Una pastilla de Suavina

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Los drogueros de la Catalana, en la calle Colón, lo son de cuarta generación. Así se reclaman. Se habrán quedado cortos. La droguería se estableció en el XIX, sobrevivió a un incendio en 1902 -hay en uno de los tres escaparates fotos del fuego, los bomberos y el público de miranda festiva- y, echando cuentas, qué menos de cinco generaciones.

Los drogueros de la Catalana, en la calle Colón, lo son de cuarta generación. Así se reclaman. Se habrán quedado cortos. La droguería se estableció en el XIX, sobrevivió a un incendio en 1902 -hay en uno de los tres escaparates fotos del fuego, los bomberos y el público de miranda festiva- y, echando cuentas, qué menos de cinco generaciones.

La Catalana estaba ideada para clientela campera. Contra las plagas, eso lo primero. Y, luego. abonos y demás familia para que la tierra diera de sí un poquito más. Los ecologista modernos pusieron el freno a la química exterminadora. De un lado ese punto. Y de otro, la circunstancia de que Castellón dejó de ser mercado central agrario hace muchos, muchos años. La Catalana ha sobrevivido porque las plagas, como su mismo nombre indica, son el cuento de nunca acabar. La cucaracha, el pulgón y otras especies invasoras que van desde el cangrejo rojo del Deltebre a los caracoles índicos que viajan de polizones anónimos en los petroleros.

El mar sigue trayendo y llevando pestes. El puerto de Castellón -el pesquero, el mercante y el de recreo- es abundante. Los de La Catalana se han pasado a la cosmética y a la jardinería. Un negociante catalán nunca se rinde. Así ha sido siempre, desde los años del Císter, y no digamos ahora. Llama la atención un abono para geranios que los hace crecer de tamaño y ganar color, y se puede elegir color.

En el túnel del tiempo, casi desde el año del incendio, los Jabones Beltrán, empresa de 1922 que resiste bien. Los catalanes conservan la publicidad original. Buena señal. Como el Lagarto o los Pardo. No digamos el jabón de Alepo, que se sigue vendiendo en la herboristería de José Carrasco, en la calle O’Donnell. La vi ayer menos surtida que otros años. O menos abastecida. Y sin parroquianos.

El negocio de las tisanas ha sucumbido al imperio de las multinacionales, los curanderos han sido proscritos, o se los habrá tragado la España llamada «vacía». O se habrán jubilado. En Castellón y en todas partes. Y, encima, los farmacéuticos de toda la vida, reconvertidos en modernos perfumistas dedicados a la dermatología, han pasado al ataque. La conquista de mercados.

Esta mañana he comprado en la farmacia de Calduch, en el centro, cerca del Ayuntamiento, una pastilla de Suavina, jabón patentado por los Calduch (Laboratorio en Castellón) que tiene, entre otros ingredientes, sodio de palma, aceite de argán, semilla de macadamia y jacinto, extracto de aroma de gardeia, glicerina de titanio, citronelo y lino. Por 3 euros 85 se vende una pastilla de menos de cien gramos. La tengo en la mano. Hace honor al nombre. Por lo suave. He hecho la primera prueba en una úlcera que llevó arrastrando en el cuello hace tiempo. Mano de santo.

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