Paseando por la Malvarrosa

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BARQUERITO.FOTO BERNARDO CORRAL

Lo propio es ir del centro al Cabanyal en autobús -el 32- que baja por Blasco Ibáñez y toma el barrio por delante de la vieja estación. La vieja y antigua estación, casi una casa de campo con las paredes pintadas de rosa pastel, se ha conservado y ahora es un centro de día. Hay geranios en las ventanas. Mano de mujer. Lo no tan propio es dar la vuelta en el tren de cercanías, el de Sagunto y Castellón, y hacer un recorrido que es parecido a un inmenso meandro -un lazo, un bucle- y te saca casi del término de Valencia porque, el paisaje a mano derecha es campero y reseco, y a mano izquierda, con las siluetas de los monstruos de Calatrava de fondo, en lo que es la llamada Font de En Corts hay barracas y campos sembrados, algún almendro, moreras, higueras, alquerías con sus palmeras y una ermita de cúpula de cerámica azul. Se tiene la impresión de salir de la ciudad. Hasta llegar al soterramiento que conduce a la estación moderna del Cabanyal. Se inauguró en 1991. La arquitectura ADIF, responsable de la mayoría de las estaciones nuevas, es deliberadamente plana. Prima la ingeniería. Sin detalles.

Los trenes de cercanías venían a reventar. Eran las diez de la mañana cuando me metí en el andén 6 de Valencia Nord, pero ya llegaba una masa informe. En ese andén, el de Castellón, y en los de Alcira, Gandía, Moixent y demás. Gente que viene a la mascletá con cuatro horas de adelanto, y a la ofrenda de flores, y al lío general. Los trenes de llegada son de diez unidades o más. Los de salida solo de tres y gracias, porque mi vagón venía casi vacío. Solo una representación florida de una falla del Cabanyal. No he podido descifrar el nombre de la falla. Lo siento. No había tenido nunca tan cerca dos falleras en un tren. El traje es incomodísimo para hacer un viaje en tren. Aunque sea de cercanías. No habían ganado ningún premio de los cientos que se conceden en Fallas. Y se notaba la desilusión. Los vi caminar por la calle Blas de Lezo camino de sus cuarteles de invierno. Iban cabizbajos. Y cabizbajas. Hablaron de banalidades. Perder la guerra en silencio.

La megafonía de Nord advirtió cuando salieron las masas del andén 6 que el tren previsto para las 10 y veinte no circulaba. ¿Quééé´…? Un señor de cierta edad, con blusón negro de fallero, se indignó. «Hay que fusilar a esta gente, yo los fusilaría…» Tal como lo cuento. Y lo repitió. Yo hice memoria y pensé en la huelga de la pasada Pascua en la Provenza. Callé. Y al fin se anunció que en cabeza de anduve había tren. Y salimos. A ver el campo que convive con la ciudad. El indignado siguió solo en el vagón.

El paseo por las playas fue memorable. Tomé nota de todos los restaurantes, desde La Pepica y el Neptuno, enfrente de la Marina, hasta el Almar, que en la frontera de la Patacona y Alboraya playa, es el último de la Malvarrosa. Nada hacía presagiar que por la tarde iba a volver de golpe el invierno.

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