No hay cosa parecida…

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Consejos doy que para mí no tengo: si venís a Castellón en fiestas, ni se ocurra hacerlo el sábado previo al tercer domingo de Cuaresma, que es el día de la romería de las palmas hasta la ermita de la Magdalena.

Como posesos y ebrios de pólvora, niños, jóvenes y algún mayor también se pasan el día tirando petardos. Hasta la hora del Pregón, que son las cinco y hay una tregua breve. En cuanto acaba el desfile de caballero y damas -protagonistas de una marcha ritual y repetidas- vuelve los petardos y las bombas a sacudirlo todo. Las fiestas más ruidosas de la región son las de Alicante; las que más explotan artefactos, las de Castellón. Valencia parece por comparación un remanso. Bueno, no tanto.

La segunda parte del consejo: venir el domingo de la romería porque la ciudad parece desierta, y entonces se ofrece a la vista su muy heterodoxa configuración, sellada por la convivencia de rascacielos y viviendas rurales en muchas calles de la ciudad. Incluso céntricas. No hay cosa parecida en el mundo. Un urbanismo atrabiliario pero fascinante para ojos de curioso. Año tras año hago visita detenida para comprobar cuántas de las casitas diminutas sobreviven y cuántas se han caído solas. Solas o no. La fiebre de los rascacielos se ha frenado. De momento.

En este viaje me he llevado uno de sus disgustos que solo padecemos los feriantes, los que recorremos ferias. El disgusto: el Taninos, en la calle Joaquín Costa, cerró. O fue traspasado a una aventura nueva. Los arroces de Pepe Sospedra eran insuperables.

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