provocar las renuentes embestidas. En su segundo turno, el serio novillo de Iniesta apuntó buena condición de salida, metiendo bien la cara en el capote de San Román
hasta que una fea voltereta (tal vez propiciada por la brusquedad del recorte) menguó su pujanza y le agrió el carácter, por lo que el trasteo transcurrió por senderos de voluntad y escasos resultados.

Apoteosis de Ferrera y un “garcigrande” de indulto

Antonio Ferrera, desde su regreso (a principios de la temporada anterior) de ciertas tinieblas del alma, vive un estado de gracia permanente, en el que creatividad, capacidad lidiadora y subyugante (y muy personal) expresión artística. Los públicos de aquí y de allí –léase México- lo han visto y celebrado como merece. En Olivenza, primera de su temporada, volvió a ocurrir. El material propicio fue un “garcigrande” de recortadas pero armónicas hechuras y una entrega absoluta en sus embestidas ya desde el esplendoroso recibo capotero, un fajo de dos decenas de verónicas que crecían como un volcán en erupción hasta el remate en los mismísimos medios. Ferrera llevó al toro al caballo con chicuelinas al paso y de allí lo sacó capote a la espalda antes del un “quite de oro” (el recuerdo a México estuvo también en los papelillos que con los colores de su bandera adornaban las banderillas, en jaleados tercios de José Manuel Montoliu, Javier Valdeoro y
Fernando Sánchez) que le salió bordao. La faena de muleta fue un continuo crescendo, entregado el toro a la propuesta del artista, que hilvanó tandas en redondo y al natural desplegando un sortilegio de suertes y adornos, a los que “Atajante” acometía con fijeza, largura y humillación. La petición de indulto resultó clamorosa y al asomar el pañuelo naranja en el palco la felicidad inundó los rostros del gentío. Una oreja cortó a su segundo, que fue todo lo contrario, y Ferrera porfió con él con autoridad. Una estocada caída de efecto rápido, haciendo la suerte caminando desde larga distancia, sumó para el trofeo.
El que abrió plaza tuvo tanta clase como falta de fuerzas, aún más menguadas tras dos volantines. Enrique Ponce tiró de ciencia y paciencia para, con una muleta manejada con mimo y a media altura, construir una faena larga a la que le faltó emoción. De similares características, tanto por la condición del toro como por la labor del torero, resultó la faena al cuarto, irreprochable en lo técnico y con pasajes de bonita composición, rematada de estoconazo caído que no fue óbice para que paseara una oreja.

Sin trofeos se quedó El Juli y no será porque no puso todo de su parte. Se partió una mano en banderillas el primero de su turno y en su lugar salió otro del mismo hierro que resultó áspero y con tendencia a huir. Julián lo sujetó en su poderosa muleta para conseguir meritoria tandas por los dos pitones, pero sin mayores opciones.

Como tampoco las tuvo el sexto, que en cuanto a la tercera tanda sintió que el que allí mandaba era el torero dijo nones.

Lo dicho. Antonio Ferrera ha empezado la temporada tal como acabó la anterior: magistral, sorprendente, inspirado, lidiador… Avisados quedan.

Recital de toreo en el duelo De Justo-Marín

La carta de presentación de Emilio de Justo en Olivenza (trece años después de su alternativa) que una faena rebosante de torería a un toro de Victoriano del Río que empujó bien en su encuentro con el caballo y que luego embistió con fijeza y profundidad por el pitón derecho y no tantoen la única tanda al natural. El quite por chicuelinas de compás abierto tuvo su aquel y el inicio de faena doblándose por bajo hasta rematar en los medios con un soberbio cambio de mano dio paso a un recital de toreo en redondo en series culminadas con pases de pecho monumentales. El pinchazo previo a la estocada dejó en una oreja lo que era de dos.

Aquejado de perniciosa flojera el segundo de Emilio de usto fue reemplazado por un sobrero del mismo hierro que tomó un buen puyazo, que acusó. La faena, bien estructurada, no llegó a alcanzar altas cotas pues al toro le faltó pujanza y entrega. Aun así,a destacar algunos naturales y los de pecho.

Con una larga a porta gayola saludó Ginés Marín al primero de su lote jugando luego bien
los brazos en las verónicas y en gustoso quite por Chicuelo.

Llegados al último tercio Ginés dibujó muletazos por uno y otro pitón que tuvieron prestancia, largura e improvisación en los remates, desde el farol al cambio de mano y, claro, los de pecho. Estoconazo fulminante y una oreja que al cónclave se le antojó rácano premio. Se protestó de salida la encornadura (bizco del izquierdo) del cuarto.Ginés Marín tuvo el mérito de sujetar en los medios las embestidas algo alocadas para dibujar naturales largos, reunidos y templados que tuvieron la virtud de potenciar las virtudes del toro: prontitud y celo. Dueño de la situación, se explayó también en los derechazos y algún que otro alarde, todo desde su cantada torería. Seguro, despejado de mente y ando en un palmo de terreno. Estocada corta y, esta vez sí, doble premio.

Careció de clase el que cerró festejo, pero Ginés Marín,segurísimo toda la mañana, planteó y desarrolló una meritoria faena, culminada con ceñidas manoletinas y el refrendo de la estocada.

Afloraron los pañuelos en una petición que no cesó hasta que en el palco asomaron dos. Con la triunfal salida a hombros de los toreros, el gentío, henchido de alegría, rápido a reponer fuerzas, que en tres horas había nueva cita con el toreo.

La de Zalduendo evita el broche de oro

No empezó bien la última, pues hubo de ser
devuelto por inválido el primero del turno de Morante. El sobrero, también de Zalduendo, le
dejó estirarse en tres verónicas. Y ya. Ni fuerza ni casta ni ná y así poco le duró al de La Puebla, apenas un molinete sabroso y tres derechazos.

En el mansote y huidizo cuarto Morante se justificó, lo que en un torero como él no sé si es un elogio, la verdad. Pero cuando todos allí pensábamos que la faena iba a ser un suspiro, el sevillano, con el toro en terrenos de toriles, se arrebató y, como efecto sorpresa, los que
protestaban, jalearon. El toro seguía a lo suyo, pero José Antonio se empeñó en una faena que acabó siendo larga y con algunos muletazos más presentidos que sentidos. La espada entró a la primera y hasta hubo petición de oreja. monioso, recogió una ovación. Bien está.
El segundo de la tarde, sosón, blandengue y descastado,al menos permitió que José María Manzanares hiciera una faena de buen pulso con series por ambas manos. Cuando el de Zalduendo se fue a tablas, el alicantino tomó la espada. Quiso matar recibiendo, a favor de
querencia, pero marró un par de veces antes del volapié letal. El quinto apuntó ya de salida mejores cosas que los anteriores. Se desmonteró Duarte en banderillas y Manzanares, en los medios, tiró de las embestidas por el pitón derecho para llevarlas bien conducidas y largura de trazo. Tomó la izquierda y ganó en intensidad, bajando la mano y con el de Zalduendo aceptando el reto, aunque conforme avanzaba el trasteo, que fue largo, se iba apagando. El volapié, soberano. La oreja, justa.

Pablo Aguado presentó credenciales en Olivenza. Naturalidad y temple son la base a partir
de la cual brota el toreo. Aguado suspende el tiempo en las yemas de sus dedos y aunque el material que tuvo delante en su primer turno no daba para muchas alegrías se pudieron ver, por momentos, muletazos cadenciosos y un cambio de mano marca de la casa. Y  marca de la casa fueron también las mecidas verónicas con las que saludó al que cerraba plaza y feria, con la luna llena y bella en lo alto del cielo de Olivenza. Lástima fue que el toro, sin entrega alguna, dejó al torero, al público y a la luna lunera con la miel en los labios.

No resultó,desde luego, la corrida esperada ni la que merecía una feria que tantos buenos
momentos y gran toreo dio en los tres festejos
anteriores.

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