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Origen del Toro
Las civilizaciones del pasado nos han legado numerosos enigmas difíciles de descifrar. En torno al toro existen numerosas pinturas rupestres en que abundan las representaciones de toros desde el V a III milenio antes de Cristo. Según numerosos arqueólogos, estas figuras fueron realizadas con finalidades mágicas para propiciar la existencia de una abundante caza.
Los toros se evidenciaron en el arte rupestre en las cuevas de la zona cantábrica. En una cueva particular, llamada Altamira, imágenes de toros muertos fueron encontrados. De estas imágenes, se deduce que los toros siempre fueron muy importantes para los habitantes prehistóricos. Usaron los toros para la comida, la ropa, los instrumentos y también por razones religiosas. En la historia de la península Ibérica y en especial en España, la gente hizo estatuas de toros que tienen significados religiosos. Los íberos y los hispanos miraron los toros como símbolos de la fertilidad y fuerza. Estas imágenes importantes demuestran la categoría del toro frente a la gente y su cultura. Los toros de guisandos y el toro ibérico de Salamanca son ejemplos de como las estatuas han afectado la cultura histórica de España. Ellos son mirados con mucho respeto hasta el día de hoy.
La fauna predominante en la península Ibérica durante el Paleolítico y Neolítico estaba compuesta de caballos, toros, ciervos, jabalíes y otras especies que se extendieron desde Inglaterra hasta España y ocupando buena parte de Europa central llegando hasta Polonia y Rusia y quizás aún más hacia el este.
El uro o toro salvaje estaba domesticado en oriente, al igual que el perro, desde épocas muy remotas. Así, llegó a la Europa central y Nórdica en el Neolítico el "buey de turba", del cual derivan muchas de nuestras razas alpinas y centroeuropeas actuales. En Egipto y Asia Menor, desde 5.000 años antes de Cristo, se domesticó el buey y se le rindió culto.
El hombre europeo del paleolítico inferior, que era cazador de piezas gigantescas y peligrosas, entre las que se encontraba el uro o toro salvaje, (antecesor a nuestro actual toro de lidia de hoy), era nómada y vivía errante en persecución de los animales que significaban su sustento. El toro salvaje de la prehistoria tenía como utilidad servir al hombre de sustento; tenía que cazarlo para completar su dieta de carne, aprovecharse de la leche de sus hembras, valerse de sus pieles y servirse de su fuerza como elemento de trabajo.
Después, en los milenios IV y V sobreviene un período en que el hombre alterna la caza con la ganadería y la agricultura, hasta hacerse sedentario y depender únicamente de estas dos últimas actividades. Quizá en esta etapa, ciertos bovinos aceptaron la domesticación y el consecuente pastoreo, mientras el hombre observaba sus reacciones descubrió y aprendió ciertos manejos, lo que en alguna medida constituiría un toreo rudimentario, defensivo y sumamente provechoso. El hombre de la Prehistoria cazaba mediante el "acoso en común", en que un grupo de gente producía estampidas de manadas enteras en dirección de alguna trampa natural (precipicios, gargantas estrechas, zonas pantanosas), donde les hacía frente y capturaba o sacrificaba. En esta caza del toro salvaje debió estar el principio del arte de torear.
Las primeras peleas de humanos y toros empezaron en la Edad Media. En estas luchas se denominaron "Suerte de canas." En el siglo dieciocho, las corridas de toros se hicieron populares como actividad de entretenimiento. A través los años desde de el comienzo de las corridas del toros, la fiesta se ha transformó de una forma de entretenimiento a una forma de arte y ahora es un símbolo de la cultura de España.
En Polonia viven actualmente unos cientos de bisontes europeos, reconstruidos genéticamente y a los que no hay que confundir con el URO o Thur (nombre polaco del Uro); aunque se pueda discrepar del origen del toro en la península ibérica, no hay que caer en el error de confundir a los bisontes con los bóvidos, pues presentan características morfológicas muy diferenciadas. Un ejemplo es que los bisontes poseen catorce pares de costillas y los toros trece pares únicamente.
Entre los conocedores del tema existen notables diferencias respecto al antepasado de nuestro toro bravo. Hay quien opina que los actuales toros de lidia conservan, relativamente intactas, todas o la mayor parte de las características de los bóvidos norteños que en su tiempo invadieron los pastos europeos, y que se pueden reconocer con facilidad, tanto en el campo español como en la estepa sur de Rusia y en las llanuras del norte de Alemania. Hay opiniones igualmente respetables respecto que el bóvido andaluz, origen del toro de lidia, proviene de las razas norte-africanas ya aludías en la Biblia.
Parece ser que los árabes pudieron difundir en España una raza taurina que se criaba en todo el norte de África, cuyo origen se situaría en unos toros que criaban los egipcios, muy agresivos y que utilizaban como espectáculo en peleas. Por el contrario, hay quienes opinan que el toro bravo desciende del uro o toro salvaje de la Edad Media, que abundaba en toda Europa, con más que posibles contribuciones del vacuno que trajeron los celtas que habitó por el norte de España y de Portugal, y aportaciones del ganado que emigró a la península Ibérica procedente de África en el período cuaternario, coincidiendo con las glaciaciones.
Los caballeros árabes fueron famosos por alancear toros, es decir, correrlos a caballo y tratar de matarlos con lanza. A lo largo de los ocho siglos que duró la reconquista, rivalizaron con los caballeros cristianos en estas lides, en las que probablemente los introdujeron; parece ser que "El Cid" (siglo XI) era un consumado maestro en este arte precursor del toreo a caballo. Así mismo es más que probable que entrase en España ganado bovino más o menos domesticado de manos de los celtas y que criaran en toda la Europa que dominaban y al que daban el nombre de auroch, siendo este de gran tamaño; mucho más grande que el toro de lidia actual.
El famoso cronista del siglo pasado Pascual Millán, afirmaba que el toro se escogía antiguamente de las reses que se destinadas al matadero y mostraban más bravura. Y no es ilógico pensar que los animales destinados a las representaciones, embrión de la actual corrida, serian toros, e incluso vacas, semi-salvajes que pastaban durante años en casi completa libertad y de las que actualmente, en las postrimerías del siglo XX podemos, afortunadamente, contemplar en algunas de las sierras de las mesetas españolas, y de las que es muy fácil comprobar que verdaderamente se arrancan en cuanto se les da el mas mínimo motivo para ello, aun cuando aparentemente estén pastando con sus terneros de la manera mas pacífica.
El Semental
Una vez superadas la tienta en la plaza y las primeras pruebas de selección, se tiene que conseguir que el semental «ligue» con la vacada de la ganadería
Un toro semental en potencia es un eral de poco más de 300 kilos en vivo. A principios del mes de marzo pasta y come a discreción en un pequeño cercado. Ya ha sido tentado entre los meses de diciembre y febrero, y ha superado el difícil conjunto de pruebas para demostrar las condiciones de genealogía, tipo y bravura necesarias y exigidas Ahora, separado de sus hermanos de carnada, lleva una vida placentera y de holganza, engordando y curándose de los puyazos que recibió durante la tienta. En cualquier cercado de la dehesa le esperan una veintena de hembras de todas las edades, tipos y notas, dispuestas para recibir al reciente «toro padre» o semental incorporado a la ganadería.
La Cubrición
Una vez que el novillo está dentro del cercado con las vacas, su instinto sexual se despierta de forma clara y contundente. Las husmea constantemente para advertir el momento en el que éstas se encuentran «toriondas» o altas, dispuestas para la cubrición. Sin dejar un solo instante a la hembra durante veinticuatro horas, el novillo
cubre repetidas veces a la vaca en los momentos oportunos. Después la abandona y repite la operación con el resto de las hembras. Hacia mediados de agosto, coincidiendo con los mayores calores del estío, el toro es separado de las vacas y trasladado a otro cercado con los demás sementales. El toro tiene en esa época algunos kilos de menos y algún varetazo de más, producido por alguna hembra recelosa en los primeros momentos de la cubrición. Los años siguientes, desde enero hasta agosto, el toro semental volverá a ser introducido en el cercado de las vacas.
Toros en Tertulia
Los ganaderos escrupulosos, después de que el eral realiza la primera cubrición, lo guardan y retiran dos o tres años, hasta que sus primeros descendientes tengan dos años de edad y las hembras puedan ser tentadas. A este período en que permanece cercado con otros machos se le conoce en el argot ganadero como «toros en tertulia».
Si los hijos de un toro dan un resultado satisfactorio en el porcentaje mínimo exigido, al año siguiente se le vuelve a permitir que cubra a las hembras. Entonces el semental es ya un quinqueño. Se le hace una fotografía en la plenitud de su madurez y se le cortan los pitones lo más cerca posible de la cepa; así se evitan las heridas por peleas y se facilita su manejo en las vacunaciones y los traslados.
La Ligazón
El semental ya ha pasado la primera parte de la prueba o de «ligazón». Falta la última y definitiva: que sus hijos machos den buen resultado en la plaza a los cuatro años. Si también la supera satisfactoriamente, corrige los defectos de tipo y morfología que se pretendía, es fértil, machea y transmite sus caracteres positivos, el semental, ya de siete años, está probado y se dice que «ha ligado». Hasta su muerte, cubrirá todos los años a medio centenar de vacas, aunque en la vejez, los toros sementales suelen variar sus virtudes transmisoras. Se tendrá cuidado de no mezclarlos con los toros de saca, para evitar peleas que puedan acabar con la vida del «toro padre». Y si se sabe controlar la consanguineidad, no habrá inconveniente en que el semental cubra a sus descendientes hembras
Redacción: La Pasión por Los Toros
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La Sexualidad
Condenados al celibato
Salvo los sementales, el toro bravo no tiene relaciones sexuales con hembras en toda su vida. A pesar de ello, el macho tiene recursos suficientes para desfogarse.
Desde su más tierna edad, el becerrillo tiene desarrollado el instinto sexual y a partir de los seis meses, el animal puede intentar cubrir a su propia madre. Estos intentos no se materializan por dos razones: porque el semental, presente en el cercado, se lo impedirá y porque el becerro aún no tiene talla suficiente para consumar el coito.
El Impulso Sexual
Cuando ya ha sido separado de su madre y es añojo o eral, el animal está reunido con sus hermanos de carnada. Con la llegada de los calores de la primavera, el deseo sexual del novillo se incrementa, y necesariamente busca desfogarse de alguna manera.
La masturbación es el primer recurso que utiliza. Para ello, golpea su verga o pene, en posición recta, contra el bajo vientre. Esta acción se conoce en el lenguaje ganadero como varear. Otro sistema, nada infrecuente, es montar a cualquier compañero «maricón» o «abochornao» que le permita consumar un coito anal.
Es curioso el comportamiento sexual del toro sin hembra. Los actos realizados en solitario o la cubrición anal de otro compañero no le crea hábito ni le vuelve inapetente ante una hembra. Si es uno de los pocos afortunados que resulta elegido para procrear, en cuanto se vea rodeado de vacas cumplirá con toda naturalidad.
El «Abochornao»
En el caso del toro que se deja envergar, el «maricón» o «abochornao», su comportamiento ante una hembra no desmerece un ápice del más «varonil» de la carnada. La conclusión es clara: por muy extraño que nos parezca, todos los juegos sexuales entre machos son simplemente desahogos que no alteran ni disminuyen su virilidad ante las hembras.
Se ha comprobado muchas veces el extraordinario juego que da el toro «abochornao» en la plaza, especialmente en cuanto a nobleza y calidad en la muleta, no exenta de bravura en el caballo.
En La Plaza
Como curiosidad, merece la pena destacar que el traslado del ganado a la plaza, y todo lo que esto conlleva para el animal, le propicia grandes dosis de nerviosismo. Cuando al toro se le aparta de la rutina y sus hábitos diarios, le sobrevienen altos grados de excitación de todo tipo, entre ellos, el sexual, por lo que es frecuente ver cómo en los corrales de la plaza los novillos o los toros se montan entre sí.
Redacción: La Pasión por Los Toros
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El Parto
El parto de la vaca brava es la primera demostración del especial comportamiento que diferencia a las reses bravas de sus congéneres vacunos de otras razas.
Tras nueve meses de gestación, o preñez, la vaca madre completa su ciclo y, dependiendo de las lunas, se apresta a parir. Situándonos en el mes de enero, una vaca que fue cubierta a principios de abril y que se quedó preñada en el primer celo, se pone de parto. Unos días antes se encuentra incómoda, come poco y hace vida aparte de la tropa de madres. La vulva o vagina se hincha, al mismo tiempo que los «vacíos» o ijares se hunden, desplazándose el abultado vientre hacia atrás. Estos síntomas son inequívocos de que la vaca va a parir muy pronto. Esa tarde de enero la vaca se aparta de la manada, buscando sitios resguardados, generalmente debajo de una encina o junto a las matas bajas. Si es una vaca vieja, con partos anteriores, la parición se lleva a cabo en muy pocos minutos y, casi siempre, de píe.
Fases del Parto
Lo primero en salir al exterior son las dos pezuñas de las manos delanteras del becerro o becerra que va a nacer. A continuación, aparecen el hocico y la cabeza. En este momento, después de un golpe o esfuerzo, la vaca ya ha expulsado la mitad del becerro del seno materno. Normalmente, la madre interrumpe durante algunos minutos sus esfuerzos en expulsar a su cría, ya que la última parte del becerrillo que nace es lo más ancho de su anatomía.
Para este último paso del parto se requiere un mayor esfuerzo por parte de la madre. Ésta toma aire, levanta el morro, se abre de patas traseras y encorva el dorso. Con un último esfuerzo expulsa completamente al becerro, que cae al suelo, envuelto entre «sangrujos» y sin que se suelte aún el cordón umbilical por el que ha sido alimentado durante nueve meses de gestación en el vientre de la madre.
Algunas vacas se tumban para el parto, especialmente las más jóvenes o nuevas, que tienen menos abierta la salida ósea para parir. Algunos vaqueros, cuando se refieren a las vacas viejas y expertas, con partos fáciles y rápidos, dicen de ellas que «cagan» los becerros. Una vez concluido el parto, la vaca madre lame la envoltura que cubre al becerrillo, sin importarle que la placenta todavía cuelgue de su vagina. Los restos de la placenta se conocen con el nombre de «pares» o «madres», y a las dos o tres horas de finalizar el parto son expulsados por la madre. En el ganado bravo no existen casos de partos distróficos, ni se conoce ningún caso de vaca que ha¬ya muerto en el parto. Tampoco es habitual que lo haga bajo un cobertizo. Si busca algún resguardo, será siempre a campo abierto, aguantando el frío de los días invernales, e incluso en las noches más cerradas y frías
Redacción: La Pasión por Los Toros
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El Becerro
Una vez nacido el becerro, ni el medio en que se críe, ni la alimentación por técnicas modernas impide el desarrollo de su instinto de bravura.
El ternero recién nacido, todavía echado sin entiesarse, como dicen tradicionalmente en el campo, cobijado por los pares de la madre, que con un instinto muy desarrollado está lamiéndoselos para transmitirle calor en los primeros minutos de su vida. Poco, muy poco tiempo, permanece el becerro echado. Dependiendo de la hora del parto y del calor o del sol que ese día haga, el becerro tarda más o menos en levantarse. Al principio se levanta y se cae, puesto que, hasta pasados algunos días, las pezuñas del pequeño no se han endurecido.
Lo primero que el recién nacido efectúa, una vez puede mantenerse en pie, es mamar los calostros, que es una leche de color amarillento y enriquecida con vitaminas, proteínas, y quizá algún producto de gammaglobulinas, que actúan en el becerro a modo de laxante. La vaca está muy cargada de leche maternal, especialmente las viejas. Es un momento delicado luego de cual el recién nacido entra en un profundo sueño, que le dura cuatro o seis horas. La madre arrastra a su cría hasta dejarla en un lugar resguardado, mientras ella, normalmente, se acerca a la charca o al abrevadero para reponer fuerzas e hidratarse después del esfuerzo del parto. Es el momento que los vaqueros suelen aprovechar para, con mucho cuidado y sin despertar a la cría, comprobar si es macho o hembra.
Al segundo o tercer día, como máximo, el becerro corretea ya por la mañana y por la tarde, sesteando o durmiendo en las horas del mediodía al abrigo del calor. Es el momento también de observar si la vaca es descarga, es decir, si es mamada por completo por su cría, puesto que, en caso contrario, debe precederse a descargarla. De no nacerlo, correría el riesgo de lo que en el campo se conoce por entrizarse una teta y producirse posteriormente una mastitis, que, de no curarse a tiempo, inutilizaría ese pecho para posteriores crianzas.
Los Crotales
La vaca tiene un instinto maternal muy desarrollado para alejar los peligros que se acerquen a su cría, atrayéndolos hacia un lugar contrario de donde ésta se encuentra.
Modernamente, a consecuencia de la poca profesionalidad y conocimiento de la vacada por parte de los desahijadores, se hace imprescindible en una ganadería bien llevada la colocación a los recién nacidos de crotales identificadores de la genealogía materna. Esta operación suele realizarse en los primeros días de vida del animal y aprovechando las horas en que se encuentra sesteando o dormido, lejos, además, de la madre, que, si estuviera cerca, imposibilitaría esta faena.
Antiguamente no se realizaba así. Simplemente se señalaba a los becerros en las orejas, con unas muescas o cortes característicos de cada ganadería.
El Instinto
Es curioso observar el instinto de acometividad que el becerro tiene desde su nacimiento. La bravura va unida a su ser y es congénita a él mismo. Esta cualidad, que no tiene ningún otro animal de la Creación, y si pudiera ser toreado se manifestaría bravo o manso, fiero o cobarde, noble o pegajoso, igual, exactamente igual, que lo haría de adulto en una plaza de toros.
Redacción: La Pasión por los Toros
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El Deshije
La faena de separar al becerro de su madre, realizada a caballo y en campo abierto, es una faena bella, difícil y desconocida.
Cuando el becerro tiene entre cinco y siete meses, hay que separarlo de la madre, pues entorpece el buen desarrollo de la siguiente maternidad. Como es lógico, la madre no permite que le arrebaten a su hijo y embiste a todo aquel que lo intenta. Eso ocurre cuando se hace a la antigua usanza, a campo abierto, con caballos puestos y «domaos»; si se realiza en los chiqueros y corrales de una plaza, no es más que una mera faena de manejo, sin ningún tipo de mérito o belleza.
Los ganaderos que creen que el oficio de criar toros bravos es un arte, rinden culto al animal que crían y piensan que hay que vencerle con inteligencia, pero sin ventajas.
Por ello, proceden a apartar en el campo las vacas paridas de las que no lo están. Una vez formada la tropa, junto a los bueyes, la conducen al cercado de los alares, adosado a toda la plaza de tientas. Ese cercado es de forma rectangular y tiene una dimensión máxima de 10.000 m2. En una esquina se reúne a la tropa de vacas, bueyes y becerros amparada por dos hombres a caballo. El ganadero entra a caballo en la tropa y, fijándose en la madre y en el becerro, va sacando la pareja a lo largo de la pared. Al principio, muy despacio, para no romper la homogeneidad del grupo -para que no se «estumpe»-. Así, sin permitir «volver la cara» a la vaca, se corre a lo largo de la pared hacia las puertas de salida que están abiertas, para permitir la salida de la vaca.
Es normal que el instinto maternal de la vaca la haga volver a buscar a su becerro. En ese caso, hay que parar el caballo y encauzarla nuevamente hacia la salida, sin dejarla llegar a la tropa
Si el terreno ganado por la vaca, en su intento de regreso, es muy amplio, no se puede insistir y hay que dejar que vuelva al grupo. Así una y otra vez, sin prisas, ni voces. Todo realizado con una gran cohesión y entendimiento entre los que realizan la faena. Se comienza por las vacas más difíciles: las primerizas y las madres de becerros más tiernos. Las que han parido varias veces ya conocen la faena y son más fáciles de desahijar. A las madres de becerros mayores, ya les molesta la cría y oponen menor resistencia que las otras. Al principio es relativamente fácil la faena, pero, a medida que van saliendo las vacas y quedan menos en la tropa, los becerros, sin madre, se inquietan y la labor de los vaqueros para sujetarlos se acrecenta. Las vacas más díscolas y difíciles, que se han vuelto una vez, van quedando para el final y son las más difíciles de desahijar. Los becerros se arropan con los bueyes y se meten en los corrales. Afuera quedan las madres berreando, corriendo la pared de arriba abajo.
Concluida la faena del deshije, los caballos están cubiertos de sudor mezclado con la sangre de los espolazos en los ijares. Alguno también echa espumajos de sangre por la boca.
Redacción: La Pasión por Los Toros
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Las Peleas
Al principio son «juegos de niños», pero a medida que el macho se va haciendo mayor, y coincidiendo con la llegada de la primavera o con la madurez sexual del novillo, estas riñas se van convirtiendo en peleas más serias.
Dependiendo de las ganaderías o los encastes, las luchas o peleas entre los toros suelen ser distintas. El instinto combativo en los encastes procedentes de Saltilla y Santa Coloma -por citar troncos originales- no es el mismo que el de los procedentes de Parlada. Un caso aparte, por único y diferente, es el de Miura.
El genial y famoso ganadero Antonio Pérez - Tabernero, cuando se refería a las peleas de sus toros parladeños, y las diferenciaba de los santacolomeños de su hermano Graciliano, decía: «Mis toros discuten; los de mi hermano se matan».
Con estas pocas palabras del ganadero de San Fernando, llenas de ingenio y gracia, queda claro que los gracilianos pelea¬ban a muerte, y los «apes» suyos no llegaban a finales tan dramáticos.
Aunque los machos bravos se pegan a todas las edades, cuando las luchas pueden llegar a tragedia es a la edad adulta de cuatreños. Aunque no es habitual, los toros también pueden «pegarse» en invierno. El verdadero riesgo comienza a primeros de marzo, con la llegada de los primeros calores de la primavera. Es entonces cuando el mayoral debe estar muy pendiente de todo lo que ocurre en el cercado de toros de saca, especialmente a la caída de la tarde.
Cómo es la Pelea
Se sabe que las noches de luna llena son propicias para soliviantar los ánimos agresivos de los toros bravos. Antes de la puesta de sol, los movimientos inquietos de los toros, con su característico «turrear» -o mugido-, barruntan que las luchas pueden aparecer. Primeramente, los más pequeños se enzarzan entre sí, mientras los más fuertes miran recelosos. Al poco rato, dos de los grandes se miran de costado, volviendo la cara y girando entre ellos. Instantes después surge el primer encontronazo, con las testas de frente empujando.
El problema radica en que el vencido huya, porque entonces el vencedor lo ataca por el costado sin consideración.
Lo más grave ocurre cuando, pegándose dos poderosos, los más pequeños los atacan por un lado, ya que entonces los primeros no pueden retirarse de su enfrentamiento, ni defenderse de las cornadas que los demás les propinan. En estos momentos la tragedia Fase final de una pelea de toros en donde se ve que el toro da por terminada la contienda y se quiere ir. El perro, al ataque, favorece la separación.
Puede aparecer en cualquier instante, y la única solución es la intervención del mayoral a caballo y con los perros para interrumpir el combate, separando a los enfrentados.
Se sabe que los toros se pegan más en cercados muy grandes, porque al verse menos, se conocen igualmente menos. Como precaución se suele separar de la tropa a cualquier animal que destaque en fuerza y poderío, porque todos le atacarán.
Redacción: La Pasión por Los Toros
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El Mayoral
El mayoral es el hombre más importante entre todo el personal necesario en una ganadería brava.
Su nombre varía según lugares o comarcas. En Salamanca y la zona centro se llama mayoral; en Andalucía, conocedor, y en América, especialmente en México, caporal. En Portugal, jefe de los campiñas o campiña mayor. Pero en todas partes, a pesar de su diferente denominación, su misión es idéntica, ejercer las funciones de jefe -y máximo responsable- de todo el personal -vaqueros, ahijadores, novilleros y zagales- necesario en una ganadería brava de cierta dimensión. El trabajo de mayoral es de gran responsabilidad, y por ello de difícil acceso para muchachos jóvenes y de primer oficio. Para llegar a este puesto debe pasarse primeramente por otros menos importantes. Es un orgullo dentro de las familias de los mayorales que el puesto se herede de padres a hijos.
MISIÓN DEL MAYORAL
Su misión consiste en llevar la máxima responsabilidad de la vacada, estando al tanto de todos y cada uno de los apartados en que ésta se divide, transmitiendo al ganadero las incidencias de la misma, departiendo con él sobre las decisiones. Aunque delegue en sus subordinados, debe ocuparse directamente de los toros o «carnada de saco», acompañando a la corrida seleccionada hasta su muerte en las plazas y, en ausencia del ganadero, ostentar su representación y darle las notas del juego de sus toros.
Obviamente, debe vivir en la finca, siendo el primero que se levante y el último que se acueste, y, como el capitán de un barco, ir por delante en cualquier operación de responsabilidad o riesgo. Debe ser un gran jinete y poseer conocimientos generales de agricultura, alimentación y zootecnia. Ni que decir tiene que, para llevar los partes y las anotaciones en los libros, su cultura debe sobrepasar la normal de un hombre de campo, llegando incluso, en la actualidad, a tener conocimientos básicos para utilizar un ordenador. Todas estas condiciones y cualidades no son fáciles de reunir en un solo hombre. Por eso los grandes mayorales que en la historia han existido brillaron con luz propia, casi equivalente -por no decir, en ocasiones, mayor- a la de los ganaderos.
Tal es el caso de «Domi», el mayoral de Atanasio; Severiano, el de Antonio Pérez; Lucio, el de Cobaleda, o Reyes, el de Jandilla. Con las primeras luces del alba se levanta todos los días el mayoral para organizar al personal y distribuir el trabajo de toda la jornada. Con su ayudante acude a echar a los toros, antes de desayunar, para volver a las diez de la mañana. Después de almorzar, apareja su caballo y recorre la vacada, comprobando los nacimientos, verificando las cubriciones y observando los añojos y los erales hasta el El mayoral, además de tener a sus órdenes a los vaqueros, pastores y demás mozos de campo, ostenta la máxima responsabilidad ante el ganadero de la marcha de la vacada.
Mediodía. Después de comer, tie¬ne que volver a echar comida a los toros. A su vuelta a casa, en invierno, ya puesto el sol, todavía no ha concluido su tarea, puesto que, al amor de la lumbre, tiene que pasar las anotaciones de campo de la libreta de hule a los libros de ganadería. Eso, si no ha habido algún becerrillo desmadrado que requiera ser atetado a la ubre de la «suiza». En primavera, cuando los días son más largos y el trabajo menor, saca tiempo para «arreglar» un potro nuevo.
Redacción: La Pasión por Los Toros
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Pelos
Muchas y muy variadas son las naturalezas y calidades del pelo de los toros de lidia.
Es interesante, y daría pie a todo un tratado sobre sus características,
hacer un completo estudio sobre la naturaleza del pelaje, con sus innumerables variantes, en el ganado bravo. Fijando la atención en las capas típicas de los encastes españoles, se puede comenzar con el encaste original y fundador de Vázquez, que derivó en Veragua; posteriormente fue eliminándose, y en la actualidad, después de pasar por vacadas extinguidas, como la salmantina de Tres Palacios, se encuentra solamente localizado en dos o tres ganaderías sureñas, conservadas en pureza: la de Prieto de la Cal y la antigua de Concha y Sierra, hoy en propiedad del torero onubense Miguel Báez «Litri».
Encaste Antiguo
En estas vacadas, de origen Váz-quez-Veragua, prácticamente se dan todos los tipos y variedades de pelajes.
Fundamentalmente el jabonero, que es un pelo beige claro u oscuro. Los pelos del toro van en esa tonalidad, desde el claro, que se denomina simplemente jabonero, hasta el más oscuro, que se conoce como jabonero sucio. Si es muy blanco, se denomina al-bahío. En estos toros, además, el color del asta de sus pitones es también rosa o acaramelado, respecto a la mazorca, porque la punta siempre es negra. En ocasiones, el pelo que circunda los ojos y los corvejones cambia de color. Si es más claro que el resto del cuerpo, se denominan ojos de perdiz, y si es más oscuro, ojinegros. Respecto a las extremidades, en el caso de oscurecerse -que es lo más habitual- los toros se llaman bou-negros.
Cuando el pelaje es uniformemente casi amarillo se conocen por melocotones.
Cuando en la zona interna de los cuartos traseros hay una mancha de distinto color, se dice que el toro es aberijao.
La parte externa, o borlón de cerdas del rabo, puede ser del mismo o distinto color que el resto del cuerpo. Si es así, es decir, diferente, sea cual sea su tonalidad, se les llama caleteros.
La Gama de los Colorados
El colorao propio, es decir, uniforme, se denomina así simplemente, con coletilla de intensidad o tonalidad del color, que va desde el claro al oscuro. Si tiene mezcla de pelos negros, se conoce como castaño y si, especialmente del costillar hacia abajo, las tonalidades van en franjas, se denomina chorreao, generalmente en verdugo. Si simplemente tiene una franja más oscura a todo lo largo del lomo, se les llama listones.
Cuando las mezclas a lo largo del cuerpo son de dos o varios colores, pero siempre cada mancha o porción claramente distinguibles, jamás mezclados, se denominan toros berrendos.
Si es blanco con negro, se dice berrendo en negro, y si es con rojo berrendo en colorao.
Durante todo el siglo XIX, las ganaderías han ido eliminando, mediante selección, pelos antiguamente más habituales en los toros
Para que el toro sea berrendo, la parte negra de su pelo tiene que ser seguida y de delante haciaatrás, en sentido longitudinal, sin interferencias, dejando en blanco la parte baja y una franja muy estrecha anterior al lomo. Es preciso insistir en ello, pues generalmente se confunde el berrendo con el girón.
El girón, igualmente, tanto en negro como en colorado, es el que posee manchas de ambos colores discontinuas y sin formas concretas.
El típico berrendo es el pelaje característico de los montalvos de Martínez y de los Benítez Cubero. En cambio, el girón se da mucho en la rama de Cobaleda y Calache, denotando su origen Vega-Villar-Encinas, que se formó con un cruce de Veragua y Santa Coloma. Por esa circunstancia de la incidencia de la sangre colomeña, también salen algunos girones en las vacadas procedentes de Buendía y Graciliano.
En los girones pueden darse todo tipo de variantes: calcateros, bra-gaos, meanos, luceros, estrellaos y caleteros.
Cuando la cabeza es completamente negra o colorada, sin mezclas de pelos blancos, se les denomina en capirote
Mezcla de Pelos
Cuando la mezcla de pelos es de todos los colores, especialmente negro, blanco y colorado, pero mezclados entre sí, nos encontramos con la gama de los cárdenos. Como siempre, este pelaje va desde el color propio hasta el claro y el oscuro, con la salvedad de que, generalmente, en los corvejones de las patas traseras existen unos espacios llamados remolinos, de distinta intensidad de color. Es muy frecuente que el mechón final del rabo sea de pelos negros propios en toda la gama.
El pelo cárdeno es característico de los encastes de Saltillo y Santa Coloma, actualmente en poder de Buendía, Alipio, Fa-brés, Choperas y Victorino. Cuando existe una mezcla de pelos blancos y negros sin control, ni de intensidad ni de tamaño, el pelaje se denomina burraco, y es muy propio de las ganaderías procedentes del conde de la Corte, en las actuales, y derivadas de Atanasio y Domecq.
Hacia la Homogeneidad
No se sabe por qué extraña razón los ganaderos, a lo largo de este siglo, han ido eliminando los pelos anteriormente descritos, uniformando sus vacadas en negro. Quizás haya sido por un sentido homogeneizador de la selección ganadera. Muchos expertos opinan que esto es un error, pues los toros con capas claras originales o distintas abultan más en la plaza. El negro puede ser zaino, peceño o mulato, denominación que atiende al brillo o intensidad de su capa. Generalmente, el negro brillante se da en los encastes de Santa Coloma y el mate en los de Murube.
El Peso
El peso es un dato más en la ficha del toro, a gusto del ganadero en tiempos pasados y sujeto a obligatoriedad administrativa en la actualidad.
En tiempos pasados, desde mediados del siglo XIX hasta la década de los cuarenta del siglo XX, el toro se lidiaba cuando tenía cuatro o cinco años. Era cuando se consideraba que llegaba a su plena madurez, alimentado de forma natural en pastoreo. A esa edad, el toro tenía un peso en vivo que oscilaba entre los 450 y los 500 kilos, dependiendo de las ganaderías o de los encastes. En encastes de Miura y de Pablo Romero, el peso podía oscilar al alza entre 30 y 50 kilos; en los toros de Veragua o Santacoloma oscilaba en la misma proporción, pero a la baja. Es decir, un toro cuatreño de Miura podía pesar 520 kilos y otro de la misma edad de Santacoloma, 420 kilos. Pero ambos estaban completamente desarrollados con similar agresividad y fortaleza. La bravura jamás ha dependido ni ha tenido relación con el peso.
Diferencias de Peso
En los años de la posguerra española, el toro que se lidiaba era menor de cuatro años; por tanto, más ligero de peso. Eran años en los que los astados que se mandaban para ser toreados en las plazas españolas no llegaban a los 400 kilos de peso en vivo. En los años cincuenta y sesenta se impuso el toro «regordío»; éste no dejaba de ser un novillo engordado. No obstante, el peso de los toros de aquella época rondaba los 500 kilos en vivo. Pero el público y la administración no ponían reparo a esta cuestión. Se admitía que un toro con suficiente trapío y desarrollo pudiese pesar más o menos que otro, igualmente adulto y «rematao». La diferencia entre un toro de Santacoloma o de Calache con respecto a otro de la rama Parladé, de Atanasio. de Antonio Pérez o de Samuel podía estar entre 80 y 100 kilos.
Reglamentación del Peso
A finales de la década de los sesenta, la administración pública intervino de nuevo en la fiesta de toros, esta vez reglamentando el peso y la edad de los astados que se lidiaban en las diferentes plazas. Se impuso el toro cuatreño con un peso mínimo en vivo de 460 kilos para las plazas de primera categoría (Madrid, Bilbao, Sevilla, Pamplona, etc.) y de 440 kilos para las de segunda categoría (las demás capitales de provincia), fijando para las de tercera (resto de las ciudades y pueblos) un mínimo de 410 kilos en vivo o su equivalente de 250 kilos en canal. Al mismo tiempo, se exigía que todas las plazas dispusiesen de una tablilla en la que se indicase el peso del astado que se fuera a lidiar.
El toro bravo es la raza bovina que, debido a la finura de su piel y extremidades, da un porcentaje de peso más elevado en canal. En ocasiones supera en canal el 60 por ciento del peso total; a esto difícilmente llegan las razas vacunas criadas para el consumo de carne.
Un sector de la crítica y el público comenzó a exigir una elevación progresiva del peso del toro y ha llegado, en la actualidad, a demandar toros de hasta 600 kilos en vivo, especialmente para las plazas de primera categoría. Para alcanzar este peso, completamente antinatural, es necesario un engorde rápido del toro, con grave deterioro de su capacidad para dar juego en la plaza. Esto, además, excluiría a encastes tan tradicionales como el de Santacoloma de la posibilidad de acceder a esas plazas.
Redacción: La Pasión por Los Toros
Planeta Deagostini
Las Mulillas
Una Tradición Conservada Intacta
La retirada de la plaza del toro muerto es uno de los componentes de la Fiesta que permanece inalterado desde el siglo XVII, cuando se introdujo el tiro de mulillas en la
lidia.
Sería inimaginable el arrastre de un toro efectuado por un vehículo todoterreno o un tractor. Evidentemente, hay aspectos de la Fiesta que forman parte de la tauromaquia y que no admiten cambios. Las mulillas para arrastrar los toros una vez estoqueados forman parte de esos componentes de la Fiesta que no pueden ser sustituidos y que permanecen exactamente igual que hace cientos de años, cuando se introdujeron para realizar ese cometido. Sin embargo, en un principio, cuando el toreo apenas era un espectáculo caballeresco, se utilizaron carros para cargar los toros muertos. El tiro de mulillas se introduce en el siglo XVN y se va definiendo progresivamente hasta tal como hoy se lo conoce, debidamente adornado y enjaezado. No ha cambiado prácticamente nada, hasta el punto de que un tiro de mulillas de los tiempos de Cuchares es prácticamente igual a los de hoy, y nadie podría establecer la más mínima diferencia. En las corridas especiales, como la de Beneficencia de Madrid, se escogen las mulillas y se enjaezan con todo lujo. Antiguamente los tiros de muías eran de tres ejemplares en las corridas normales y de seis en las reales. Actualmente se utilizan siempre tres, ya que un tronco de muías más numeroso es más difícil de manejar. La misión de las mulillas es arrastrar los toros y los caballos muertos durante la lidia. Hoy, prácticamente sólo arrastran al toro, pues, con la introducción del peto, las muertes de caballos son muy esporádicas. Esta labor de arrastre debe hacerse de forma rápida y expedita, de manera que no retrase el espectáculo. Hace falta un tiro de mulillas muy bien adiestrado y fuerte. En algunas plazas se utilizan caballos porque cada vez resulta más difícil encontrar muías de raza española. Éstas siguen siendo bellos ejemplares de imposible comparación en su aspecto y en su fuerza con otro tipo de equinos.
Picaresca
Como en todo lo de la Fiesta, la picaresca asoma en cualquier esquina, y hasta en las mulillas puede ejercerse de alguna forma. Es frecuente, y desde luego rechazable, que los encargados del manejo de la mulillas retrasen deliberadamente su labor cuando el público está pidiendo una oreja, con el fin de que esta presión se dilate. Son tunanterías reprobables que se pueden evitar con la intervención enérgica de los alguacilillos, que representan la autoridad en el ruedo. Otra mala costumbre es la de sacar a veces un solo ejemplar para el arrastre; casi siempre se trata de un caballo, y se somete a este animal a un gran esfuerzo que el público considera cruel.
Antiguamente, cada plaza disponía de dos enganches por corrida, debido a los caballos muertos en la plaza. Hoy sólo hace falta un tiro, aunque algunas plazas tienen otro preparado por si resulta necesario. El arrastre tiene sus tradiciones, como la de llevarse el toro a todo galope haciendo sonar los látigos. Cuando al toro se le ha otorgado la vuelta al ruedo por su bravura y clase excepcionales, los mulilleros se preocupan de hacer el arrastre lo más solemne posible.
Antiguamente había la costumbre de vestir a los mulilleros con especial decoro, superior al del resto de empleados de la plaza. Pero con el tiempo se restó lujo a la indumentaria y en algunas plazas se redujo a una chaquetilla de corte campero andaluz y de material sumamente ordinario. Hay plazas, como las de Pamplona y Bilbao, en las que los mulilleros van vestidos muy cuidadamente, lo cual mejora mucho el aspecto del arrastre.
Los Cabestros
Uno de los espectáculos más tediosos y perturbadores para el ágil trámite de la lidia es el de una parada de cabestros mal entrenada. La devolución de un toro por cojo se convierte en algo insufrible, precisamente por la mala preparación de estos bueyes y de su mayoral. A veces se prefiere aguantar a un toro inválido antes que soportar el espectáculo de inútiles tentativas para llevarse al animal por la puerta de chiqueros. Muy pocas plazas cuentan con paradas de cabestros bien entrenados y ágiles, que cumplan su misión rápidamente. Madrid es la plaza que mejor resuelto tienen este aspecto; tal vez por ser la de mayor número de festejos al año y por la tradición de toros devueltos en las Ventas. Esto obliga a mantener una parada de bueyes perfectamente entrenada y a un mayoral de categoría, el mejor que se pueda encontrar en España. Para que una parada de cabestros esté todo lo bien entrenada que se requiere, es necesario trabajar diariamente con los bueyes, de forma que cada uno cumpla su cometido y se encuentre familiarizado con su mayoral. Sólo así pueden servir para la misión que se les encomienda. Lo demás es sacar unos bueyes más propios para el arado, incapaces de llevarse un toro a los corrales.
Carpinteros y Torilero
Dos empleados con distintos cometidos y protagonismo. Al carpintero apenas lo conoce nadie; su aparición sólo tiene por objeto reparar sobre la marcha los desperfectos que el toro haya ocasionado en la barrera y en los burladeros. Sin embargo, su trabajo es muy necesario para mantener en perfecto estado las barreras que separan el ruedo del callejón. En cambio, al torilero todo el mundo le conoce, ya que sus apariciones en el ruedo para abrir la puerta de toriles son más frecuentes. Su mayor preocupación consiste en verificar que no haya nadie en el ruedo cuando salga el toro y de que todo se encuentre en orden en el momento de abrir la puerta de toriles. Es quien, además, recibe la llave simbólica de los toriles de manos de un alguacilillo al comienzo del festejo.
Redacción: La Pasión por Los Toros
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