Revisando la lista de matadores de toros colombianos encontré que no son 191, como tenía en el radar, encontré que existe un coletudo más, es el número 31 de nuestro registro y quizás tuvo más nombres qué actuaciones en la península y nunca actuó en Colombia
Revisando la lista de nuestros queridos matadores de toros colombianos y analizando información de diferentes fuentes encontré que no son 191, como tenía en el radar, encontré que existe un coletudo más de nacionalidad colombiana, es el número 31 de nuestro registro y quizás tuvo más nombres qué actuaciones en la península. Nunca actuó en Colombia y en algún momento, un inglés que nunca había toreado, se hizo pasar por este connacional y resultó tomando su lugar y entrenado por el propio bogotano.

En el registro de los matadores colombianos aparece un nombre que parece más leyenda que estadística: Henry Edward Higgins Cañadas, “Manolo Sevilla”, “Chicuelo de Almería”, “El Inglés”, “Enrique Cañadas”, “Enri Iggy”.
Nació en Bogotá, Colombia en 1944, hijo de un ingeniero británico y de madre mejicano-irlandesa. Desde adolescente, empapeló su estudio con retratos de toreros y soñó con el arte de Cúchares, hasta que un día intentó capear un hereford en el colegio, para asombro de sus compañeros. Ese gesto juvenil anticipaba una vida marcada por la osadía.

Su alternativa llegó el 20 de septiembre de 1970 en Fuengirola, de manos de Juan Carlos Beca Belmonte y con Pepe Luis Román como testigo. Higgins se convirtió en el matador 31 de nacionalidad colombiana y primer británico, en doctorarse como matador, un hecho insólito que lo situó en la historia taurina. La crónica pop recuerda que Brian Epstein, manager de los Beatles, fue su mecenas; la castiza lo retrata con Vizcaíno leyéndole el Quijote en una cama de hospital tras una cornada. Entre ambas versiones se dibuja un personaje excéntrico: un torero que desayunaba cornflakes, que prefería los restaurantes chinos, y que soportaba la vigilancia constante de su cuadrilla repitiéndole: “No smokey, Enri Iggy. No drinkey, Enri Iggy. Bullfighting is sacrifice.”

Su carrera estuvo marcada por confusiones y azares. En 1966, un empresario francés contrató por error a Frank Evans creyendo que era Higgins. El inglés de Salford debutó en Pérols gracias a esa confusión, y Higgins, lejos de reclamar su lugar, lo apoyó como un caballero. Así nació una saga de toreros británicos en la que Higgins fue el estilista y Evans el resistente.

El destino, sin embargo, no lo alcanzó en el ruedo. En 1978, mientras practicaba vuelo sin motor en Mojácar, una ráfaga de viento cálido lo precipitó contra la montaña. Su cuerpo descansa en el cementerio de los ingleses de esa localidad almeriense, donde se le recuerda como un enamorado del pueblo blanco que se derrama sobre la sierra. Su biografía, To be a matador, quedó como testimonio de una vida que unió la elegancia británica con la pasión taurina española, y que dejó en la memoria de Colombia un matador improbable: nacido en Bogotá, pero convertido en mito en la península.






















