El gesto íntimo y profundo de José Garrido, donar un traje de luces para convertirse en saya mariana, encuentra eco en su comparecencia del próximo 31 de enero en Lenguazaque, donde, junto a Ramsés, enfrentará toros de Ernesto Gutiérrez y será testigo de la alternativa de Anderson Sánchez. Torería, fe y responsabilidad histórica confluyen en una cita de alto voltaje.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. En tiempos en los que el toreo exige algo más que valor y técnica, el nombre de José Garrido vuelve a situarse en el centro de la conversación por un gesto que desborda el perímetro del albero. El diestro extremeño ha hecho oficial la donación de uno de sus trajes de luces a la Sección del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Silencio de Azuaga, un acto que, por su hondura simbólica, dialoga directamente con la ética del torero clásico: dar, ofrecer y trascender.
La prenda, testigo de tardes clave en la carrera del matador, será transformada en saya para la Santísima Virgen, otorgándole una nueva vida cargada de sentido. No se trata solo de una metamorfosis textil; es la consagración de un itinerario vital donde el sacrificio, la disciplina y la fe comparten la misma raíz. Así lo ha expresado la Junta de Gobierno de la corporación, que entiende el vestido como testimonio de fe y entrega, destinado a acompañar a la Amantísima Titular en su estación de penitencia cada Miércoles Santo, incorporándose al patrimonio artístico y devocional de la Hermandad.
Este gesto, nacido del compromiso personal de Garrido, ha tenido respuesta inmediata: la Hermandad lo ha nombrado Hermano de pleno derecho, vínculo que se oficializará el 14 de marzo en la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación de Azuaga, durante los Cultos en honor a los Sagrados Titulares. Un reconocimiento que no se concede a la ligera y que subraya la coherencia entre la vida pública del torero y su mundo interior.
Pero la actualidad de José Garrido no se detiene en lo simbólico. El próximo 31 de enero, el extremeño hará el paseíllo en Lenguazaque, en una corrida que se anuncia como cita de alto contenido taurino. Frente a toros de Ernesto Gutiérrez, hierro de garantías y exigencia, Garrido compartirá cartel con Ramsés y será testigo de la alternativa de Anderson Sánchez, un momento fundacional que reclama oficio, jerarquía y responsabilidad por parte de quienes lo arropan desde el escalafón superior.
En ese contexto, la presencia de Garrido adquiere un peso específico. No solo por su solvencia técnica, muñecas templadas, firmeza de plantas y claridad en los planteamientos, sino por la autoridad moral que confiere un torero capaz de entender la profesión como un todo. En Lenguazaque no se espera únicamente al lidiador poderoso y preciso; se espera al hombre que sabe estar, al matador que comprende la liturgia del rito y la trascendencia del relevo generacional.
La alternativa de Anderson Sánchez no será un trámite. Requerirá temple, pulso y la pedagogía silenciosa que solo los toreros hechos pueden ofrecer. Y ahí, Garrido comparece con el aval de quien ha asumido que el traje de luces no es mero ornamento, sino símbolo de sacrificio, el mismo que ahora se bordará en seda para vestir a una Virgen.
Así, entre la solemnidad del gesto devocional y la exigencia del compromiso en el ruedo, José Garrido encarna una torería que no se agota en la faena ni en el triunfo efímero. Su donación en Azuaga y su comparecencia en Lenguazaque componen una misma partitura: la del torero que entiende que el honor se demuestra tanto con la espada en la mano como con los actos que se realizan fuera de la plaza. En ese equilibrio —tan antiguo como el toreo mismo— radica la verdadera grandeza.
























