Castella desató la tormenta en Manizales

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La lluvia no cesaba. Desde el primer clarín hasta el último pañuelo, Manizales fue un diluvio. Ni un solo respiro. Un ruedo convertido en trinchera, un tendido inmóvil bajo plásticos y paraguas, y tres hombres vistiéndose de luces sabiendo que lo que venía no era una tarde de toros: era una prueba de carácter.

Redacción: David Jaramillo

La lluvia no cesaba. Desde el primer clarín hasta el último pañuelo, Manizales fue un diluvio. Ni un solo respiro. Un ruedo convertido en trinchera, un tendido inmóvil bajo plásticos y paraguas, y tres hombres vistiéndose de luces sabiendo que lo que venía no era una tarde de toros: era una prueba de carácter.

Y entonces apareció Sebastián Castella. No es nuevo en estas guerras. En la primera de sus dos faenas ya se había plantado en los medios, con firmeza, en un ruedo resbaloso, templando verónicas de cartel y luego construyendo con la muleta una obra medida, estéticamente limpia, profunda y sincera. El toro tardó en responder, pero terminó embistiendo con cierta calidad. Tardó en humillar, pero lo hizo. Aunque siempre se quiso ir y fue perdiendo fuelle. Sin embargo, cuando se decidió a embestir, el francés ya lo tenía en la mano. Una oreja fue el premio.

Pero lo del cuarto fue otra cosa. No fue una faena. Fue una pelea sin estridencias. Una estrategia callada contra un toro que salió descompuesto, sin querer saber nada, con la cara suelta, con la intención de irse a las tablas. Muchos pensaron que allí no había nada. Pero Castella no está para ver pasar toros. Está para obligarlos a quedarse. Lo fue encelando sin prisas, sin aspavientos. Como hipnotizándolo. Lo trajo a los medios. Y ahí, donde no había faena se la inventó.

Fue una lección de temple. Una conquista sin alardes. De las que se dan a fuerza de convencer, no de obligar. Una serie por la derecha, otra más. La transmisión crecía con cada pase. El toro, que no tenía nada, empezó a tenerlo todo. Empezó a humillar, a repetir, a romper. Y allí estaba Castella, encajado, con ritmo, haciendo suyo al animal, pero también a la plaza. Gotas cayendo, «Feria de Manizales» sonando, el tendido en pie, gritos de “¡torero, torero!” mientras el ruedo se deshacía en barro. Falló con la espada, sí. Pero ni eso impidió la vuelta al ruedo entre clamores. Incluso, si se empeña, hasta pudo forzar el indulto, pero la honestidad Castella evitó el teatro. El mejor homenaje posible para una feria que había resistido tanto.

Juan Ortega dejó destellos, como quien deja cartas sobre la mesa pero no puede jugar la partida. Al primero lo toreó con gusto y suavidad. Cortó una oreja por una faena breve pero estilosa. Al quinto, lo saludó de rodillas con una larga cambiada y luego meció verónicas con clase. Pero la muleta ya no encontró toro. Fue imposible. Ortega lo intentó donde nadie quería intentarlo: en las tablas. El toro no respondió. Y la faena se apagó bajo la tormenta.

David de Miranda se llevó el lote más ingrato. Su primero, desrazado, terminó muriendo justo donde había salido: en chiqueros. Toda la voluntad del torero fue inútil frente al querer y no poder del toro. El sexto fue incluso más complicado: no humilló, no se entregó y amenazó con colarse. Miranda fue valiente. Se puso. Se cruzó. Ayudados por alto, cercanías, intento de estructura. Nada fue suficiente. Aún así, la buena espada permitió que cortara orejas..

Y así, entre agua, voluntad y silencio, terminó la Feria de Manizales. No fue un cierre triunfal. No hubo salida a hombros ni faenas rotundas. Pero sí hubo algo que quizá pese más en la memoria: una plaza que no se vació, unos toreros que no se guardaron nada, y un nombre que volvió a escribir su historia en Colombia. Porque hay tardes que no se torean para cortar orejas. Se torean para quedarse. Y Castella se quedó.

FICHA DEL FESTEJO

Domingo 12 de enero. Plaza de toros de Manizales, Colombia. Séptima y última de feria. Casi lleno en tarde lluviosa.

Toros de Ernesto Gutiérrez, desiguales en su buena presencia. Desrazados en general, excepto el buen cuarto, que desarrolló fondo.

Sebastián Castella, rosa y oro, oreja y vuelta tras aviso.
Juan Ortega, canela y oro, oreja y silencio tras aviso.
David de Miranda, burdeos y azabache, silencio y oreja.

 

 

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